Capítulo 14 #3
—¿Sabes que melaleuca viene del griego? Melas significa negro, y leukos , blanco.
—Articulé las primeras palabras que se me cruzaron por la mente, cualquier cosa con tal de no dejar que la habitación se sumiera en el silencio.
De lo contrario, oiría su ronca respiración y me pasaría el intervalo de vacío esperando que llegase la siguiente—.
¿Lo sabes, Sagredo? —insistí, esperando que me hiciera alguna corrección sobre la pronunciación o la entonación.
Ismael no abrió la boca.
Destapé el frasco y vertí una generosa dosis en un montón de gasas.
—¡¿Sagredo?! —Mi voz nerviosa perforó el aire—. Isma…
Los labios de Ismael se tensaron en una sonrisa vacilante.
—Era broma —masculló.
No bromeaba en absoluto: su cuerpo estaba al límite, yo lo sabía y él también.
—Me lo he tragado —dije, siguiéndole el juego. Entonces levanté la gasa—. ¿Qué tengo que hacer?
—Desinfectar —murmuró, señalándose el pecho.
Abrí los pocos botones que permanecían abrochados y separé las solapas de la camisa para descubrirle el tórax.
Estaba esculpido como las estatuas de los dioses griegos, pero, a diferencia de ellos, sangraba.
Su pecho subía y bajaba de forma casi imperceptible, y, con cada contracción, aparecía una lágrima roja por los cortes.
Por suerte, la mayoría de los daños solo eran golpes que pronto se volverían moratones; tenía una constelación de rasguños profundos esparcidos por los pectorales y los abdominales, pero la llaga más fea estaba entre las costillas, pues había un fragmento de estalagmita incrustado en la carne.
—No te prives de corregirme la pronunciación —le exigí, y empecé a enumerar cada objeto que nos rodeaba y a explicar su etimología, si la conocía, o a inventármela para eludir el silencio. Ese silencio podría derivar en un sueño que ralentizaría sus funciones vitales. Debía mantenerlo despierto.
Evité arrancarle la astilla, consciente de que eso empeoraría la hemorragia. Me limité a limpiar la herida, primero la más grande y luego la más pequeña, hasta que la gasa se volvió roja e Ismael un poco más limpio.
—Y sangre viene del latín sanguis —continué, apartándome un poco para coger un puf que ponerle detrás, obligándolo a alzarse lo justo para vendarle el pecho con gasas limpias.
Me arrodillé enfrente de él y lo abracé con torpeza para pasar la venda por su ancha espalda y luego envolverle el tórax, repitiendo el movimiento con delicadeza.
—Qué lástima que no se utilice tanto el otro término —respondió, esforzándose por enderezar la cabeza sobre el cuello.
Le pegué la gasa al pecho, asegurándola con un par de vueltas alrededor del cuello para mantenerla estable.
— Cruor —dije. Sus cejas se enarcaron como pocas veces le había visto hacerlo, ante los acontecimientos que realmente lograban sorprenderle—.
Hoy es crúor, un uso poético para hablar de la sangre espesa que surge de una herida —continué, tratando de bajarle las mangas de la camisa para pasarle las vendas por los hombros.
—Ya vale así. —Me detuvo, desplomándose sobre el puf hasta que su cabeza se hundió en la parte más blanda—. ¿Y a ti qué te corre por las venas, Valmori? ¿La sangre vivaz y libre que circula veloz o el denso crúor de los derrotados?
La pregunta me llegó con retraso, superada por la oleada de alivio que sentí al oírle pronunciar una frase tan larga, si bien interrumpida por gestos de dolor.
—Tendría que cortarme para saberlo, pero siempre me han encantado las tragedias.
—Entonces léeme una —pidió Ismael.
De su mano desamparada en el suelo surgió un dedo para señalar la estantería inmensa.
Accedí a su petición sin preguntar por qué lo hacía, dejé el frasco, tiré la gasa sucia y examiné su colección de libros.
Sentí una punzada de envidia y un sentimiento de admiración por la inmensidad de obras allí reunidas y reprimí el deseo de leer todos los títulos, concentrándome en las tragedias griegas.
Me detuve en los dos mitos de Ifigenia narrados por Eurípides.
—¿A ti te parece que Ifigenia debe morir? —Le planteé de sopetón, y esta vez no me preocupó demasiado el silencio. Ahora era una calma llena de inhalaciones profundas y pequeños crujidos del puf bajo el peso de su espalda.
—Sí —contestó tras una larga reflexión.
Me limpié la mano en mi vestido ya arruinado sin remedio y me sorprendió haber mantenido la compostura ante la sangre. Quizás al día siguiente me estremecería al pensar en la pelea contra el ruginoso y en la herida abierta de Ismael, pero aquella noche la adrenalina me mantenía tranquila y alerta.
—Pero Ifigenia es inocente —comenté.
—Por algo lo llaman tragedia —replicó, ladeando la cabeza.
Seguí su mirada y me percaté de que durante aquellos minutos ante mis ojos no estaba realmente Ismael Sagredo, el rival, Ismael Sagredo, el magister que no quería tener nada que ver conmigo, sino solo Ismael, que me necesitaba. Aquella noche yo sería la voz que no le permitiría conciliar el sueño.
Saqué el volumen de Ifigenia en Táuride , la versión en la que a la muchacha la salva la diosa Artemisa.
Deseaba un final feliz para aquella noche.