Anillos y estrellas (The Hidden Society 1) Capítulo 13 #4
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Capítulo 13 #4

La figura que entró tenía dimensiones humanas, pero su piel estaba jalonada por flamantes cicatrices, como si alguien le hubiera dibujado una serie interminable de incisiones con una cuchilla.

El inquietante diseño indicaba poder. Percibía su fuerza arrolladora y, al mismo tiempo, corrupta.

La boca bramaba su dolor, mientras los ojos en blanco temblaban bajo los párpados.

El terror se apoderó de la mirada de Álex, que se desvaneció en una nube de luz. Los tres que se abrazaban a la estalagmita gritaron y se precipitaron hacia el fondo de la sala, buscando refugio detrás de una mesa.

Ismael retrocedió lo suficiente para dejar a un Nazar semiinconsciente en una silla y luego movió los dedos y entrechocó las muñecas.

—Valmori, quédate detrás de mí.

Obedecí y me agaché junto a Nazar, observando con horror que un nuevo surco rojo se abría en el rostro de la criatura.

—¿Qué es? —le grité a Ismael.

—Algo que no debería pasar, un ruginoso —aclaró antes de lanzarse hacia adelante. Lanzó uno de sus anillos de latón que, en lugar de deslizarse, se duplicó, generando un aro más delgado. El artefacto intentó atrapar a aquel ser, que se defendió de un puñetazo.

Ismael esquivó el golpe justo a tiempo. No contenta, la criatura dio un salto, e Ismael esta vez lo neutralizó con un cojín. Retrocedió ante el impacto y alzó su escudo de plumas y seda, guiando al monstruo hacia el centro de la sala, lejos de mí y de Nazar.

—¡Valmori, corre! —gritó, mientras se enfrentaba una y otra vez a los ataques del ruginoso.

No me moví. No lo habría abandonado allí, ni tampoco a Nazar, pese a que apenas lo conocía.

Ismael resopló a causa de mi obstinación y continuó esquivando los golpes, hasta que la criatura se hizo con el cojín y lo destrozó.

Una nube de plumas se desperdigó por la habitación, e Ismael aprovechó para arrojar su anillo a los dedos del ruginoso.

Supuse que era un tiro guiado por la magia, porque el pequeño círculo encajó a la perfección en el anular del hombre rojo. Entonces Ismael sonrió y cerró el puño.

La criatura se tambaleó y se agazapó en el suelo, aullando para expresar su frustración. Hacía temblar el suelo con todas sus estalagmitas, y hasta yo podía entender que la culpa de ello no era de su voz. Era el poder que la impregnaba lo que la amplificaba.

—Dime que esta no es una noche típica en este lugar. —Me levanté con las piernas como gelatina.

Ismael sacudió la cabeza.

—Quédate lejos y no lo toques.

¡Como si tuviera intención de hacerlo! Me concentré en tratar de levantar a Nazar, que resbaló y se abalanzó sobre mí, arruinando mi mejor vestido con el sudor y el alcohol que llevaba en el cuerpo.

En otras circunstancias le habría recordado a Ismael que los Sagredo me debían un vestido nuevo, pero ahora solo sentía alivio porque todo hubiera terminado.

Cuando el ruginoso se calmó, Ismael alzó la mano y agitó los dedos. La criatura se irguió, como movida por hilos invisibles, y comenzó a caminar rígida hacia la salida, guiada por Ismael.

—¿Puedes llevar a Nazar? —me preguntó. Luego me observó con calma—. ¿Estás herida? —Vi como la preocupación devoraba su concentración, con los ojos clavados en mí, ajenos al ruginoso.

El ser gritó de nuevo al pasar al lado de las estalagmitas, un bramido que me sacudió e hizo vibrar la habitación entera.

Las estalagmitas se rompieron y los fragmentos de vidrio se esparcieron por todas partes. Nazar y yo tuvimos suerte; el sofá paró parte de los escombros, pero a Ismael lo embistieron de pleno, empujándolo hacia atrás. La criatura se elevó sobre él.

Reaccioné por instinto. Dejé a Nazar en el suelo, cogí una silla y la arrojé contra la espalda roja del ser. La madera se partió, pero el golpe no le hizo mella. Se dio la vuelta y me miró con esos ojos plagados de líneas rojizas. Me agarró la muñeca y me la apretó con fuerza.

Un fuego líquido se disolvió en mis venas y una tibieza suave entumeció mis sentidos.

Apenas sentía el agarre de la criatura. Toda la habitación parecía moverse a cámara lenta.

Las plumas en el suelo revolotearon, animadas por un soplo invisible, giraron alrededor de nosotros, primero lentamente, luego con rapidez y furia, y por fin se incendiaron.

El ruginoso se quedó petrificado, y un instante después comprendí por qué.

Ismael había sacado su reloj y el tiempo se había ralentizado.

Cuando reanudó su curso, Ismael movió las manos con más decisión y la criatura serpenteó en el suelo, golpeándose la cabeza contra la mesa con gran violencia. Emitió un gemido y nada más.

Ismael se me acercó, pálido y con los ojos como platos.

—¿Dónde te ha tocado? ¿Dónde? —preguntó, levantándome la manga, retorciéndome el brazo y revisándome la piel. Estaba suave e inmaculada. Su mirada indicaba que aquello no era normal.

—¿Qué me va a pasar?

—Ya debería haber sucedido, debería haberte quemado, incinerado —respondió Ismael, acariciándome, con un gesto del que no habría querido prescindir nunca. En cambio me dejó ir, tras mirarme a los ojos por un interminable instante.

—Sígueme, Valmori —dijo, señalando la salida mientras levantaba a Nazar—. Nos vamos a casa.