Anillos y estrellas (The Hidden Society 1) Capítulo 15
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Capítulo 15

Entré en uno de los soportales camino de la enfermería. Habían pasado tres días desde la noche consagrada a mantener despierto a Ismael con la lectura de tragedias, modificando a propósito los finales para que me corrigiera con su voz de tiquismiquis, la cual, hora tras hora, adquiría más fuerza.

A la mañana siguiente, Nazar estaba lo bastante lúcido como para ayudarme a trasladar a su hermano a Seledia, donde fue atendido de inmediato por Pakuna, la sanadora de la Academia.

Fue ella quien le impuso a Ismael reposo obligado y la que me echó de la enfermería cuando mencioné la velada en el Ojo de la Náyade.

Argumentó que el espíritu también tenía que curarse, y que, por consiguiente, la mente de Ismael precisaba descanso, al menos hasta el día que recibiese el alta.

Estaba a punto de doblar hacia el interior de un pasillo cuando el golpeteo rítmico de un bastón anticipó la llegada de magister Gritti.

En su cuerpo, la capa del uniforme siempre resultaba más elegante que en cualquier otra persona, sobre todo en comparación con el hombre que caminaba a su lado.

Parecía haberse escabullido de uno de los frisos de piedra, de tan ceniciento y entumecido como se veía.

Su abrigo negro acentuaba la rigidez de sus pasos y la ligera malformación de su espalda, y forzaba la despiadada comparación con el orgulloso porte de Gritti.

Tuve la sensación de haberlo visto antes.

Fue el profesor de Astronomía quien me saludó con un elegante gesto de la mano, que acabó señalando mi uniforme.

—Mírese, señorita Valmori, es usted una maga con todas las de la ley.

Casi me atraganté al respirar, y tuve que recurrir a toda mi fuerza de voluntad para responder sin titubear.

—Gracias profesor, ahora solo me queda recibir mis primeros artefactos.

Gritti soltó una carcajada.

—¿Tiene prisa por hacer magia, señorita? —Enarcó una ceja con aire de complicidad, como si comprendiera perfectamente mi deseo.

Entonces pensé que era un buen momento para trasladarle mi petición, impulsada por el tono acusador de Domiziana, que todavía zumbaba en mi cabeza.

—¿Podría disponer ya de acceso sin restricciones a la Gran Biblioteca?

Gritti me hizo un gesto para que reanudáramos la marcha juntos, siguiendo la dirección que yo llevaba.

Meditaba sobre mi pregunta, con la mirada perdida al frente, ignorando por completo al hombre que lo acompañaba.

Yo, en cambio, lo observaba con disimulo y con la mayor de las discreciones que podía fingir, hasta que recordé que lo había visto en la fiesta de Enrico Vianoli.

Era evidente que gran parte de los invitados debían de ser miembros de la Hidden Society.

—Si es demasiado pronto, lo comprenderé —me apresuré a añadir, con tal de llenar el silencio que se había creado. Me pareció entrever una expresión de disgusto en el rostro de Gritti, y, sin entender a qué se debía, imaginé que la causa era yo.

—Ha hecho bien en pedírmelo, señorita Valmori, pero ¿está segura de querer enfrentarse a tan colosal reserva de conocimiento?

Para los humanos… Perdóneme, para quienes se han criado en el mundo humano puede resultar desconcertante sumergirse de golpe en todas las informaciones de cientos de años de magia.

El objetivo de la limitación era precisamente guiarla en el proceso de un aprendizaje planificado —explicó Gritti, ajustándose el cuello de la capa para que se alinease con la barba y enumerando sus razones con la misma meticulosa precisión.

Su argumentación era irrefutable. Todas las asignaturas que había aprendido desde niña me las habían enseñado en los momentos adecuados, y la magia no tenía por qué ser diferente.

«Pero si soy muy aplicada…», replicó la vocecilla con la que había estudiado en voz alta los manuales universitarios mucho antes de la fecha de los exámenes y buscado lecturas adicionales.

Aun así, sabía que esa voz podía resultar odiosa, además de que no experimentaba satisfacción alguna al decirme a mí misma lo aplicada que era.

—Esperaré.

—En verdad que es asombrosa, Valmori. Pronto será una maga excepcional, estoy seguro de ello.

La mirada de aprobación de Gritti me relajó, y caminar a su lado, incluso con la sombra de su acompañante, me hizo sentir un poco más parte de la Academia. Una sensación del todo opuesta a la que había experimentado al enfrentarme a Domiziana. Todo ello me dio pie para hacerle una pregunta.

—Profesor, ¿puedo preguntarle por su relación con la magistra Falier? Me he enterado del descubrimiento que compartieron.

La interpelación resonó en el rostro de Gritti e hizo añorar un dolor que debía de llevar mucho tiempo enterrado en lo más profundo.

—Conozco a Domiziana de toda la vida. Fuimos compañeros de estudios aquí, en Seledia, en tiempos, y compartimos una investigación sobre un cuerpo celeste que hoy se nos reconoce a ambos en la misma medida.

Domiziana está convencida de que me aproveché de ello para que me nombraran profesor.

