Capítulo 17
Al día siguiente de la Fiesta de la Media Luna me desperté al alba y me dirigí al despacho de Gritti, para lo cual subí los peldaños dispuestos en círculos concéntricos de una larga escalera de caracol que conducía a la cima de una de las torres más altas.
En las paredes se sucedía un arabesco de órbitas celestes que, de cuando en cuando, se cerraban en rendijas que parecían ojos azules.
En el exterior de las pequeñas ventanas que se abrían en cada piso, un viento racheado empujaba las nubes de un lado a otro del archipiélago e hinchaba las capas de los escasos alumnos que cruzaban los puentes.
Me arrebujé en la mía y observé sus puños ribeteados con bordados de plata, indicativos de mi supuesto talento como astrónoma.
En las manos aún tenía la marca del cable de luces al que me había agarrado para no ser arrastrada por las corrientes celestes y con el que luego había atado a Lisa.
Sus últimas palabras me habían inflamado, hasta que me volví hacia una Bianca con los ojos secos por todas las lágrimas que había llorado, abrazada a su chal desgarrado.
Nadie había escuchado a Lisa pronunciarla palabra najma , y yo, no estaba segura de por qué, también actuaba como si jamás la hubiera escuchado.
* * *
—Dime que se puede arreglar —le había susurrado a Bianca la noche anterior, con la voz cargada de culpa mientras caminábamos hacia el dormitorio. Por ayudarme había perdido su marbiri , quizás para siempre.
—Solo por manos expertas —respondió Leo en su lugar, y ambos intercambiaron una mirada siniestra que atesoraba más significados que yo no lograba desentrañar.
—No es culpa tuya —aclaró entonces Ismael, quien, para mi sorpresa, se desvió de su trayecto para acompañarme a mi habitación.
Esta constatación no bastaba para desterrar la imagen de la cara de Bianca al ver cómo su chal se rasgaba por la mitad.
La habría ayudado tratando de buscar una solución, pero en aquel momento temblaba a causa del reciente enfrentamiento y no podía pensar con lucidez.
—¿Qué artefacto utilizó Lisa para hacerme volar? —había preguntado, mientras buscaba la sensación de seguridad en mis pasos sobre el suelo.
—Una pluma levitante. —Ismael se sacó del bolsillo la pluma rota que había extraído del elástico de mi falda mientras estaba suspendida en el aire—.
Son bastante comunes, las usamos para mover pilas de libros o escritorios; basta con clavarlas en la superficie de un objeto, si es blando, o en un intersticio, en el caso de un mueble o las páginas de un libro.
Como me habían repetido docenas de veces, los magos eran eruditos.
Los artefactos que creaban no estaban pensados para hacer daño, pero podían causarlo si caían en las manos equivocadas.
—Aunque hayas destrozado mi sueño de dar la vuelta al mundo sobre los tejados de todas las ciudades volando como un globo —le solté mientras abría la puerta de mi habitación—, creo que estoy en deuda contigo.
Se lo confesé con cierta reticencia que me permitió callar otra palabra: najma . Necesitaba tiempo para reflexionar.
—Entonces esto es para disculparme —replicó, entregándome la pluma levitante—. A cambio, para pagar esa deuda, conviértete en una maga excelente —añadió, con la frivolidad de quien nunca ha tenido que preocuparse por el fracaso—. Y basta de truquitos.
Me habría dolido menos si me hubiera asestado un puñetazo con la piel transmutada en acero. Sabía muy bien que no dependía de mi voluntad. Le dirigí una mirada furibunda y me encerré en la habitación.
* * *
Llamé a la puerta del despacho y recibí permiso para entrar en una gran estancia circular atestada de libros, entre los que identifiqué algunos que parecían salidos de la biblioteca de Domiziana.
Comprendí que mi madrina no bromeaba cuando afirmaba que era su rival.
Me sorprendió encontrarlo en compañía del hombre que había visto en la fiesta de Vianoli, con su abrigo negro y su expresión hosca.
—Si es mal momento, puedo volver más tarde —dije, parándome en el umbral.
Magister Gritti me indicó con un gesto que me acercara.
—Si molestase, señorita Valmori, no le habría permitido subir a la cima.
Me pregunté cómo se habría enterado de mi visita, ya que no tenía cita con él, pero recordé un detalle en el que me había fijado al subir y lo comprendí.
—Lo sabe por los ojos dibujados en las paredes de la escalera, ¿verdad?
Gritti asintió y cerró con rapidez uno de los libros que tenía encima del escritorio.
Imaginé que se trataba de alguno que todavía no me estaba permitido consultar.
—Muy lista. No molesta en absoluto, estábamos en plena preparación de la Noche de Polaris. ¿Sabe qué es?
—¿Un acontecimiento astronómico? —Intenté adivinar, clavando la vista en el hombre que nunca se separaba de Gritti en busca de alguna pista. El acompañante permaneció impasible.
