Capítulo 17 #3
Respiré hondo y comprendí que era inútil seguir mintiéndole.
—A lo mejor me tomó el pelo y es una tontería… —empecé.
—Valmori, habla —me aguijoneó Ismael, soltándome la muñeca para apoyarse en el quicio de la puerta.
—Lisa me susurró algo al oído antes de que se la llevaran. Dijo que mi colgante es un najma .
Las cejas de Ismael se curvaron con vehemencia.
—¿Por qué no me lo has contado antes?
—Porque es obvio que se trata de una broma, ¿no?
El tenso silencio de Ismael me hizo sacudir la cabeza con incredulidad. Entonces me di cuenta de que él también ocultaba algo.
—Sagredo, habla.
—El director me sugirió que no te lo contara hasta estar seguro, pero desde que te conoció percibe extrañas vibraciones de su najma , lo cual es imposible, pero…
Pero yo me ajustaba a muchos de los puntos de la definición de lo imposible. Sin embargo, existía.
—Como ya te he dicho, eres un inmenso incordio, talayi .
Sea o no cierto, el director Panfilio me ha encomendado que te enseñe los fundamentos de defensa, en vista de que en tu corta carrera como pseudomaga pareces haber conseguido atraer más peligro del normal —dijo, invitándome a seguirlo a la sala.
Miró a su alrededor y chasqueó los dedos.
De súbito, los faroles se apagaron y mis ojos se resintieron por el cambio de luz. Parpadeé y me di cuenta de que había amanecido por el este, y que la estancia se llenaba de una luz fría que me recordó el brillo de las estrellas.
—Lo haré solo porque quiero robarte el título de favorito del director —acepté, siguiéndole. Avancé por la sala, atisbando la laguna más allá de las ventanas.
La ausencia de una carcajada como respuesta pesó sobre el edificio desierto.
—Hoy utilizarás estas placas ralentizadas —habló al cabo, tomando de una repisa un montón de discos de resina que me mostró por los dos lados.
Parecían discos de algodón con una textura sólida—.
Tienes que lanzárselos a tu adversario para obligarlo a detenerse, pero debes apuntar bien porque la placa tiene una acción muy limitada.
Puede parar una pierna o un brazo; arrojarla al torso no suele surtir efecto.
—Apuntar a las extremidades, vale —resumí, cogiendo los discos para probar su peso y aerodinámica.
Ismael me condujo hasta el centro de la sala, desplazando el maniquí a un lado.
—¿Y con quién voy a practicar? —pregunté.
—¡Vaya pregunta más superflua! —respondió, deteniéndose a unos diez metros de mí, plantando los pies en línea con los míos y enderezando los hombros.
No se me escapó una mueca de dolor, pero aun así su figura erguida infundía temor.
Señaló el espacio que nos separaba—. Son diez pasos, Valmori, me acercaré uno cada vez.
Tendrás diez intentos para mantenerme lejos.
—No creía que los magos os peleaseis entre vosotros —dije, dando vueltas al primer disco.
—En general, somos gente civilizada y nuestras peleas se limitan a discusiones culturales, pero, como habrás visto, también tenemos que defendernos. Dado que la magia no nos ha dotado de garras ni de colmillos, debemos recurrir al ingenio. —Se tocó una sien y dio el primer paso—. Uno.
Un escalofrío me recorrió la espina dorsal y me apresuré a lanzar la primera placa como si fuera un pequeño frisbee plano. El disco se desvió a un lado y acabó pegado en la ventana.
—Casi —se burló Ismael, avanzando otro paso.
Retrocedí, movida por el instinto, e Ismael chasqueó la lengua, desaprobando mi defensa con aire divertido.
—Eso es trampa, pero, al fin y al cabo, ¿por qué me sorprende?
Lo fulminé con una mirada de irritación. ¿De verdad tenía que echarme en cara esa historia todo el tiempo, aunque conociera las razones de mis actos? Lancé el segundo disco con rabia. Voló por encima de su cabeza.
—Recuérdame por qué tengo que pedirte ayuda a ti precisamente —pregunté, agarrando el siguiente plato con el índice y el pulgar, haciéndolo girar entre las yemas de los dedos para calcular bien su peso.
—Porque soy el mejor mago que conoces —dijo, mientras uno de mis discos pasaba cerca de su brazo herido y avanzaba más—.
Y también el más fascinante —añadió, pasándose una mano por el pelo—.
Porque soy uno de los más jóvenes magister de la historia —continuó, pisando el disco que aterrizó frente a él—.
Y porque, Valmori, esa historia del najma es más peligrosa de lo que crees.
Me bloqueé justo antes de lanzar el quinto disco.
