Anillos y estrellas (The Hidden Society 1) Capítulo 15 #3
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Capítulo 15 #3

—Me temo que no, aunque me quedarían bien.

—Se tocó el brazo derecho, que estaba completamente tapado con el vendaje—.

He tenido suerte. Tú estuviste maravillosa.

—Sus ojos de color terracota se centraron en la manga de mi camisa y la levanté para enseñar que nada había cambiado.

Mi piel seguía lisa e intacta—. ¿Cómo te sientes?

—Imparable. Podría partir este edificio en dos —susurré, abriendo y cerrando las manos como si probara una fuerza invisible.

Ismael me miró muy serio.

—No tiene gracia —resopló, soplando hacia un aro de incienso—. Vete. —Se colocó de lado y emitió un sonido áspero.

Me mordí el labio. No debía forzar las heridas, y mucho menos por mi culpa.

—¿Qué demonios era aquella… cosa del Ojo, Sagredo? —pregunté, tensa ante el recuerdo del monstruo que se había precipitado sobre nosotros.

—Un ruginoso. Es un mago corrompido por la herrumbre —dijo, girándose despacio y mostrándome una mano anillada con la que señaló su espalda—. ¿Has estudiado lo que diferencia a los magos de los humanos, aparte de lo que ya te expliqué?

Asentí. Era uno de los primeros datos que había averiguado en los libros que habían puesto a mi disposición.

—En primer lugar, una variación molecular en la piel. Los magos nacen con una sustancia cutánea capaz de activar la magia, ya sea la que se encuentra en el estado natural de polvo de estrellas o la almacenada en un artefacto.

—Correcto —confirmó con su tono de profesor. Luego señaló sus anillos—. ¿Y recuerdas qué son los marbiri ?

—Por favor, no me hagas preguntas tan fáciles —bromeé, mirándome las uñas como si ni siquiera tuviera que pensar para dar la respuesta—. Son artefactos únicos y personales que desarrollan su poder en sintonía con la personalidad del mago o de la maga que los lleva.

Esta vez Ismael se congratuló con una sonrisa ladeada.

—Hay un último dato importante que no encontrarás en ningún manual.

Los magos somos de carácter posesivo. —Sus palabras tenían garras y se cerrarían sobre cualquier cosa que desease.

O sobre cualquier persona—. Pero también somos selectivos con nuestros artefactos, y ese objeto único que convertimos en nuestro marbiri está ligado a nosotros mediante un contrato de sangre.

Quienquiera que lo viole, usando un marbiri que no le pertenece, sufre las consecuencias.

—Se convierte en esa criatura… ¿En un ruginoso? —sugerí, tragando saliva ante la crueldad del castigo. Ismael tuvo que percibirlo.

—Es un proceso similar al de vuestra química.

Si intentas usar un artefacto que pertenece a otro mago, las moléculas reaccionan de forma caótica y se transforman en una sustancia que algunos llaman herrumbre, otros exceso de sangre o simplemente grietas rojas.

—Ismael volvió a mirarme el brazo—. Esa sustancia debería quemar al tacto.

«Debería», porque pocas de las reglas del mundo mágico se ajustaban a mí, ni siquiera aquellas que me habría encantado cumplir. Tenía demasiado rastro de magia como para ser enviada a casa y, a la vez, resultaba demasiado humana.

—¿Es posible que mi piel sea diferente a la tuya, y al mismo tiempo diferente a la de los humanos?

Ismael asintió, aspirando una bocanada de incienso.

—Acabo de coincidir contigo en un razonamiento, Valmori. Debo de estar realmente enfermo.

Me regodeé en el cumplido, pues recibir elogios seguía siendo una de mis debilidades favoritas.

Y recibirlos de mi rival superaba cualquier otra sensación.

El problema era que si los pronunciaba sonriendo de aquel modo, mi cerebro se pasaría las horas siguientes preguntándose si había sido sincero o no.

Y entonces la satisfacción se mezclaría con la duda y me enmarañaría en mis pensamientos hasta que algo los cortase de cuajo.

Esa mañana los cortó otro recuerdo de la noche en el Ojo: la información que nos había proporcionado Samu.

—Se diría que no tenemos más remedio que continuar con la búsqueda —apunté.

—Parece que estoy condenado —replicó Ismael, reclinando la cabeza para expulsar el humo al aire, dispersándolo en una serie de aros.

Los nervios hacían que me golpease las rodillas con las palmas de las manos y que tamborilease sobre la falda en busca de la mejor manera de continuar la conversación.

—Me pareció entender el nombre de la ladrona. —Vi que su mandíbula se endurecía al instante—. Y que tú la conocías.

Ismael miró al techo con frialdad.

—La conozco y sé dónde encontrarla. Asistirá al Festival de la Media Luna. Allí la detendremos. Mientras tanto, practica y estudia.

—Sí, magister —respondí con más impaciencia de la que me habría gustado traslucir.

Entre otras cosas, porque no me disgustaba la idea de buscarme una celda en las torres y averiguar qué nuevo libro me habían asignado.

Cada obra era una mina de verdades olvidadas en los márgenes de la historia.

Y, de vez en cuando, una imagen del rostro de Ismael surgía de repente entre los párrafos, así como la contracción que lo alteraba al oír mencionar a Lisa.

Ya no podía dejar de preguntarme quién era aquella chica capaz de conmocionar a mi hermético rival.