Gritti me dedicó una de esas miradas comprensivas con las que se reciben las apremiantes preguntas de un niño, y cuando movió la mano pensé que iba a levantarse para hacerme una caricia de consuelo; en lugar de ello, cogió una de las octavillas de la velada que yo ya había ojeado y señaló la silueta negra, casi invisible sobre el fondo azul, de dos figuras abismadas en un baile perpetuo que giraban sin salirse de los límites de la página.
—¿Es una fiesta? —pregunté, sin reprimir mi entusiasmo.
Mi destreza en el baile apenas podría calificarse de pasable, pero es sabido que la mejor parte de una velada de ese tipo consiste en encontrar el vestido perfecto.
Gritti se colocó el trozo de pañuelo que le sobresalía del bolsillo del traje.
—No en vano estamos en la grandiosa Venecia, si bien muy lejos de los fastos de antaño…
¡Qué descortés soy! Señorita Valmori, este es Aurelio Mora, mi mano izquierda, ya que se encarga de hacer todo el trabajo sucio por mí.
—Dejó que se instalara cierto aire de misterio sobre su invitado para luego estallar en una de sus estruendosas carcajadas—.
Se asegura de que los estudiantes no se alejen de las celdas de la Cúpula y de muchas cosas más.
Moví la cabeza en señal de asentimiento.
—Encantada.
—Vamos a ver —continuó Gritti, con un aplauso—, ¿a qué debemos su visita?
—Por favor, dígame si hay alguna forma de que pueda hablar con Lisa —solté de un tirón.
Había estado conteniendo esas palabras desde el momento en que se la entregamos a un incrédulo director Panfilio la noche anterior, que nos había mandado a la cama sin abrir la boca.
—Me temo que eso es imposible. El collar inhibidor es un artefacto muy potente.
Solo quien lo ha activado puede desactivarlo —respondió Gritti frunciendo el ceño, como si no se esperase tal petición—.
La señorita Lee Sun Go está encerrada en el edificio de Reclusión, la zona donde aislamos a los invitados especiales, y puedo asegurarle que estamos trabajando duro para obtener información sobre su colgante.
Ahora que lo pienso, lleva aquí poco más de un mes y ya ha contribuido de manera decisiva.
Contuve una sonrisa de satisfacción mientras él seguía desarrollando sus argumentos.
—Avisamos enseguida a los vigilantes de la Hidden Society, que nos concedieron pleno arbitrio sobre el asunto. Por lo que tengo entendido, la señorita Go es culpable de haber robado un objeto muy valioso, que tal vez sea mágico. Un delito gravísimo para nosotros.
—Comprendo, pero es necesario que hable con ella, tengo que preguntarle…
«¿Por qué? ¿Dónde?». Deseaba saberlo todo tras la lenta tortura que había supuesto tener que esperar una noche entera. No había parado de dar vueltas y más vueltas en la cama ni de contemplar las constelaciones pintadas en el techo.
Entonces Mora dio un paso adelante.
—¿No ha oído al profesor? Ha dicho que no.
—Vamos, vamos —Gritti lo sujetó de la manga, pero su abrigo apenas se deformó—. La señorita Valmori tiene derecho a preguntar. —Se volvió hacia mí—. Lamento informarla de que no llevaba nada relevante encima, aunque ahora afinaremos nuestra búsqueda.
—No me cabe duda —me limité a contestar, y abandoné el despacho acalorada por la frustración.
Estaba a un paso de mis respuestas, pero en cada ocasión me parecía que se me escapaban como el humo entre los dedos, Miré el meñique que me faltaba desde hacía semanas: nunca había sentido la mano tan vacía.
* * *
En los días siguientes dispuse de mucho tiempo para sumergirme en el estudio y en mi investigación sobre los najma , y caí en la cuenta de cuánto había echado de menos seguir un plan metódico.
En los meses que dediqué a recuperarme tras mi desaparición, la rutina fue mi salvación.
El oscuro vórtice de recuerdos perdidos era un espacio vacío que se cernía sobre mí, sin orden ni dirección en la que moverme.
Durante semanas permanecí petrificada, paralizada por la incapacidad de dar un solo paso.
Ansiaba dejar atrás la oscuridad, pero no veía ninguna luz.
Pasé días sepultada bajo mis temores hasta que me empujaron a seguir adelante y me recordaron que, cuando el horizonte sofoca toda luz, hay que aprender a caminar en la oscuridad.
Lo había logrado a tientas, de forma cada vez más sistemática.
Me levantaba a la misma hora, salía a caminar, a correr cuando las fuerzas me lo permitían.
Comía todo aquello que encontraba en un recetario de alimentos saludables y bebía a menudo.
Por la noche dormía abrazada a mi gato, Patroclo.
Era como si hubiera seguido un manual básico para enfrentarme a cada día y, sin darme cuenta, al final acabase encontrando la luz.
Tímida y tenue, pero ganada tras un largo camino.