Anillos y estrellas (The Hidden Society 1) Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

—¿Crees que le habrá costado mucho? ¿Cuándo los magos salís al mundo humano cambiáis pepitas por billetes?

Bianca se me quedó mirando como si acabara de decir que la Tierra era plana y el Sol giraba a su alrededor.

—¿Pepitas? ¿De qué estás hablando? La economía de la Hidden Society funciona con un sistema de crédito, por supuesto que no usamos pepitas —repitió la palabra como si se avergonzara hasta de pronunciarla.

Tuve la terrible impresión de que en el almacén de Centoquarzi me habían engañado, pero no me dio tiempo a pedir explicaciones porque nos engulló la multitud.

Bianca me rozó el brazo cuando nos internamos en un pasillo encajonado entre dos puestos especialmente concurridos. Intenté darle la mano, pero nuestros dedos se perdieron y me quedé rezagada mientras ella se veía obligada a seguir avanzando.

Decidí rodear el tenderete, retiré uno de los paños decorados que flotaban entre las estructuras y caminé entre las hojas secas hasta que me topé de frente con Ismael.

—¿Dónde está Leo? —pregunté, mirando a mi alrededor.

Estábamos en la parte de atrás de los puestos, bajo un gran castaño cuyas raíces afloraban como grandes y prominentes nudillos, mientras que un cable con bombillas colgaba de sus ramas inferiores.

Ismael se limitó a sonreírme, una indirecta que no acabé de entender. Se había cambiado de ropa y vestía lo que para mis limitados conocimientos del mundo oriental debía de ser un quimono, una bata ceñida a la cintura por una faja. Se rodeaba el cuello con las manos, como si tuviera frío.

—¿Te encuentras bien? ¿Por qué te has cambiado?

Me rogó silencio llevándose un dedo a los labios y, por instinto, miré a mi alrededor.

Sin embargo, Ismael no parecía preocupado por las sombras que se movían tras los colgantes de tela, sino que, más bien, le divertía nuestro encuentro.

Cuando volví los ojos hacia él, me lo encontré cara a cara, peligrosamente cerca, irritantemente guapo.

—Deja de tomarme el pelo, tenemos que investigar —protesté, molesta, pero cuando hice ademán de dar media vuelta, Ismael me agarró de la muñeca y me retuvo. Sus dedos fríos se cerraron sobre mi piel, provocándome un estremecimiento.

Me volví, disimulando la sorpresa, intentando imitar la impasible altivez de mi magister , antes de empujarlo, provocando que tropezase con una raíz.

Los labios de Ismael se entreabrieron y de ellos surgió una cantarina voz de mujer, la de Lisa:

—¿Cuándo te has dado cuenta?

—Por favor…, Ismael Sagredo no puede estar callado más de diez segundos.

—También la delataron sus dedos sin anillos, o el hecho de que Ismael nunca sonreía sin más—.

¿Cómo debo llamarte? —dije, logrando mantener la calma el tiempo justo de pronunciar la frase, mientras ella se restregaba la mano por la cara y se arrancaba las facciones de Ismael para, un instante después, adoptar la forma de una inexpresiva máscara blanca.

—Lisa —respondió, en tanto volvía a ver sus delicados rasgos y el rubí debajo del ojo.

Me abalancé sobre ella antes de que pudiera encantarme, pero esperaba el movimiento. Me dio una patada en el vientre y se elevó con una voltereta, poniendo un par de metros de distancia entre nosotras.

Cuando recuperó el equilibrio, las solapas de su quimono se abrieron y dejaron al descubierto un cuerpo mucho más menudo que el de Ismael, así como una ancha gargantilla negra hasta la mitad del cuello.

Presioné mi estómago dolorido y sonreí cuando la observé, pues solo vi a una chica muy guapa. El efecto del rubí se había frustrado.

—Habría sido más delicado de la otra manera —dijo, apuntándome con el dedo índice y dirigiendo la uña afiladísima a mi cara.

Respiré de manera brusca, incendiando el miedo en rabia e intentando convertir aquel pequeño fuego en un arma.

Sentí que me ardía la mejilla y que algo caliente me corría por el mentón.

Me pasé la mano por la piel y descubrí un rastro de sangre que manchó mi anillo de ámbar e iluminó de rojo cada línea de mi palma hasta transformarla en un mapa escarlata.

