Capítulo 14 #2
Lo miré: estaba pendiente de la puerta. Se mordía la mejilla izquierda y curvaba la boca en una mueca tensa, aunque por lo demás se mostraba impasible.
Incluso el pulso en su cuello latía sereno; lo sabía gracias a la proximidad absoluta.
Recé para que no pudiera sentir la temperatura de mi cuerpo a través de los dedos: la notaría al rojo vivo, mucho más caliente de lo que solía estar mi piel.
Cada célula me traicionaba, respondía encendiéndose al contacto de Ismael, y la sensación se extendía hacia mi estómago, donde luchaban el deseo de acariciarle y la necesidad de darle un puñetazo. Siempre había sido así.
—Mírate, ni siquiera te tienes en pie. —La voz de Mahasa Torkan se coló en la habitación mientras la cruzaba para abrir la ventana—. Desde aquí se huele lo que sea que lleves encima.
—Un artista debe buscar la inspiración —respondió Nazar con una inclinación de cabeza.
—No digo que tengas que llevar una vida de privaciones —replicó su madre en tono cansado, como si hubiera repetido aquel comentario docenas de veces—. Es solo que me gustaría que fueras…
—¿Cómo Ismael? —Nazar golpeó los cojines. Sentí que los dedos de Ismael se agarrotaban.
—La mejor versión de ti mismo —puntualizó magistra Torkan—… Pero, sí, no estaría mal que esa versión se pareciese un poco más a tu hermano.
Sentí una punzada ante aquella frase e imaginé el dolor que debía estarle causando a Nazar. Ismael permanecía imperturbable. No debía de ser una escena nueva para él.
—Me vuelvo al Ojo —respondió, tratando de levantarse.
—¡No irás a ninguna parte! —Rugió la mujer, y juro que sentí que la casa respondía a su orden. Como si la pared que tenía detrás se hubiera vuelto aún más sólida.
Nazar le dirigió una mirada de resentimiento y se refugió en el cuarto de baño. Su madre observó la puerta cerrada. Parte del dolor parecía haberse apoderado de ella; luego se pasó una mano por la sien y se marchó, cerrando la puerta.
Me quedé inmóvil, sin atreverme a respirar, mientras el sonido del agua de una bañera llegaba desde el cuarto de baño.
Levanté la mirada hacia Ismael, quien, sin corresponderme, me apretó los dedos y me guio hasta el tapiz de la mujer con el cuenco.
Al apartarlo, quedó al descubierto, por la parte de abajo, un arco que nos permitía llegar, atravesando la pared, a una habitación idéntica, solo que ordenada y con una librería de la que me enamoré a primera vista.
Cubría una pared completa y formaba una especie de laberinto de estanterías de diferentes longitudes y alturas, en las que se disponían libros de todas las épocas y formatos.
Era evidente que Ismael Sagredo tenía una biblioteca personal.
No obstante, no esperaba encontrar el enorme y detallado mapa del mundo que, tras un rápido vistazo, me pareció que indicaba algunos yacimientos arqueológicos.
—Valmori, te presento oficialmente los trapos sucios de mi familia —dijo Ismael, lacónico, deteniéndose en medio del dormitorio, sin soltarme la muñeca.
Había una herida en la sonrisa de la que hacía alarde, una fisura que me brindaba la ocasión de asomarme a una parte de su vida que, estaba segura, habría deseado mantener oculta. Me sentí culpable por espiar, aunque hubiera sido sin querer.
Olisqueé la manga de mí vestido, manchada de alcohol.
—No huele mal.
Una carcajada ascendió por la garganta de Ismael.
—Mi hermano regresa drogado del Ojo, mi padre se queda en su cuarto durmiendo y mi madre lo ataca como una tigresa en vez de ayudarlo. Es un viernes más en el palacio de los Sagredo.
Aquel era el Ismael que yo conocía. Y ahora sabía que también era el Ismael que barría los problemas debajo de una sonrisa confiada, la misma que le había visto docenas de veces.
Tosí para que se diera cuenta de que aún me agarraba la muñeca y bajó la mirada, como si se hubiera olvidado del contacto. Y me apretó la mano.
Fue solo un instante, puede que una contracción involuntaria de los músculos, pero sus dedos se cerraron con firmeza sobre mi piel.
