Capítulo 18 #2
Pero si ese era el idioma de Lisa, conformado por intercambios y acuerdos, aprendería a hablarlo.
—¿Qué pides a cambio de tu ayuda para localizar mi colgante? —susurré, mirando a ambos lados para asegurarme de que seguía sola. En el otro pasillo se habían aplacado los gritos del ruginoso e imaginé que había sido gracias a la intervención de los magos guardianes.
—Libérame —respondió Lisa sin dudar.
Hice una mueca para expresar mi intransigencia ante su petición.
—Es evidente que no puedo liberarte, lo sabes mejor que yo. No obstante, puedo intentar negociar tu excarcelación.
No tenía ni idea de si era posible, pero Lisa estaba allí dentro porque Ismael y yo la habíamos encontrado y porque era culpable del robo de un objeto de mi propiedad. Confiaba en que mi palabra valiera algo en toda aquella historia.
—Lo que sea antes de quedarme encerrada entre estas paredes —dijo pasado un rato. La voz suplicante no era propia de ella, y me di cuenta del esfuerzo que le suponía.
—Entonces, ¿estás dispuesta a ayudarme? —repetí, intentando hablar con la chica de la terraza, si es que alguna vez había existido.
Ella asintió:
—Mientras no me largues discursos sobre las pasas…
Me sobresaltó un crujido y volví a guardar el farolillo en la cartera, junto a la pluma levitante. A oscuras, busqué el ojo de buey que daba al cuarto de Lisa.
—Dame una razón para confiar en ti —bisbiseé, consciente de que disponía de pocos segundos. Los utilizaría para asegurarme de no volver a confiar en la persona equivocada.
Estaba a punto de dar media vuelta cuando noté que una gota tibia me caía en la palma de la mano.
Sin pensar, apreté el puño y percibí el perfil liso de una piedra.
No lo comprendí de inmediato, pero imaginé que se trataba de algún tipo de prenda.
La apreté y cerré de nuevo la ventanilla de cristal, ordenándole que guardara silencio.
Evidentemente, ella debía de haber oído el mismo ruido que yo y se retiró con sigilo.
Me pegué a la pared. Mi pecho subía y bajaba a causa de mi respiración anhelante, cada vez más débil y ahogada.
Si me encontraban allí, me expulsarían y no tendría la posibilidad de convencer al director de que liberara a Lisa.
Para calmarme, respiré hondo. Era normal que en un edificio tan grande hubiera ruidos.
Incluso podían proceder del ala opuesta o de alguna de las celdas.
Me despegué de la pared, con la certeza de que quedarme allí no me ayudaría; mi única esperanza era volver sobre mis pasos para salir con disimulo.
En ese momento, una sombra surgió en el pasillo y sentí como se me helaba la sangre. El ruginoso me miraba con los ojos encendidos. La ira distorsionaba todavía más su rostro, y toda su furia se concentraba en mí.
—¡Tú! —Gruñó, y en su voz identifiqué algo más de humanidad de la que había demostrado en el Ojo, donde había irrumpido en la estancia como un huracán enloquecido.
—Solo soy una estudiante —afirmé.
No mentía, si bien era la estudiante que, con Ismael, lo había arrinconado y retenido mientras esperábamos la llegada de los vigilantes de la Hidden Society.
Sin embargo, si me ponía en su pellejo, en vista del recinto que la Academia le había reservado, no me sentiría capaz de hacer acusaciones demasiado graves.
—¡ NO ! —gritó, liberando su dolor en el aire.
Su voz retumbó con la potencia de una avalancha, y entonces, aterrorizada, me aplasté contra la pared. Que al tocarme no me hubiera reducido a cenizas no significaba que no pudiera hacerme daño de muchas otras maneras.
Un instante después, se abalanzó sobre mí. Lo esquivé y rodé de lado hacia el fondo del corredor. A esas alturas, aquel espacio se había convertido en una sucesión de clamores, y era cuestión de segundos que aparecieran los magos para comprobar qué ocurría.
Retrocedí cuando el ruginoso se estrelló contra la pared, dejando en ella un rastro escarlata de la sustancia que le cubría el cuerpo y parte de la cara.
Caminé hacia atrás temblando, valorando mis opciones.
Mejor dicho, mi única opción. La única vía de escape era conseguir pasar a su lado, adelantarle y correr hacia el lugar por donde había entrado.
No había otro modo. Miré por encima del hombro, calculé cuánto margen me quedaba y abrí bien los ojos.
Había otra manera.
Seguí andando muy despacio hacia atrás, aunque a cada paso me sentía más próxima al desastre.
Hasta hacía poco imaginaba que los mayores peligros que podía reservarme la vida consistían en excavaciones arqueológicas en las que el sol pegaba tan fuerte que podías sufrir un golpe de calor o en los abrecartas demasiado afilados; en ningún caso en una criatura maldita por haber intentado utilizar un artefacto mágico que no le pertenecía.
Sentí que el pavor me invadía y se extendía por mi cuerpo mediante pequeñas descargas eléctricas.
Cada latido de mi corazón era un chispazo que me recorría de pies a cabeza, paralizándome. Busqué el espacio que había ocupado mi colgante y me llevé la mano abierta al pecho.
Conté mis respiraciones mientras el ruginoso recuperaba el equilibrio y se arañaba los brazos con furia, como si el dolor fuera tan intenso que deseara arrancárselos. La lucidez que me había parecido entrever en su habitación había desaparecido para dejar paso a una expresión de rabia profunda.
Tomé aire y, esta vez, traté de controlar la descarga que me atravesó. Sabía que el miedo dominaba mi cuerpo, pero mi voz podía ser igual de poderosa, igual de eléctrica.
«Ámbar», me dije. Pronunciar mi nombre con tanta claridad en medio de aquellos pensamientos confusos me proporcionó un momento de claridad mental, y cuando el ruginoso se precipitó sobre mí, estaba preparada.
Introduje la mano libre en la cartera y aguardé hasta el último momento, hasta que la criatura estuvo a un paso.
Entonces me clavé en la espalda la pluma levitante y en un segundo la gravedad me eximió de su fuerza, elevándome en el aire como si careciera de peso.
Encogí las rodillas por debajo de la falda inflada, justo a tiempo para esquivar al ruginoso, que chocó con la ventana y la hizo pedazos.
Agarré la pluma, la retiré y la coloqué en la cartera. De pronto, mi cuerpo recuperó la solidez y caí al suelo, donde me agazapé entre los añicos de cristal. Tenía ante mí un hueco en la ventana y al ruginoso, que yacía en el suelo, gimiendo de dolor.
Estreché la pluma entre los dedos y, al hacerlo, sentí que también apretaba mi miedo.
Salí con cuidado, atravesando el marco roto, y, por un momento, me compadecí de la criatura y de su inmenso dolor. Pero quedarme allí para que me atraparan no ayudaría a que se recobrara. De eso tendría que ocuparse algún curandero, como Pakuna.
Hui antes de que los magos guardianes pudieran encontrarme y no me detuve hasta que llegué a mi dormitorio. Jadeante, me desplomé en la cama, mientras mi farolillo rodaba fuera de la cartera.
Todavía tenía el puño cerrado. Levanté el brazo palpitante de cansancio y abrí la palma de la mano bajo la luz. En el centro resplandecía el rubí rojo de Lisa.