Reconozco sus extraordinarias capacidades, y el nuestro era un reto en igualdad de condiciones.

De haber sido ella la elegida, nunca me habría atrevido a criticarla.

No entiendo por qué sigue resentida conmigo.

Mi impresión al verlos interactuar respondía a la realidad.

Era como una especie de reflejo de la relación que yo mantenía con Ismael, aunque nosotros nunca nos habíamos enfrentado a un reto de ese tipo en igualdad de condiciones.

Los exámenes habían sido un mano a mano durante cuatro años, hasta que yo desaparecí y él dispuso de nueve meses de ventaja para conseguir el cargo al que ambos aspirábamos.

Y, a diferencia de Domiziana, cuando me enteré, mi reacción fue redoblar mis esfuerzos e intentar superar a Ismael en la siguiente carrera.

Sentí que la grieta abierta en el rostro imaginado de mi madrina se ensanchaba.

La conocía dura como una piedra, pero, evidentemente, era de las que se desmoronaban con facilidad.

—Recuerde, señorita Valmori, para cualquier cosa que necesite, no ilude en pasar por mi despacho.

Le di las gracias, me despedí de Gritti y de su acompañante y me dirigí a la enfermería, atravesando un largo pasillo en el que atronaban las notas de la fanfarria de una orquesta.

Miré a mi alrededor sin aminorar la marcha y sin comprender de qué auditorio procedían ni para qué ensayaban, pero aquello tenía aire de música festiva.

La enfermería era una sala iluminada por una gran ventana semicircular, dividida en varios compartimentos por cortinas blancas que me recordaron a las del Ojo, y de nuevo mis pensamientos volvieron a aquella noche.

Solo que allí, en lugar del dulzón aroma de las bebidas alcohólicas, el ambiente olía a hierbas, un perfume similar al del armarito de Ismael, pero con tal intensidad que invadía toda la estancia y sus altos techos.

Encontré a Ismael tumbado en una cama, cubierto por una sábana a la que se agarraba con las dos manos vendadas.

Tragué saliva. Era guapo y, hasta traspuesto, su quietud se mostraba severa y juiciosa.

Incluso con los ojos cerrados parecía desafiar a cualquiera que se le acercase.

Siempre había sido así, también en la universidad, pero por entonces mantenía a todos alejados con sonrisas educadas y conversaciones brillantes que trataban de cualquier asunto menos de sí mismo.

—Señorita Valmori, ¿no habrá venido otra vez a molestar a mi paciente con sus preguntas?

Me sobresalté cuando la sanadora apareció a mi lado, colocando una cajita humeante sobre la mesilla de Ismael. Era incienso.

—¿De qué es? —pregunté en voz baja, retrocediendo unos pasos para demostrar que no pretendía interferir en la cura. La mujer se acomodó la cascada de rastas ornamentadas en el hombro, liberando los brazos para poder encender el incienso.

—Son brasas de haya —reveló, apoyando una mano en la cadera, sobre los cordones de cuero que rodeaban su cintura a modo de cinturón.

Su piel era del color del pan quemado y tenía líneas doradas pintadas en la cara.

Parecía sacada de una rave estrafalaria en un maizal, pero todo hacía suponer que la Academia confiaba en ella lo suficiente como para encomendarle la salud de sus estudiantes.

—Usted no es maga —deduje, al reparar en cómo doblaba la mano en el aire y empujaba el humo hacia Ismael.

Pakuna soltó una carcajada nasal, divertida e incrédula.

—Hija mía, ¿nunca has oído hablar de los chamanes? Tu gente se burla de nuestras prácticas, pero luego nos piden que los ayudemos a curarse cada vez que explota uno de esos artilugios.

Buscó uno entre mi ropa, y me percaté de su estupor y su desconcierto cuando no lo encontró.

—Soy nueva —atajé para evitar más preguntas, y apoyé las manos en la fría barra a los pies de la cama de Ismael—.

¿Por qué está dormido? Me había dicho que hoy le darían el alta —la interrogué, convenciéndome de que la urgencia en mi voz tenía que ver con la búsqueda del colgante.

Tenía que ser así. Si Ismael se quedaba allí más tiempo podría aprovechar para estudiar e intentar salvar las inmensas lagunas que nos separaban en lo relativo a la magia.

Pakuna resopló con estrépito y movió una mano sobre la otra para hacer girar el humo antes de empujarlo hacia Ismael.

—El cuerpo humano no es uno de vuestros chismes repletos de ruedecitas, ¿sabes? Cada persona es diferente y responde a su manera al tratamiento.

Me quedé mirando a un Ismael abandonado en la cama, con el torso tapado y una venda que desaparecía por su brazo izquierdo, en el que no recordaba herida alguna.

Quizás su camisa negra y su tozudez habían ocultado el resto de los golpes recibidos.

Sus hombros torneados se movieron y cayeron hacia la almohada cuando inhaló el humo, y todo su cuerpo pareció elevarse por un instante, como si acabara de absorber suficiente helio para hacerlo flotar.

—Ám… bar —pronunció con los labios entrecerrados, sin abrir los ojos. Seguía dormido.