Capítulo 13 #3
Samu soltó una carcajada que sonó como un ladrido.
—Esta vez la has elegido educada y guapa.
Sentí un nudo en el estómago. Ismael se puso tenso y giró los anillos de los dedos. En cada ocasión me parecía que tenía uno más. Conocía el par de aros de latón y el anillo rojo y dorado de los Sagredo, aunque los otros eran igual de elegantes.
—No sé de qué hablas. Es la primera discípula que me confían en la Academia.
Samu se rio y sacudió la cabeza, mientras seguía manejándose para atendernos a nosotros y no desatender las peticiones que le llegaban.
—No me cuentes milongas, Sagredo.
Probablemente Ismael ocultaba algo, un secreto que no era asunto mío ni del camarero.
Y quizás yo, mejor que muchos otros, podía entender la necesidad de mantener oculta una parte de su historia.
Incluso si se trataba de otra chica. Aunque me molestaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Me agarré al mostrador y me incliné hacia Samu.
—Te propongo un trato: si nos das alguna información útil, gastaremos más que Nazar en su última visita.
El gigante le dirigió una mirada divertida a Ismael.
—Y siempre inteligentes —accedió, estrechándome la mano—. Pero tened cuidado. Esta noche, Nazar le está dando duro.
—Lo sabía. —La severidad encontraba fácilmente su camino en la voz de Ismael, así como una autoridad real que le confería algo en su manera de expresarse—. Primera regla, Valmori: escúchame.
—De acuerdo —tartamudeé, preguntándome cuánto lo había obligado a gastar.
—De acuerdo, magister .
Me corrigió por capricho, sin esperar mi confirmación.
No se la iba a dar de todos modos, estaba demasiado ocupada en descubrir qué otros tipos de criaturas existían de verdad y lo diferentes que eran de lo que siempre había imaginado.
Estaban delante de mí, bailando a mi alrededor, como si su existencia fuera lo último que importara en la sala.
Y para ellos debía de ser así, habían nacido en un mundo hecho de sombras que se arrastraban y luces que cobraban vida, pero para mí cada instante implicaba un nuevo fragmento de realidad que se rompía y se recomponía en diferente orden.
—Tenemos un nombre.
La voz de Ismael me trajo de vuelta a su lado mientras cruzaba por el medio de la sala, con los cuerpos, las voces y la sombra aterciopelada del mar sobre nosotros.
Salimos para desembocar en un pasillo, sin siquiera tiempo para asegurarle que no pondría un pie en una de aquellas pequeñas habitaciones detrás de las cortinas blancas.
Nos adentramos en un salón con un gran sofá circular y estalagmitas de vidrio que manaban agua sobre los cojines.
Tres personas las lamían, perdidas en un éxtasis que me llevó a apartar la mirada.
Sentada, con la cabeza inclinada hacia atrás y una cascada de pelo blanco, había una persona de rasgos tan delicados que parecían haber sido trazados con un pincel.
—Álex —lo llamó Ismael.
Quienquiera que fuera, levantó perezosamente la cabeza y nos miró. Tenía los ojos rodeados de un cerco rojizo.
—Ismael Sagredo, eres más guapo de lo que puedo soportar —dijo el interpelado, mordiéndose el labio.
Me quedé inmóvil, esperando que se adelantara y nos aclarara el verdadero significado de sus palabras; en vez de eso, se ovilló entre los cojines.
Ismael no frunció el ceño ante el cumplido. Tampoco dio muestras de valorarlo.
—Samu me ha dicho que sabes algo sobre una ladrona de artefactos.
Álex se enfurruñó como un niño al que no le apetece hacer los deberes.
—También eres más aburrido de lo que recordaba.
—Dame lo que quiero y te dejaré con tus diversiones —sugirió Ismael, señalando con un gesto de desaprobación las estalagmitas, pero sin mirarlas.
Entonces Álex se levantó, como empujado por un viento invisible.
—¿Qué pasa Ismael, te da miedo volver a…?
Me interpuse entre ellos, deteniendo su avance.