Ya casi había reducido a la mitad la distancia que nos separaba y podía ver mejor su expresión. La ironía había desaparecido para dar paso a la preocupación.
—Explícate mejor —lo animé cuando lo tuve a tiro.
Ismael abrió los brazos como para subrayar algo evidente.
—Lo habrás visto en el despacho de Panfilio.
El poder de un najma es casi ilimitado. Es una fuerza primordial, poderosísima, pero como todas las fuerzas debe someterse a equilibrio.
Cada acto mágico que realizamos sigue una ley de orden superior.
Las cuatro artes, como habrás adivinado, son un ciclo que arranca con la recogida del polvo de estrellas y concluye cuando lo liberamos, para volver a reanudarse una y otra vez.
Si te acuerdas, en el enfrentamiento que tuvimos Jacopo y yo en el Laboratorio utilizamos una fuente material para transmutar nuestra piel.
No se puede conjurar metal o caucho de la nada.
Del mismo modo, los najma exigen un precio por toda su magia.
Seguí el discurso con atención y recuperé en mi mente los diversos episodios que citaba, comprendiendo la lógica que había detrás del equilibrio de la magia.
—De acuerdo. ¿Y cuál es el problema si los najma también obedecen a la misma ley?
Ismael esbozó una sonrisa mordaz, como si se esperase esa pregunta.
—Porque son los najma los que deciden el precio a pagar por su magia. Cada vez que se utilizan generan una reacción aleatoria. Su magia es caos en estado puro.
La explicación se me clavó como un dardo, y volví a sentir la silueta fantasmal de mi colgante. ¿Sería de verdad un najma ? Si lo era, durante meses había ejercido un poder ilimitado sin saberlo. Y si lo era, me lo habían robado.
—Con más razón entonces, si mi colgante fuera uno de los najtna perdidos, deberíamos encontrarlo.
Ismael ladeó la cabeza, visiblemente asombrado por mi concreción.
—Estoy de acuerdo. —Y dio otro paso adelante, que resonó con fuerza en la alfombrilla de goma—. Razón de más para aprender a defenderse.
Sonreí y le lancé el sexto disco, que le rozó la oreja, pero no se adhirió. Tragué saliva. Estaba cada vez más cerca. No eran solo sus ojos los que me advertían de que la distancia se reducía; estaba tan tensa que me parecía sentir el latido de su corazón bombeando sangre y el calor de su cuerpo.
Retrocedí de nuevo, y ese gesto lo hizo reaccionar.
Me lancé hacia atrás, pero encontré la pared a mi espalda.
Arrojé los dos últimos discos que me quedaban y esta vez di en el blanco con ambos. Uno aterrizó en su hombro derecho y el otro lo golpeó en el muslo izquierdo.
—¡Te tengo! —exclamé triunfante, mirándole a los ojos, esperando ver cómo se quedaba bloqueado en su sitio a un brazo de distancia. En lugar de eso, se precipitó hacia mí.
No fue una caída; me abordó con un control total. Sus pies se quedaron a un milímetro de los míos. Apoyó los antebrazos en mi cabeza y se inclinó lo suficiente para susurrarme al oído:
—Te tengo.
Sentí la caricia de su pelo sobre mi piel y el aliento de su respiración convirtió mi mejilla en un campo ardiente que no deseaba nada más que oírlo hablar de nuevo.
Su voz, sus dos palabras, resonaban en mi interior como si hubieran conseguido borrar cualquier otro pensamiento.
Solo quedaba espacio para el denso eco de esas breves sílabas.
Noté que un dedo recorría mi cuello y desplazaba con suavidad los mechones que se me habían escapado de la coleta, como si quisiera asegurarse de que estaba presentable.
Pero yo ni siquiera estaba segura de poder moverme.
Porque, en ese momento, lo sabía, si hubiera levantado un solo dedo, sería para tocarlo, para rodear sus caderas y atraerlo hacia mí.
Quería sentir encima el peso de su cuerpo perfecto.
Por suerte, él fue el primero en separarse, liberándome de la agonía del deseo. Se retiró unos pasos y se quitó las placas de encima muy despacio, con expresión de perplejidad.
—No han funcionado —explicó.
Cerré los dedos para hacerlos sentir que su lugar estaba en mi puño, muy cerca de mi cuerpo, quizás en torno a una pluma u otros instrumentos de trabajo, pero no sobre Ismael Sagredo.
—Entonces, esta vez has sido tú el que ha hecho trampas —comenté, y en ese momento sí que mascullé.
—Pues no parece que te haya disgustado —replicó, frunciendo los labios y dedicándome un gesto altivo antes de desaparecer por la puerta.