Anillos y estrellas (The Hidden Society 1) Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

Así que aquellos días empecé a vivir la Academia como el resto de estudiantes y, aunque con frecuencia me topaba con miradas curiosas o recelosas, la compañía de mis nuevos amigos me hacía sentir en casa.

Bianca se dedicaba a tiempo completo a las estrellas, y siempre estaba en la Cúpula, deambulando entre los telescopios y las celdas de lectura, donde más de una vez la había visto quedarse dormida.

Leo me explicó que perder el marbiri era como perder un miembro.

—Sin ánimo de ofender —añadió.

No me sentí ofendida, aunque pensé que la comparación no llegaba a transmitir lo que eso suponía.

Cuantos más días pasaban, más diferencias percibía entre mi experiencia y la de Bianca.

Yo había estado disgustada y enfadada por el robo del colgante; ella estaba desesperada.

Veía en ella a la chica que habían encontrado en los canales sin memoria.

Imaginaba que tal vez perder un marbiri equivalía a eso, a una hondonada donde nadie podía asomarse, una herida tan oculta que no podía curarse.

Bianca ni siquiera reaccionó cuando Jacopo se quemó un codo en la Fragua, cuando normalmente habría sido la primera en reírse a hurtadillas. Y, entre tanto, ella y Leo seguían intercambiando miradas calladas que día tras día resultaban más dolorosas.

Una tarde no me contuve y me acerqué a Leo con la excusa de recuperar unas tenazas.

—¿Puedo preguntarte qué pasa entre Bianca y tú? —lo interrogué, apoyándome en la mesa.

Apenas despegó los ojos de la piedra que pulía, pasando con cuidado un fino cepillo entre las grietas.

—Te habrás fijado en que ya no fabrico artefactos —susurró, como una sombra del mago extrovertido que conocía.

Pero no me hizo sentir incómoda, todo lo contrario. Tras mi desaparición, había notado que me costaba tratar con el lado más alegre de la gente, el que rebosaba entusiasmo y buen humor. Había acabado sintiéndome más a gusto con su lado oscuro.

—Ignoro cuál es el plazo medio para la creación de artefactos; creía que solo realizabas otras tareas.

—¿Te han dicho alguna vez que mientes fatal? —dijo Leo, observando la piedra con una lente de aumento.

—Nunca.

Conseguí arrancarle un suspiro que se acercaba a una carcajada y unos segundos de atención.

—¿Te ha pedido Bianca que le arregles el marbiri ? —aventuré.

—Era el chal de su abuela, y Bianca no tolera que otros lo toquen.

Debería hacerlo, pero… —Se tocó la mejilla—.

La cicatriz todavía quema. Arde tanto que me bloquea las manos cada vez que intento repetir los sencillos gestos que conozco desde siempre.

Apenas puedo hacer un marcapáginas, y un marbiri…

Cuando los artífices fabricamos un artefacto imprimimos en su interior parte de nuestra esencia.

Y la mía, por el momento, está rota. Sé que es un estúpido bloqueo psicológico, pero no puedo hacerlo.

—Cerró los dedos sobre su piel arrugada—.

Bianca no me está presionando, pero verla así me parte el corazón.

—Los bloqueos no son estúpidos, y hacerlos estallar no es la solución —fue todo lo que pude decir, sabiendo que no bastaría para consolar a Leo.

En cualquier caso, le propuse que me ayudara a identificar el poder de la pulsera de piedra pómez que me había regalado Domiziana.

Mover las manos lo distrajo de su melancolía, y yo lo miré atontada.

En cuanto me quité la pulsera, de pronto me sentí más vacía.

Tal vez, después de todo, el regalo ocupaba un trocito del espacio que había dejado libre el colgante y, sin saberlo, había depositado en su porosa piedra parte de mis esperanzas y temores de aquellos días en Seledia.

Leo colocó la pulsera dentro de un instrumento que parecía una lira sin cuerdas.

Era una estructura con dos brazos de hierro atravesada por una fuerza muda que la mantenía en equilibrio, haciéndola flotar, para que pudiera analizarla.

Movía los dedos y el aro se desplazaba al mismo tiempo y rotaba en todas direcciones, ralentizándose bajo su atenta mirada.

El examen fue más escrupuloso de lo que imaginaba.

Leo vertió una docena de reactivos sobre la piedra, todos dosificados con un cuentagotas, y registró la respuesta de los poros a las distintas sustancias.

También arrojó encima un puñado de polvo de estrellas iluminado con litio, a lo que la pulsera respondió con una exhalación de vapor.

—Es un simple canalizador —concluyó por fin, levantándose las galas de trabajo entre los rizos rubios—. Mis padres me hacían llevar uno cuando era pequeño. Sirven para dosificar el poder que posees y para evitar que… explote. ¿Dónde lo conseguiste?

—Me lo regaló magistra Falier, mi madrina —respondí, confusa ante su deducción.

—Imagino que quería protegerte —sugirió él, sacando la pulsera del instrumento para ayudarme a colocármela en la muñeca.

La giré sobre el puño de la camisa, pensativa.

