Capítulo 16
El otoño veneciano parecía haber desaparecido el día que esperábamos dar con Lisa.
Llegamos a la isla en una lancha motora sospechosamente silenciosa, conducida por Ismael con la ayuda de Leo, quien me reveló que se trataba de un artefacto movido por combustión de polvo de estrellas.
Bianca se pasó el trayecto contándonos los orígenes del festival, que mezclaba diversas celebraciones de culturas orientales para festejar el final de la estación y dar gracias a la diosa de la luna.
El Parque de los Recuerdos era una lengua de jardines que se extendía junto a la laguna y aquella noche estaba animado por hileras de tenderetes de madera separados por telas ondeantes.
Cuando atracamos, en un extremo de dicho parque, mi certeza de encontrar a Lisa flaqueó: la fiesta estaba abarrotada.
Filas de bombillas, unas detrás de otras entre los árboles amarillentos, iluminaban los senderos bordeados de puestos.
El otoño estaba por todas partes: en las faldas anchas y los sombreros altos de los comerciantes, pero sobre todo en los numerosos pasteles redondos que perfumaban el aire con los aromas de legumbres dulces.
—Son pasteles de luna —nos explicó Bianca—. Forman parte de la tradición china, aunque en algún lugar también habrá songpyeon , las pequeñas medias lunas de arroz coreanas, y tsukimi dango japoneses.
—Y la mejor forma de honrar la festividad es probarlo todo —sugirió Leo.
Estaría horas escuchando a Bianca enumerar las tradiciones mágicas de cada nación: era como tener a nuestro lado un libro de texto parlante.
—Has mencionado a la diosa de la luna —intervine cuando recuperé el aliento—. Los dioses… ¿existen de verdad?
Me sentí tonta por preguntarlo, pero a lo largo del último mes mi concepto de realidad se había puesto patas arriba, y lo mismo ocurría día tras día.
—Es difícil responder a eso —titubeó, acariciándose la larga trenza rubia—.
Algunas criaturas de la Hidden Society son más abiertas en el tema espiritual y ofrecen una explicación sobrenatural para las fuerzas que estudiamos.
¿Existe una diosa de la luna? Diana para los romanos, Khonshu para los antiguos egipcios, Chang Xi para los chinos o Sin para los asirios, y muchas, muchas otras figuras, para nosotros los magos son simplemente la personificación de los poderes que tiene la luna, como controlar las mareas o regular el ciclo menstrual.
—Por favor, dime que conocéis un remedio mágico para evitar los cólicos.
Bianca asintió.
—Ve a ver a Pakuna; sabe preparar decocciones para todo tipo de dolores.
—Echó un vistazo alrededor y comprobó que Ismael y Leo se habían parado en un puesto.
Examinaban unos accesorios florales y, como siempre, la mayoría de los transeúntes volvían la cabeza hacia Ismael—.
Sagredo me fulminaría si me oyese, pero los chamanes son los médicos de la Hidden Society, al igual que los magos somos los académicos.
—¿Y si un mago quisiera ser médico? ¿No son como los demás, solo que con profesiones diferentes?
Era extraño hablar de magia en el centro de Venecia, rodeados de seres humanos ajenos a todo, pero, como sucedía con frecuencia, la confusión era una fantástica aliada para pasar desapercibidos. Y nuestra charla se perdía entre el bullicio de los presentes.
—Un mago puede elegir la carrera de curandero, estudiar anatomía y los efectos de las decocciones preparadas por los chamanes, pero nunca podrá practicar magia curativa ni preparar decocciones. Somos anatómicamente diferentes.
—Bocas cerradas y ojos abiertos —nos amonestó Ismael, que apareció a nuestra espalda. Su mirada plomiza apuntaba en todas direcciones, atento a cualquier detalle.
Leo, en cambio, nos mostró dos pinzas para el pelo en forma de flor de loto. Llevaba una a juego enganchada sobre la mejilla desfigurada y, para mi sorpresa, me fijé en que Ismael se había puesto otra entre las ondas oscuras de su pelo.
—¿Sabéis que solo traen buena suerte si se regalan? —intervino Bianca, señalándole a Leo dónde debía colocársela, lo cual obligaba a Ismael a regalarme la suya a mí.
—Solo lo hago porque te hace falta suerte, Valmori —dijo, abriendo la horquilla entre los dedos y acercándose a mi cabeza.
—Claro, así podrás llevarte todo el mérito cuando sea mejor maga que tú. No, gracias. —Intenté hacerme con la horquilla, pero él se apresuró a levantar el brazo para alzarla fuera de mi alcance.
—A pesar de tus truquitos, serás una maga excelente, en gran medida gracias a mí. Soy tu magister , ¿recuerdas?
A decir verdad, no tuve tiempo de replicar, porque me sujetó la barbilla con dos dedos y deslizó la horquilla por encima de mi flequillo, asegurándola sobre la sien con firme delicadeza.