—Soy yo quien quiere la información, Sagredo no tiene nada que ver.
No sé por qué lo dije ni por qué intervine. Ismael era parte de la investigación, y justo por eso no se merecía lo que fuera que Álex le estaba haciendo. La criatura me miró como si en ese momento hubiera advertido mi presencia, con cara de tedio.
—¿Alguien te está molestando, palomita?
A nuestras espaldas sonó una voz que hizo a Ismael girarse.
Era Nazar, empapado en sudor, agua o alcohol, o las tres cosas mezcladas.
Sus rizos negros se extendían por su frente, mojando, si cabe todavía más, la camisa ya pegada al cuerpo, más menudo y delgado que el de su hermano.
Intuí el dibujo de algunos tatuajes, pero lo que me sorprendió fueron sus movimientos vacilantes. Estaba borrachísimo.
Ismael emitió un sonido de exasperación, mientras Nazar apoyaba la cabeza en el hombro de Álex.
—¿Qué le has dado esta vez? —La ira y la preocupación dominaron la voz de Ismael.
—Le doy todo lo que me pide —contestó Álex, acariciándole los rizos. Me daba la impresión de que se trataba de algo más que alcohol, y de que lo que manaba de las estalagmitas no era agua.
—Ahora no está en condiciones de pedir nada. —La voz de Ismael cortó el aire como una espada, y sus manos parecieron de piedra cuando tomó a Nazar por el brazo e intentó alejarlo de Álex, recibiendo gruñidos y una defensa titubeante por respuesta.
—No todos tienen miedo de dejarse llevar, Ismael —se mofó la criatura etérea, soltando por fin a su hermano, que se desplomó sobre él.
Nunca hubiera dicho que mi magister temía dejarse llevar. Siempre parecía controlar hasta la más mínima de sus respiraciones.
—Dame el nombre de la ladrona y no informaré de esto a los vigilantes de la Hidden Society —lo amenazó Ismael, echándose un brazo de su hermano a la espalda.
Álex se encogió de hombros.
—Nunca me encontrarían.
—Puedo asegurarme de que sean escrupulosos con sus indagaciones. —Ismael esbozó una media sonrisa, y a mí no me habría gustado ser el objeto de su mirada en ese momento.
La criatura se rio.
—De acuerdo, pero solo porque me resulta muy divertido que no sepas de quién se trata.
Ismael se convirtió en un bloque de piedra y negó con la cabeza, como si no aceptara la respuesta.
—Sabes que me gusta mentir, pero esta vez la verdad es más divertida que cualquier historieta que me pueda inventar. Lee Sun Go ha vuelto. Creo que se hace llamar Lisa.
Era ella, la ladrona de la terraza.
Iba a preguntar cómo encontrarla cuando reparé en la expresión de Ismael. Ahora era él quien se aferraba a su hermano, y palideció por un instante. Sus labios dibujaron la palabra «imposible» mientras miraba a Álex, consternado. Este se encogió de hombros.
Un grito resonó en el pasillo. Luego otro, y voces, y chillidos y correteos.
Los clientes salían disparados en todas direcciones, pasaban frente a la puerta de la sala, la única que había, sin decir nada que pudiera ayudarnos a entender.
¿Era un juego? No sabía qué tipo de entretenimiento se podía encontrar en un lugar mágico, pero, a juzgar por las caras de Ismael y Álex, no cabía la posibilidad de que no estuviéramos en peligro.
—Ya tenemos lo que queremos, ¿no? ¡Vámonos! —exclamé.
—¿Por qué crees que aquí usan cortinas en cada entrada?
Ismael hizo una mueca mientras yo caía en la cuenta de que la ausencia de puertas significaba también la ausencia de cerraduras. No teníamos dónde introducir la pasallave para abrir un portal.
De repente, en el pasillo se hizo el silencio. ¿El juego había terminado? Si era así, habían evitado la estancia en la que estábamos. Deseé irme untes de que comenzara la siguiente partida. Entonces, una mano roja arrancó la cortina.