Era abrasador. Ignoraba a qué temperatura circulaba la sangre normalmente, pero la mía estaba al rojo vivo.

—Sé buena chica y no me hagas gastar otra —dijo, apuntándome con la uña del pulgar—. Ven conmigo y…

De repente, un velo cayó sobre su cabeza; el fino chal de Bianca la ocultó un instante, y mi amiga apareció por la parte de atrás de una caseta.

Lisa se tambaleó como si la noche se hubiera desplomado sobre ella y cayó de rodillas, agarrándose al tronco del árbol.

Sabía lo que ocurría, el sueño se apoderaba de ella cada vez que respiraba.

Me acerqué con precaución, recogí una rama húmeda del suelo y la sostuve en alto, dispuesta a usarla como arma a pesar de carecer de ningún tipo de preparación en la materia.

Sería más útil que mis manos desnudas y mis piernas temblorosas.

Entonces, un ruido rasgó el silencio y las uñas de Lisa atravesaron la tela, abriendo un jirón que le permitió dejarla caer a sus espaldas. Resurgió dando tumbos hacia atrás, con los párpados pesados sobre los ojos dorados, de nuevo clavados en mí.

Bianca se sujetaba la garganta como si le hubieran arrebatado la voz o el aliento.

Sentí parte de su dolor. Alcé el brazo y arranqué el cable con las bombillas de las ramas del árbol; luego me precipité hacia Lisa para rodearla con él.

Conseguí dar una vuelta, mientras se recuperaba de la somnolencia, y estaba a punto de inmovilizarle los brazos cuando el cable se paró, pues se había enganchado en una rama.

—El amuleto no es suficiente —advirtió.

Sonrió con maldad, y su mano se disparó, rozándome la espalda.

No entendí lo que me hizo, pero un instante después me sentí muy ligera.

Mis pies se despegaron del suelo entre una nube de hojas.

Empecé a elevarme despacio y floté en el aire sin control.

Probé a apretar los abdominales, a inclinarme y a impulsarme hacia abajo, como cuando intentaba tocar el fondo del mar, pero la fuerza que me elevaba era más fuerte, aunque invisible.

No sabía cómo contrarrestarla. Lo único que conseguí fue asir el cable de las bombillas encajado entre las ramas, que me sostuvo en el aire como si fuera una cometa.

—¡Bianca! —grité, y mi amiga pareció recobrarse justo a tiempo para plantarle cara a nuestra adversaria.

Lisa había mencionado mi amuleto. Por un momento tuve la horrible sensación de que había sido ella, disfrazada con la cara de Ismael, quien me había colocado la horquilla en el pelo.

«No es posible», pensé. La máscara podía imitar el aspecto, pero no la voz, como había visto antes.

Así y todo, eso significaba que Lisa nos estaba espiando desde nuestra llegada.

Volví en mí, pues estaba a punto de perderme en el cielo y de quedarme a hibernar entre las nubes. Debía concentrarme en la situación.

Me armé de valor y me agarré con mayor firmeza al frágil cable. Batallando contra la fuerza que tiraba de mí hacia arriba, deslicé una mano tras otra y entrelacé los dedos con el cable de plástico para acercarme, palmo a palmo, a las ramas del castaño.

Me encontraba a medio camino cuando oí pasos a la carrera entre el follaje. Leo e Ismael aparecieron detrás de Bianca, obligando a Lisa a retroceder.

Vi como la expresión de Ismael se endurecía y sus dedos se desensartaban del par de anillos de latón. Lisa empezó a retorcerse, pero eso no le impidió apuntarme con una de sus uñas, o más bien apuntar al cable. Y entonces disparó.

Al partirse, el cable se me enredó entre los dedos y todas las bombillas se apagaron con un estallido unánime.

El cielo me atrajo de nuevo, ya sin nada que me retuviera.

De improviso, las nubes se volvieron más próximas, grises y sombrías, y el aire más frío, mientras dejaba abajo la línea de los tejados de Venecia.

Mi cuerpo ya no me obedecía, era como intentar nadar contra una corriente demasiado fuerte que apenas me permitía moverme.

Solo logré echar un brazo hacia atrás para asistir a cómo me atraía el cielo.

En un santiamén, mi cuerpo se congelaría.

Y en la noche de mi muerte no había estrellas. Ese pensamiento me entristecía más que ningún otro.