Anillos y estrellas (The Hidden Society 1) Capítulo 14
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Capítulo 14

Nos recibió un largo pasillo desierto. Un par de lámparas de colores colgaban del techo, pero su luz no bastaba para iluminar todo el espacio y el alargado arcón adornado con un tapete de encaje.

Había ingresado en el portal abierto por Ismael en el Ojo de la Náyade para poner a salvo a su hermano Nazar, y seguidamente cerré la puerta tras ellos.

Avancé de puntillas, intentando atisbar el final de aquel espacio.

Las paredes se abrían a un jardín, el corazón verde del palacio, donde una piscina en forma de estrella de ocho puntas captaba el reflejo de la luna y una alta palmera rozaba el techo de cristal del último piso.

Aparte del leve susurro de las hojas, reinaba el silencio.

Le dirigí una señal a Ismael para que avanzara.

Estaba despeinado por culpa del combate, y era el momento más inadecuado para fijarme en cuántos botones de la camisa llevaba desabrochados, así que me obligué a mirarle a la cara, entre la nube de polvo que le manchaba la frente y el rasguño abierto en la mejilla.

—Tenemos que llegar a la habitación de Nazar sin hacer ruido. Sígueme —murmuró, con una voz que aprovechaba las últimas gotas de energía y que se esforzaba por demostrar firmeza a pesar de la paliza que había recibido.

Inspiró, como si el aire cálido de su hogar pudiera infundirle las fuerzas necesarias, y rodeó los muslos de su hermano con los brazos, asegurándose de que mantuviera el equilibrio, para cargárselo a la espalda, con la cabeza apoyada en su hombro.

Miré a mi alrededor con nerviosismo. Cada hoja parecía viva, en el sentido más humano y familiar del término.

Era como si todo el jardín me diese la bienvenida, como si se hubiera despertado para acechar a la intrusa que entraba sin permiso en el palacio de los Sagredo.

Me pareció incluso distinguir un chasquido fuera de lugar, aunque no me atrevía a definir qué había de extraño en él.

Era la casa de una familia de magos, y cada objeto parecía encerrar una energía latente, lista para avivarse con nuestro primer paso en falso.

Nos dirigimos a los recios peldaños de piedra de una inmensa escalera, iluminada a nuestro paso por más lámparas que, como gotas de hierro, colgaban del techo bajo.

Apoyé una mano en la pared y acaricié los bordes de los bustos de piedra que se asomaban desde pequeñas hornacinas en el mármol.

Las fechas de nacimiento grabadas se remontaban siglos atrás, prueba sólida de que la familia Sagredo siempre había estado presente en Venecia, contribuyendo a engrandecerla.

Las placas rezaban: «embajador», «filósofo», «coleccionista», y de estos últimos quedaban rastros evidentes.

El palacio albergaba una colección de antigüedades de diferentes estilos y épocas que combinaban a la perfección.

Avancé, observada por los semblantes de los cuadros y por mi propio rostro reflejado en espejos de marcos dorados que se alternaban en las paredes, y me asomé al silencio del primer piso, donde vislumbré, más allá de las puertas, un salón todavía más amplio y luminoso que el de la casa de Vianoli.

Rocé la puerta. La tentación de colarme y descubrir los tesoros del palacio anidaba en el mismo lugar del que procedía mi pasión por lo antigua.

No me parecía correcto mantenerlos encerrados e inaccesibles para el resto del mundo.

Pero la prioridad era poner a Nazar a salvo.

Por suerte, había dejado de gemir y, después de que Samu hubiera destilado un extraño líquido blanquecino en sus ojos, casi se mostraba lúcido.

De repente, Ismael se detuvo y se volvió para mirarme.

—Valmori, ¿has cerrado con la pasallave?

—¿Con qué? —murmuré—. He dejado la puerta entornada.

—Se suponía que tenías que cerrar —me recriminó, mirando las estatuas de sus antepasados, como si temiera que alguno lo pillara entrando en plena noche y alertara al resto de la casa.

Levanté el brazo desconcertada, en un intento de hacerle entender que no tenía forma de saberlo, que solo hacía dos semanas que había descubierto el mundo de la magia y apenas podía reprimir un grito cada vez que veía hablar a un espejo o a un pájaro de un reloj de cuco entregar una carta.

—Tienes razón, lo siento. ¿Podrías bajar a cerrar, por favor?

Que lo reconociese y el tono tranquilo con el que se disculpó me dejaron sin palabras.

Solo cuando un farolillo flotó junto a él e iluminó su rostro agotado, me di cuenta de que estaba exhausto.

Sus ojos estaban en constante movimiento, tensos por la piel estirada de las sienes y la mandíbula.

Era un manojo de nervios, y esos nervios temblaban por el esfuerzo de mantener a Nazar pegado a su cuerpo.

—De acuerdo. Espérame aquí —dije, bajando las escaleras lo más rápido que pude, pero con el máximo sigilo.

Desde el arco de la escalera se veían las hojas de la palmera, tan verdes y frondosas como el resto del jardín, con sus intensos colores y aromas, a pesar de que estábamos a las puertas del otoño.

