Anillos y estrellas (The Hidden Society 1) Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

Lo observé, preguntándome qué podía haberlo debilitado tanto.

En cuatro años de universidad, la única que había sacado pañuelos y mezclado paracetamol con agua caliente de las máquinas expendedoras había sido yo.

Y la vez que dos compañeras de clase me habían arrastrado a ver una de sus competiciones de esgrima comprendí por qué media facultad se volvía para mirarlo por los pasillos.

El mono blanco que ceñía su torso y sus largas piernas le hacían parecer el caballero de un cuento de hadas, aunque su sonrisa hacía difícil averiguar si se trataba de un personaje bueno o malo.

En cualquier caso, siempre era el último en mantenerse en la tarima.

Por eso intuí que las heridas debían de ser más graves de lo previsto, para haberlo dejado en aquellas condiciones.

—Volveré mañana —me limité a decir, y abandoné la enfermería.

A mi llegada a Sotobóveda, me acerqué a las mesas donde estudiaban Leo y Bianca.

Tomé asiento, me derrumbé sobre la mesa, con los codos apoyados en un libro cerrado y la frente entre las palmas de las manos.

—¡Atención, parece que estamos asistiendo a una crisis! —exclamó Leo, describiendo en voz alta mi expresión de derrota y la manera en que aquella tarde, en su opinión, mi pelo lucía especialmente apagado, de un color castaño como de cáscara de nuez verde.

Bianca le ordenó que guardara silencio, aunque en aquella zona concreta de Sotobóveda los alumnos solían quedar para repasar juntos o trabajar en proyectos de grupo, por lo que predominaban las discusiones animadas. Bien es cierto que no sobre la tonalidad de mi pelo.

Eché un vistazo a mi alrededor. Nadie aparte de Bianca reprendió a Leo; de hecho, un par de artesanos a una mesa de distancia soltaron una risita al oír su voz mientras examinaban un enorme trozo de cuarzo.

Aquel sonido inocente me recordó que también les estaba mintiendo a ellos, de modo que responder a sus preguntas de repente se me hizo más duro.

—He ido a ver a Sagredo a la enfermería.

Todavía está extenuado por la pelea. —A lo largo de aquellos dos días les había contado lo ocurrido la noche del Ojo, y ambos se habían quedado de piedra.

Sin embargo, cuando intenté pedirles más detalles, se negaron a hablar, alegando que Sagredo era la persona más indicada para informarme—.

Supongo que ni siquiera podéis decirme qué eran esas estalagmitas del club…

Leo y Bianca se miraron, como si intercambiaran sus dudas sin palabras, y, al fin, fue la astrónoma quien habló.

—Se trata de una sustancia perfectamente legal que, en teoría, se utiliza para relajarse y que también consumen los magos. Sospecho que en el Ojo la mezclan con algo, pero no me preguntes más. Magister Gritti dejó muy claro que no debemos revelarte nada que no figure en tu programa.

Me admiró el empeño que ponía el profesor en diseñar el camino más adecuado en mi aprendizaje de la magia y no me atreví a continuar preguntando por miedo a parecer desagradecida.

Asentí y abrí el libro, no sin antes sujetarme el pelo con las horquillas.

Antes de enfrascarme en la lectura eché un vistazo a la sala y solo entonces reparé en la presencia de Jacopo Altieri, sentado a una mesa del fondo.

Estaba solo y miraba fijamente en mi dirección con aire amenazante.

Me volví para comprobar que no hubiera otra persona detrás de mí a la que fuera dirigida su aversión, pero, a menos que estuviera enfadado con la enciclopedia celeste de astrofísica extragaláctica, el problema era yo.

Me incliné hacia delante para que mis palabras quedaran entre nosotros.

—¿Jacopo Altieri no estudia con nosotros?

Leo emitió una carcajada gutural que resonó hasta el techo, aunque cuando habló tuvo la sensatez de hacerlo en un tono comedido.

—¿Estás de broma? Nosotros no nos codeamos con Jacopo Altieri, y Jacopo Altieri no se codea con nosotros, no después de lo que ocurrió con Lee Sun Go.

