Capítulo 16 #3
Fue entonces cuando sentí que una mano cálida me agarraba y luego me rodeaba la cintura, sujetándome.
Mi corazón dio un brinco.
—¿Te estás aficionando a los paseos celestes, Valmori?
La voz de Ismael me sorprendió por la espalda mientras tiraba de mí y me estrechaba contra su cuerpo, permitiéndome apoyar la punta de los pies en sus zapatos flotantes y dejar caer la cabeza contra su pecho. Lo sentí subir y bajar con rabia.
—Y tú has venido a estropearlo todo —respondí con un hilo de voz, levantando la cara para entrever su mandíbula rígida y su expresión crispada.
—¿Ah, sí? —preguntó, y por un momento aflojó el brazo que me rodeaba la cintura y sentí cómo de nuevo mi cuerpo se proyectaba hacia las alturas.
Fue solo un instante. Me agarró antes de que pudiera escapar de él y pasó una mano sobre el elástico de mi falda para retirar una pluma.
—¿Un artefacto? —me extrañé. Ismael asintió y se la guardó en el bolsillo para tener las manos libres.
Noté que recuperaba el peso de mi cuerpo, y seguramente me habría caído si Ismael no me hubiera sujetado.
Por un momento permanecimos abrazados, suspendidos sobre el cielo veneciano.
Las nubes prepotentes auguraban lluvia, y me pregunté si eran ellas las que volvían el aire tan eléctrico o si eran los ojos de Ismael clavados en mí.
Sabía que tenía que sujetarme con fuerza para evitar precipitarme al vacío, pero algo había cambiado desde la noche de mi llegada a Seledia. El modo en que sus dedos se cerraban sobre mi costado reflejaba la desesperación de alguien que ya había perdido en la vida.
—¿Lista? —me preguntó, y esperó a que se lo confirmara antes de darse la vuelta y descender a toda prisa los escalones invisibles que solo sus zapatos parecían tocar.
Otro día a lo mejor me habría detenido a contemplar el modo en que la noche resplandecía sobre la laguna y las luces salpicaban toda Venecia, pero, más abajo, Bianca y Leo se enfrentaban a Lisa.
Les di las gracias mentalmente a las telas que ocultaban el cielo de las calles del festival y a los puestos colmados de pequeños objetos y comida que concentraban las miradas de la gente.
Aterrizamos entre las hojas justo a tiempo para oír cómo Lisa se reía y le decía a Leo:
—Siempre he sabido que eras el eslabón débil.
Le apuntó con una uña, pero esta vez no iba a permitir que hiciera daño a otro de mis amigos. En cuanto toqué tierra, salí disparada, empuñando el trozo de cable que me quedaba y, antes de que Lisa pudiera moverse, la rodeé con él, ciñéndola e inmovilizándola.
Ismael se colocó detrás de mí. Sus anillos de latón saltaron a los meñiques de la ladrona, tras lo cual la observó con fría indiferencia.
—Nos seguirás sin montar escándalo —dijo, obligándola a levantarse con un movimiento de muñeca.
—Hola, Isma, cuánto tiempo —lo saludó Lisa con una sonrisita felina. Sus ojos se dirigían a los anillos de sus dedos—. No has perdido tu toque.
No sabría decir por qué, pero algo en la forma en que pronunció esas palabras me hizo sentir aún más aplastada contra el suelo. Me incliné hacia ella, buscando su rostro en la penumbra.
—¿Dónde está mi colgante? —pregunté, con un tono que traslucía la frialdad abrasadora del hielo ardiente.
Quería que entendiera que me debía aquella información. Se la debía a la chica con la que había bailado, cuyas debilidades había conseguido sacar a la luz más de lo que solía mostrar ante desconocidos. A cambio, ella se estrellaría con mis aristas más afiladas.
Irguió la cabeza, con el pelo revuelto cayéndole sobre los labios, que se curvaron en una risa melancólica. Cuando abrió la boca para hablar, no produjo ningún sonido.
—¡Habla! —le grité, y ella, por toda respuesta, inclinó la cabeza hacia atrás, mostrando la gargantilla que rodeaba su nívea piel.
Sentí cómo Leo contenía la respiración de manera brusca y me ponía una mano en el hombro.
—No va a hablar —me dijo.
Intenté apartarle la mano y, con ella, su teoría. Ahora que había encontrado a Lisa, estaba tan solo a un paso de recuperar mi colgante y, probablemente, el poder suficiente para impedir que mi lugar en Seledia fuera cuestionado.
—¿Dónde lo tienes? —continué, decidida.
—Ámbar, lleva un collar inhibidor; en la práctica, es como un bozal que impone silencio sobre un tema —explicó Leo pacientemente, señalando la gargantilla de Lisa.
—¡Tiene que haber una solución! —protesté, sin resignarme a la idea de estar tan cerca y no poder conseguir la ansiada información.
Leo sacudió la cabeza.
—El collar impide que se revele la información. Lo siento.
Volví a ponerme en pie y me llevé las manos a las sienes, odiando la silueta de la horquilla en forma de flor que aún me sujetaba algunos mechones. La suerte nunca había estado de mi lado, y ni siquiera Ismael Sagredo podía cambiar esa verdad.
Él y Leo alzaron a Lisa y la levantaron; su túnica ondeaba mientras recuperaba el equilibrio y se balanceaba de un lado a otro delante de mí.
—Lo siento —dijo con una extraña sonrisa, acercándose a mí para susurrarme—. Yo no tengo tu najma .