Tragué saliva de manera visible con el cuello tenso. ¿Cómo era posible que siempre se las arreglase para decir la última palabra? Podría haber contestado de cien formas distintas, sabía que era capaz de hacerlo.
En lugar de ello, optaba por decirme que sería una maga excelente.
Pese a todo, su altanería era un rayo de esperanza para mis pésimas posibilidades.
Pero, además de por esto, el motivo por el que se me secó la garganta fue que cometí el error de levantar la vista hacia su rostro y lo descubrí enfadado, una expresión que contrastaba con su voz despreocupada.
Se retiró antes de que pudiera pedirle explicaciones, pero, aun así, con demasiada lentitud para impedir que me diera cuenta de que había mantenido sus manos encima de mí mucho más tiempo del necesario para colocarme aquella especie de amuleto.
—Centrémonos en buscar —dijo, alejándose un paso y señalando los dos caminos principales—.
Valmori y Gardenigo tomarán esa dirección; yo iré con Rovere hacia el otro lado.
Recordad: estamos entre humanos, nada de gestos que puedan llamar la atención.
Nuestro objetivo es seguir a nuestra amiga hasta un lugar donde actuar.
Una última advertencia: Lee Sun Go es una maga experta y cuenta en su arsenal con un artefacto encantador, un rubí rojo que se pone en la cara.
Sirve para que la gente se sienta más dispuesta a complacerla, como si estuvieran enamorados de ella, aunque el dolor físico, como un fuerte pellizco, anula sus efectos.
Intentad no cometer una estupidez. —Me lanzó una mirada a la que respondí con una mueca—. Estad atentos.
El rubí. Había tenido ocasión de verlo en la terraza. Leo debió de intuir mis pensamientos porque comentó:
—Uno de los efectos más comunes de ese tipo de artefactos es el camuflaje, con el fin de concentrar toda la atención en el mago que lo lleva.
Asentí y me concentré en el presente.
—Me gustaría daros las gracias, aunque no sé muy bien cómo.
—Clavé los ojos en Bianca y Leo—. A pesar de no tener nada que ver con toda esta historia, me estáis ayudando, y lo valoro mucho.
—Las palabras me salieron a trompicones, algo que rara vez me ocurría, así que lo compensé con una sonrisa forzada—.
No lo olvidaré —concluí, con lo que se había convertido para mí en uno de los deseos más importantes.
Leo alzó los dos pulgares y me guiñó un ojo, mientras que Bianca se limitó a lanzarme una sonrisa como muestra de ánimo antes de acompañarme.
Me giré para ver alejarse a Ismael, con el abrigo que había sustituido a la capa y que le hacía parecer un detective de una película de la época pre-code .
No podía evitar preguntarme si los motivos que lo llevaban a embarcarse en estas averiguaciones sobrepasaban el papel de magister que le habían asignado.
¿Hasta qué punto conocía a Lisa? La pregunta rondaba por mi mente sin parar tras la noche en el Ojo, pero no me había atrevido a formularla.
Era una idiotez, porque quizás habría obtenido alguna información útil, lo cual me fastidiaba todavía más.
Me desembaracé de aquella molesta sensación con el propósito de intentar actuar de la manera más lógica posible.
Recordé la cara de Lisa en la terraza y traté de reconocerla entre la multitud.
Creía verla en todas partes: en los cabellos azabache, en las máscaras de zorro con sus ojos alargados y astutos.
Me toqué el pecho por encima del cárdigan y lo descubrí vacío, despojado del colgante que durante un tiempo se había movido al ritmo de mi respiración.
Esperé sentir la aguda sensación de carencia que había experimentado después de la fiesta, la necesidad de encontrar mi collar, pero no percibí nada.
¿También se me estaba olvidando? Metí los dedos por debajo de la lana y los cerré sobre el regalo de Domiziana, en el que no había nada familiar.
No podía haber sustituido mi colgante por una simple pulsera.
Por mucho que hubiera cambiado mi vida, había una parte de mí que siempre seguiría igual: la que le concedía un alma a cada objeto.
La niña a la que no le gustaba encerrar a los muñecos en los armarios por miedo a que se asfixiaran y que guardaba todos los rotuladores azules aunque estuvieran gastados.
La adolescente que conservaba su primer par de zapatillas Converse, aquellas con las que se había puesto de puntillas para dar su primer beso y que había manchado de barro en el concierto al que asistió a escondidas, tras mentir diciendo que dormiría en casa de una amiga.
La que tenía en un cajón la chapa de su primera cerveza, que le había dado asco, la entrada de cine de su película favorita y el montón de cartas cruzadas con una chica francesa a la que había conocido en unas vacaciones.
Porque estaba convencida de que los recuerdos necesitaban un lugar donde descansar y de que cada objeto era un ancla en el pasado.
¿Cómo podía esa misma persona no echar de menos el colgante al que estaba tan unida cuando no tenía nada a lo que aferrarse?
Me toqué la horquilla que Ismael acababa de colocarme, convencida de que la conservaría como un tesoro, pero, para justificar el gesto, elegí una pregunta al azar.