No fue el dolor lo que hizo que me agarrotara, sino el estupor.
Un segundo después me soltó y se alejó un paso, mirándome fijamente, como si esperara algo más aparte de mí, otro par de brazos ocultos o una lengua bífida.
Por toda respuesta, me volví hacia el espejo, me recoloqué el pelo detrás de las orejas lo mejor que pude y me hice la raya al medio con el meñique derecho.
—He perdido las horquillas —me quejé—. Y tengo alcohol por todas partes —añadí, sacudiéndome el vestido, con lo que solo conseguí alisar algunas arrugas.
Me pasé los dedos por una mancha oscura debajo del pecho, demasiado oscura para ser de alcohol.
La palpé con el índice y, cuando me examiné la yema del dedo a la luz, descubrí que estaba rojo.
Era sangre. Aterrorizada, toqué la piel bajo la mancha y la descubrí intacta y sana. Si la sangre no era mía…
Levanté la vista y, en el reflejo del espejo, Ismael vaciló.
Corrí hacia donde estaba y conseguí colocarme debajo de él antes de que se golpeara la cabeza contra el suelo.
Lo acomodé sobre mi regazo, intentando mantenerlo de lado, pero su cuerpo pesaba mucho más de lo que sugería su figura esbelta.
Y ahora descansaba encima de mí, que no tenía la menor idea de cómo ayudarlo.
Un farolillo flotante se aproximó, como preocupado por el chiquillo que debía de haber visto crecer en aquella habitación. Agarré la lágrima metálica de uno de sus extremos y la acerqué para iluminar el rostro de Ismael. Estaba inerte.
Mis manos se movieron solas.
Las recomendaciones de mis padres para prevenir cualquier herida o molestia por fin resultaban útiles. Me aseguré de que respirase un par de veces antes de introducir mis dedos entre su pelo y apartarle de la frente los mechones llenos de polvo.
Como si respondiera, sus párpados se movieron, mostrando de manera intermitente que sus ojos ya no eran del vivo color terracota que se encendía con cada mirada, sino blancos y apagados.
El kajal se le había escurrido por los pómulos, tiñéndolos de sombras espectrales, para resaltar la palidez repentina del rostro.
—Sagredo… —Esta única palabra concentró mi desesperación.
Bajé el farol para examinarle el pecho. La camisa y los pantalones negros habían ocultado las manchas de sangre, pero cuando toqué la tela la descubrí empapada de un líquido demasiado denso para ser alcohol. Giré la mano y me topé con la palma encarnada.
—Sagredo… ¡Voy a llamar a tu madre! —grité, ignorando la advertencia de guardar silencio.
Sin duda, cualquiera que fuese el castigo para su hijo que se le ocurriera a magistra Torkan no podía ser peor que… Sentí que mi sangre se agitaba, consciente de repente del flujo que circulaba bajo la piel y que parecía reaccionar a la hemorragia de Ismael.
Metí las manos bajo su nuca y, cuando estaba a punto de posarle la cabeza en la alfombra, Ismael abrió la boca.
—No.
Eso fue lo único que salió de sus labios.
—Nunca has sido estúpido, Sagredo, así que no empieces ahora o puede que tengas pocas oportunidades de remediarlo —le reprendí, sin dejar de bajar la cabeza con cuidado.
—He dicho que no.
Sentí la imposición, pese a que hablaba con los ojos cerrados y los labios temblorosos.
—Perfecto, entonces adelante, muérete —resoplé, incrédula y enfadada por su terquedad—. ¿Tanto te importa demostrar que eres el hijo perfecto?
Ismael cerró los puños y levantó la mano derecha, con la que señaló al fondo de la habitación.
—Puerta. Melaleuca.
—Eres un testarudo —lo increpé, posándole la cabeza en un cojín para acto seguido ponerme de pie y trasladar el farol hasta el lugar que me indicaba.
Iluminé un armarito apenas más grande que un cajón, de madera decorada con tallas de enredaderas.
Tan pronto como lo abrí, me embriagó un intenso aroma a hierbas medicinales. La puerta crujió mientras recorría de un vistazo las etiquetas de los frascos, y no me molesté en cerrarla cuando encontré la adecuada. Cogí también un rollo de gasa y volví a agacharme junto a Ismael.