Tal vez, pasito a paso, Domiziana procuraba guiarme para que sacara lo que llevaba dentro, de una manera no muy distinta a como me guiaba Gritti.

Quizás en los primeros días en Seledia esperaba sentirme invadida de nuevo por la apabullante energía que había derramado en el callejón y había ido demasiado deprisa, sin obtener ningún resultado. Tal vez tenía que dosificar mis pasos.

Le di las gracias a Leo y me quedé hasta tarde tomando apuntes sobre metalurgia.

* * *

Me desperté cuando el alba acababa de posarse en el horizonte, y la luna, aún en el cielo, iluminaba la noche con su resplandor lechoso.

Había aprendido a no dejarme absorber por las sábanas, al menos no las mañanas en las que me sentía pletórica de energía.

Reuní toda la que tenía y me dirigí al Gimnasio, la pequeña isla donde los estudiantes podían liberarse de la tensión acumulada por las horas pasadas en la biblioteca.

Era un edificio bajo y rectangular, dividido en varias alas que albergaban un gimnasio, una sala de armas blancas, una gran piscina termal y quizás más cosas que todavía no había explorado.

En el pasillo reinaba el silencio. Los farolillos flotantes se encendían a mi paso, desvelando estatuas en poses que resaltaban físicos bien proporcionados, fastidiosamente similares al de Ismael.

Alejé ese pensamiento mientras me acercaba al vestuario, y me fijé en que en una dependencia posterior las luces estaban encendidas.

Pero no importaba, estaría poco tiempo. Mi intención era estirar los músculos con ejercicios de calentamiento y tal vez darme un baño.

Me cambié deprisa en el vestuario: la Academia también me había proporcionado un uniforme de deporte que consistía en un pantalón azul ajustado y una túnica corta de color perla que me até a la cintura con una banda.

Recordaba un poco al atuendo de un monje oriental o al de un luchador de artes marciales, y me sentí indigna de llevarlo.

Me recogí el pelo en una coleta alta y busqué un cuarto libre.

Me dirigí al del fondo, pero al pasar junto a la puerta iluminada vi una figura que luchaba con un maniquí.

Me mostraba la espalda desnuda, y su túnica descansaba en el banco junto a la pared.

Alzó el brazo vendado y giró la muñeca, con los dedos doblados, como si estuviera desenroscando una tapa invisible sobre su cabeza.

A modo de respuesta, el maniquí giró sobre sí y empezó a sacudirse, encontrándose con un brazo en lugar de una pantorrilla y una mano pegada a su oreja.

Se balanceó, inestable, y acabó arrodillado, desprovisto de equilibrio por la ruptura de su armazón metálica.

—Genial, te aprovechas de los más débiles —bromeé, apoyándome en la puerta para observar a Ismael.

Habría reconocido su espalda aunque se hubieran apagado las luces de los faroles.

Noté con alivio que la mayoría de las heridas habían desaparecido y solo el brazo parecía estar aún en vías de curación.

Él se lo tocó en cuanto me descubrió y se lo apretó como para asegurarse de que el vendaje estaba bien sujeto.

—Siento que aún arrastres las secuelas de la pelea en el Ojo. —No lo explicité, pero mi tono daba a entender que había sido culpa mía.

Ismael se giró y se apartó el pelo de la frente. El cansancio del entrenamiento, le había enrojecido las mejillas e hinchado las venas que surgían en su cuello, descendían por su brazo desnudo y afloraban en su vientre para desaparecer bajo el dobladillo de los pantalones.

—¿Apenas despierta, Valmori, y ya mascullando chorradas? Seguro que no es culpa tuya que una persona se cubriera de herrumbre y se volviera loca.

Apreté aún más los brazos contra el pecho.

—No mascullaba —protesté, pronunciando de forma inequívoca para ratificar mis palabras.

Plantó un pie desnudo sobre el maniquí arrodillado.

Incluso por debajo de la tela del pantalón se vislumbraba la línea carnosa de los muslos, y cuando se agachó, también parte de la pantorrilla.

Lo que descubrí no fue tanto la piel como la forma en que sus dedos enrollaban el dobladillo, doblándolo con precisión de sastre, con tres vueltas.

Hizo lo mismo con la otra pierna y yo permanecí en silencio, mirando.

—Sigues siendo el mismo fanfarrón —intervine, con la voz demasiado aguda para sostenerle la mirada con dignidad. Así que me di la vuelta e hice ademán de marcharme.

Sus pasos se aceleraron al instante y un momento después sentí su mano en mi muñeca. Estaba aún más caliente de lo que recordaba, quizás inflamada por el entrenamiento.

—No te vayas.

—¿Por qué? —pregunté, mientras la piel de mi muñeca se estremecía con su tacto y mi mano me suplicaba que la girara para estrechar la suya. Me quedé unos segundos esperando una respuesta que se hizo de rogar.

—¿Hay algún pensamiento que te atormenta, Valmori? Puedo verlo —dijo, y sentí que se desvanecía una minúscula esperanza en la que no estaba dispuesta a profundizar. Como siempre, me había leído la mente a la perfección, sin que me diera cuenta de que lo hacía.