Capítulo 18
Tuve que esperar dos noches para que la niebla otoñal se arrastrara entre los islotes del archipiélago y me permitiera acercarme sin ser vista al edificio de Reclusión.
Vestida con la ropa más cómoda que tenía, crucé el puente con decisión y salté el parapeto para colarme en el espeso jardín que rodeaba la zona.
Era un edificio sencillo y bajo, con pequeñas ventanas redondas.
Aun así, en la ciudad habría destacado por el refinamiento de sus fachadas, pero allí, en Seledia, resultaba uno de los más anodinos y, como constaté al recorrerlo, con un diseño más intuitivo.
Tal vez estaba pensado para conceder pocas vías de escape a aquellos que alojaba. Y pocas vías de entrada para mí.
Había sobornado a Leo llevándole a su cuarto una variedad de aperitivos para que me explicara cómo entrar en Reclusión.
En cada uno de mis intentos, él insistía en lo descabellado de mi idea, además de dejarme claro que no quería verse involucrado.
Al fin, un paquete de bizcochos venecianos artesanales acabó de convencerlo.
Siempre que no hubiera riesgo de expulsión, Leo no temía apuntarse a la aventura y a quebrantar alguna de las normas de la Academia, pero, en este caso, opinaba que ese sería mi destino si me pillaban.
Sin embargo, yo deseaba hablar con Lisa desde el mismo día que la llevamos a Seledia.
Pensé que no tardarían en concederme una audiencia con ella, pero tal reunión nunca se produjo.
Estaba convencida de que debía haber alguna manera de burlar al collar que la obligaba a guardar silencio sobre cualquier cuestión relacionada con el paradero del colgante.
No podíamos haber invertido tanto esfuerzo para nada.
Me escabullí hasta la parte trasera de Reclusión y allí encontré, tal y como me había anticipado Leo, una columnata con un sofá de dos plazas equipado con unas elaboradas cachimbas de cristal.
El vapor burbujeaba en el interior de los recipientes y salía a bocanadas de tanto en tanto, difundiendo una ligera fragancia a tabaco.
Alguien debía de haberlos usado hacía poco, o planeaba hacerlo.
Inspiré, con cierto pesar por la acción que me disponía a llevar a cabo, y un minuto después tiré una de las cachimbas al suelo.
El cristal se hizo añicos y el estruendo resonó bajo la columnata.
Me oculté en las sombras, detrás del sofá, y esperé con el corazón en un puño.
Instantes más tarde, dos magos salieron por la puerta trasera y se precipitaron hacia el origen del ruido.
No miré atrás, aproveché y me adentré en el edificio.
Daba la impresión de ser una versión algo más austera del resto de la Academia, similar en la estructura, pero desprovista de cualquier adorno de los que se encontraban en ella a cada paso.
Mi corazón galopaba con furia y me instaba a correr hacia el final del pasillo, mientras que mi lado más racional me obligaba a caminar sin prisas para no llamar la atención.
Los magos no debían temer incursiones frecuentes, pues no me topé con nadie patrullando los pasillos y entré rauda.
Liberé de la cartera mi farolillo flotante, que bailoteó como aturdido a causa del cautiverio entre libros, frascos de tinta y la pluma que Lisa había introducido en el elástico de mi falda en el Festival de la Media Luna.
Por desgracia, no tenía tiempo de reactivarlo con calma.
Lo agarré por el pequeño remate de metal y lo conduje con el fin de inspeccionar las puertas que daban a los pasillos, sintiendo cómo la sangre retumbaba en mis oídos hasta el extremo de ensordecerme.
También las puertas interiores disponían de una ventanita redonda por la que se veían estancias que bien podían ser dormitorios.
Aquello parecía cualquier cosa menos una prisión.
Descubrí a una mujer de unos cuarenta años acurrucada en un sillón, concentrada en hacer ganchillo y, un poco más adelante, a un joven que escuchaba música en un gramófono.
Seguí deteniéndome frente a cada puerta para echar un vistazo por los ojos de buey, con cuidado de que los internos no se percataran de mi presencia.
La mayoría de las estancias estaban vacías.
Cuando me asomé a la penúltima, me quedé de piedra.
El ruginoso estaba tumbado en la cama. El ser que nos había atacado en el Ojo de la Náyade yacía tendido sobre unas almohadas, con una mano doblada sobre la frente y el pecho desnudo y cubierto de cicatrices rojas.
Era como si sus arterias hubieran decidido salir a la superficie de su piel y dibujar en ella una intrincada telaraña escarlata.
Me estremecí. Tenía un aspecto monstruoso, y eso bastaba para volverlo terrorífico, pero además su expresión era de furia, como si estuviera enfadado con el techo que miraba.
Me disponía a marcharme cuando lo sacudió un violento temblor y lanzó un alarido de dolor.