Una retahíla de pensamientos se apiñaron en mi mente, conjurados por aquel nombre que aparecía frente a mí. No olvidaba que había visto a Bianca hablando con Jacopo días antes.

—¿Lee Sun Go? —repetí con un hilo de voz.

Bianca me hizo una señal para que no volviera a pronunciar aquel nombre.

Luego cruzó los pies encima de la silla y se estiró sobre la mesa. Leo la imitó y, al cabo de un instante, nos encontramos muy cerca.

—No se la menciones a Ismael. Él, ella y Jacopo eran muy amigos, pero, por lo visto, una noche hubo una fiesta y se armó una buena. A ella la expulsaron de Seledia. Jacopo e Ismael no se dirigen la palabra desde entonces.

—Demasiado tarde. —La afirmación se me escapó, acompañada de una manifiesta expresión de culpabilidad, lo cual provocó que Leo se acercase todavía más.

—¿Qué quieres decir con que es demasiado tarde? —preguntó, apartando los libros para encandilarme con sus grandes ojos azules, tan brillantes que casi me hicieron olvidar la quemadura que tenían debajo.

Por lo general, no me dejaba convencer con zalamerías de este estilo, pero ellos parecían saber mucho más de lo ocurrido que yo, y tampoco tenía por qué contárselo todo.

Tomé aire y les revelé parte de la historia.

Les hablé del robo de mi colgante a manos de una camarera en la terraza de la casa de Vianoli, de cómo se había convertido en mi tesoro más preciado tras mi desaparición y, tal vez, en mi marbiri .

Bianca y Leo me escucharon en absoluto silencio hasta que mencioné las palabras del camarero del Ojo sobre el supuesto regreso de Lee Sun Go. O, como yo la había conocido, de Lisa.

—¡Tuvo que ser ella! —exclamó Leo, apretando el puño.

—Tu marbiri… —suspiró Bianca—. Tiene que ser muy doloroso que te hayan separado de él.

Dudé. ¿De qué tipo de dolor hablaba? En aquellas semanas había pasado por tantas emociones que me costaba aislar unas de otras, y cuando pensaba en mi colgante me invadía una enorme confusión y una sensación de carencia que no sabía describir.

Leo debió de interpretar mi silencio como una afirmación, porque juntó nuestras manos en el centro de la mesa.

—Te prometo que te ayudaremos en tu investigación. Separar a una maga de su marbiri es un crimen. Puedes contar con nosotros.

Tragué saliva. El colgante no podía ser mi marbiri , sencillamente porque yo no era una auténtica maga. Esperaba, sin embargo, que los detalles sobre mis orígenes fueran irrelevantes para ellos, pues, al involucrarlos, corría el riesgo de que la verdad saliera a la luz.

—Sagredo también me estaba ayudando y mira lo que le ha pasado —comenté.

El rostro de Bianca se iluminó con su suave pero decidida sonrisa.

—Razón de más para estar en grupo, ¿no?

Al día siguiente, volví a visitar la enfermería, y Pakuna me recibió con un guiño. Un fuego esperanzador se avivó y me condujo hasta la cama de Ismael, donde lo encontré sentado contra el respaldo con un libro abierto sobre los muslos.

El incienso seguía flotando sobre su cabeza, pero me pareció que ardía con menos intensidad.

—Valmori —dijo Ismael sin levantar la vista.

—Lo sé, hubieras preferido la compañía del ruginoso —bromeé, sentándome a los pies del lecho.

—¿Dónde está el ramo de flores para desearme una pronta recuperación? —murmuró, alzando los ojos hacia mis manos vacías.

—Lo siento, pero para eso al menos deberían haberte amputado una pierna. Tengo el listón muy alto.

Cerré el puño izquierdo, mostrando la ausencia del meñique.

Vi cómo se retorcía para contener una carcajada y se apoyaba en los codos, deslizando parte de la sábana.

Me esforcé en no apartar la vista de golpe y, al tiempo, en no seguir cada leve sombra de su pecho vendado.

Pero era imposible, porque Ismael tenía el tipo de perfección desportillada que me atraía, como si buscara cada minúsculo defecto que lo hacía único, que me contaba una historia.

—¿Te quedarán cicatrices? —le pregunté al fin.