Lo crucé, segura de que aún sonaba aquel extraño repiqueteo, demasiado seco para pertenecer a una de las plantas.

Hice caso omiso de mis sensaciones y llegué a la puerta que habíamos franqueado. Di tres vueltas a la pasallave, la retiré y volví sobre mis pasos.

Iba por la mitad del pasillo cuando de entre las sombras surgió una figura de cuello ondeante y figura estilizada, con una larga cola de plumas azules y unas garras que golpeteaban sobre las baldosas. Un pavo real.

Me quedé inmóvil, tal vez imitando el comportamiento de los animales que fingen estar muertos para engañar a los depredadores.

Pero yo era una chica de un metro sesenta, erguida y con los brazos en alto, no un ratón acobardado.

Además, no debería considerarme una posible presa de semejante criatura, si bien el destello feroz de sus ojos negros me producía escalofríos.

En aquel momento habría deseado disponer de algo más de ingenio para salvarme del pico afilado del pavo real.

Desde niña, mis padres me habían mantenido alejada de cualquier animal que no fuera de peluche, y ahora no estaba segura de si la táctica correcta para sortearlo era evitar el contacto visual o mirarlo fijamente a los ojos mientras me deslizaba a su lado para subir la escalera, ante la cual, irónicamente, parecía hacer guardia.

Intenté acercarme andando de puntillas. A modo de respuesta, el pavo real desplegó el abanico de su cola, invadiendo el pasillo de finas plumas y de un centenar de ojos azules que parecían apuntar hacia mí.

Avancé, pero el animal hizo lo mismo y tuve que saltar hacia atrás para sortear su pico.

Retrocedí despacio; a cada paso que daba, el pavo se inclinaba hacia delante, agitando la cola.

Sin pensármelo dos veces, cogí el tapete del arcón y se lo lancé, con la esperanza de que lo retuviera el tiempo suficiente para permitirme huir. Y no me volví.

Enfilé hacia el jardín, tomando la gran escalera que ascendía en espiral.

El pavo real me persiguió unos metros, luego cerró la cola y regresó a su reino frente a la puerta.

Con el corazón en un puño, empecé a subir, pasando por delante del dux Nicolò Sagredo, y llegué al lugar donde me esperaba Ismael.

—¿Qué ha pasado? —me preguntó nada más verme, al percibir mi agitación.

—¿Es normal que los magos tengan un pavo real de guardia? —pregunté, secándome una gota de sudor de la frente.

Ismael cerró los ojos para reprimir, no me cabía duda, una exclamación poco elegante de esas que nunca le había oído soltar.

—Rápido —se limitó a decir, casi sin aliento. Torció los labios en una mueca de dolor y reanudó la marcha.

Giramos hacia el interior y nos internamos en el pasillo circular que conducía a las habitaciones.

Había cuatro puertas. Una estaba entreabierta.

Avancé de puntillas; la alfombra amortiguaba mis pasos mientras me sentía tan fuera de lugar como una piedra en una joyería.

Todas las piezas eran dignas de estar en un museo.

Seguí la batalla representada en un gran tapiz en tanto completábamos el recorrido por el pasillo desierto.

Deseé tener más tiempo para detenerme a admirar cada detalle; en lugar de eso, Ismael me condujo tras la puerta entornada.

Permanecimos a oscuras durante unos instantes, pero una serie de farolillos flotantes se encendieron enseguida y revelaron una enorme mesa cargada de útiles de artista y, más allá, un hueco protegido por un biombo taraceado que imaginé que ocultaba la cama.

El dormitorio era grande y caótico; estaba repleto de cuadros de arte contemporáneo, estatuillas y revistas arrugadas.

Una cortina tapaba algo a lo largo de la pared, mientras que en el suelo, entre los cojines, yacían abandonadas un par de túnicas y el peluche de un camello casi sin pelo.

—¿Nazar? —llamó una áspera voz femenina desde el pasillo.

Ismael se mordió las mejillas en un gesto de preocupación y se apresuró a sentar a su hermano entre los cojines, acercándole un narguile de cristal, quizás para intentar justificar su estado de confusión. Nazar, en respuesta, se apoyó en los codos y murmuró un gracias.

—Larguémonos —musitó, tomándome de la mano y dando un primer paso hacia la pared del fondo, donde el tapiz de una mujer que vertía agua de un cuenco parecía observarnos con enojo, como si nos advirtiese que no lo íbamos a lograr a tiempo.

Al cabo de un momento, la voz atronó desde el otro lado de la puerta.

—Voy a entrar, Nazar.

Ismael me arrastró detrás del biombo y, con la urgencia, acabé pegada a él. No me atrevía a respirar, paralizada por el ruido de la puerta que se abría al dormitorio.

Permanecí con la barbilla apoyada en su pecho, los ojos clavados en el techo, como si evitar dirigir la vista a la entrada pudiera salvarnos de ser descubiertos. Ismael me apretó la mano, solo una vez y lo bastante fuerte como para pedirme que parase de temblar.