Salí corriendo antes de que el sonido atrajese a los magos de guardia y doblé la esquina para acabar prácticamente frente a la puerta tras la cual estaba Lisa. El golpe de mi hombro contra la madera acaparó su atención. Un minuto después nos observábamos, a sendos lados del cristal.
Miré a mi alrededor. Había acabado en un pasillo más pequeño, con cuartos solo en uno de los lados de las paredes, que finalizaba en un ventanal que ocupaba casi la totalidad del muro, pero sin tirador para abrirlo.
Traté de no pensar en el hecho de que estaba atrapada y me concentré en Lisa, que seguía al otro lado de la puerta.
Estaba encogida en el suelo, vestida con un jersey largo y medias de lana.
Jugaba a las cartas, con la única compañía de un vaso de zumo.
En comparación con la noche de la Fiesta de la Media Luna, estaba peinada.
Su melena, negra y brillante, le caía por la espalda como una cascada de brea que ondeó cuando se incorporó.
Al erguir la barbilla, el collar inhibidor quedó a la vista y, cerca de su ojo, una lágrima carmesí congelada en su pómulo: el rubí.
Aparté la mirada y percibí el eco lejano de su risa desde el interior del cuarto. Cuando alcé los ojos, negaba con la cabeza. Se acercó a la puerta con pasos ligeros y me señaló algo: una palanca junto al ojo de buey.
La ignoré y seguí mirando a Lisa en silencio, reviviendo la escena del baile en la terraza y comprendiendo, por enésima vez, que mis torpes confesiones sobre las pasas y sus carcajadas formaban parte de un plan para arrebatarme el colgante.
Entonces deslicé el dedo en la palanca y el cristal se desplazó hacia el interior de la puerta, abriendo un orificio del tamaño de la base de una pequeña columna.
La observé con atención. Sus defectos parecían haber aflorado junto con los huesos, que sobresalían de sus mejillas y de sus muñecas, presentándome una versión demacrada de la chica que había conocido en la fiesta. Y era como si el rubí hubiera perdido su luz.
—Estas habitaciones están encantadas para inhibir la magia, ¿verdad? Si no, no te habrían dejado eso —dije, señalando el artefacto.
Lisa entrecerró los ojos.
—Sabía que eras avispada.
Me coloqué las horquillas de forma que mi cara quedase despejada para mostrarle la amargura que me causaban sus palabras.
—Aun así, no fue suficiente.
—Yo también soy avispada. Además tengo unas manos rápidas.
—¿Por qué? —le pregunté tras un largo silencio solo interrumpido por el zumbido de mi farolillo, que había empezado a girar a mi alrededor.
—Necesitaba dinero —respondió sin vacilar ni cambiar de expresión. ¿Significaba eso que mentía? Deduje que nunca lo sabría.
—¿Dónde está ahora?
Lisa tensó el rostro y abrió la boca para responder, pero de ella no salió ningún sonido.
Por un segundo percibí que la ira y la frustración se agolpaban en sus labios, en un esfuerzo por articular al menos una palabra, pero tuvo que rendirse. Se llevó una mano al cuello y se rascó el collar, que gimió bajo sus afiladas uñas.
—¿De verdad es un najma ? —Pregunté con un hilo de voz.
Lisa asintió.
Intenté mantener a raya los latidos de mi corazón.
—¿Por qué me lo revelas? ¿Cómo puedo estar segura de que no me mientes?
Lisa se recorrió el cuello con una uña y señaló el surco donde la arteria latía con suavidad.
—No puedes estar segura. Solo puedo decirte que no tengo ningún interés en mentirte, ya no.
La persona que me encargó el robo también me obligó a atacaros en el festival.
Quería que tanteara tus poderes, aunque creo que ya no te quedan muchos.
Me prometió que me protegería, pero he acabado aquí.
Considero que nuestro trato está roto y, de hecho, en cuanto me quiten esto —su dedo se detuvo en el collar— me vengaré y revelaré su nombre.
Sentí cómo el frío del pasillo descendía por mi espalda y un estremecimiento me recorrió de pies a cabeza.
El poder de una estrella se había posado sobre mi piel y había permanecido ahí casi un año, dejando huella.
Había apretado contra mi pecho uno de los artefactos más preciados del mundo mágico.
Y, por absurdo que pareciera, mis estudios de los últimos días confirmaban ciertos detalles.
Se habían perdido cuatro najma , y la energía que contenían era igual a la liberada por la fusión de una estrella.
Con su poder se podía realizar lo que incluso la magia creía imposible.
Por eso se les llamaba «artefactos de los deseos».
Vacilé un segundo. Odiaba los robos, los concebía como actos de pereza y de violencia al mismo tiempo.
Manos que robaban a quienes habían trabajado duro para conseguir algo, sin saber siquiera qué robaban en realidad.
Un objeto era más de lo que su forma o su función daban a entender.
En el bachillerato me habían robado el móvil, quizás para desmontarlo y venderlo por piezas, ignorando las fotos y los mensajes que contenía.
Un objeto era el eje de la vida que había nacido a su alrededor.