Capítulo 13 #2
Esperé sentada en la cama, leyendo distraída un manual sobre la historia de los primeros artefactos mágicos procedentes de la antigua ciudad de Assur que Gritti me había autorizado a consultar para continuar mi estudio del arte arcano.
Los libros de la universidad estaban amontonados en el escritorio.
Los había hojeado, organizado y cambiado de orden sin conseguir que se me despertaran las ganas de mantenerlos abiertos más de diez minutos.
Las enseñanzas que contenían palidecían frente al potencial de conocimiento encerrado entre los muros de la Academia, aunque la mayor parte de él todavía me estaba vedado.
Magister Gritti me había consolado diciendo que la sabiduría era como una torre, que debía apoyarse en bases sólidas para llegar a ser alta, y luego me había proporcionado una serie de textos para iniciarme.
Los había devorado. Estaba dispuesta a sacrificar algunas horas de sueño para llegar preparada a la siguiente clase.
Volteé nerviosamente la página y me paré a releer el trozo de pergamino que había recibido de Ismael y que utilizaba a modo de marcapáginas.
No me daba muchas pistas. Palpé el círculo de piedra pómez que llevaba en la muñeca, el regalo de Domiziana que, ahora que ya no llevaba la pulsera blanca, destacaba como único adorno de mi atuendo.
Después de nuestra discusión en la cafetería, me habría gustado tirarla a la basura, pero no podía apartar de mi mente el desafío que me había lanzado.
Era un artefacto, mi primer artefacto, y si averiguaba cómo usarlo tendría algún arma para demostrar mis habilidades.
Lo empujé hacia el codo, bajo la manga abullonada del vestido que respondía a mi definición de ropa decente.
¿Coincidiría con la de Ismael? La idea había rondado mi cabeza toda la tarde.
Y cada poco la acallaba repitiéndome que no me debería importar lo que opinara Ismael Sagredo sobre mi vestuario.
Mientras leía por tercera vez acerca de la relevancia de los lazos entre Asiria y Anatolia en el desarrollo de los primeros sombreros de camuflaje, tres golpes aporrearon mi puerta.
—Ya voy —anuncié, calzándome a la carrera.
Cuando abrí, me encontré frente a una versión despeinada de Ismael, similar a aquella con la que solía coincidir a altas horas de la noche en la biblioteca, solo que el pelo estaba deliberadamente revuelto, y el cerco negro bajo sus ojos no eran ojeras, sino reluciente kajal . Era imposible no mirarlo.
Me escrutó con una mirada indescifrable.
—No vamos a clase, Valmori.
—Disculpa que no haya tenido tiempo de ir de compras entre el ataque en el callejón y las clases. Además, ni siquiera sé adonde me llevas.
Oculté el temblor de la mano izquierda detrás de la falda, allí donde se descargaba la tensión por estar de nuevo a solas con Ismael, después de lo que nos habíamos dicho en la escalera.
A la mañana siguiente me había encontrado a Bianca en el refectorio y le supliqué que me revelara si los magos eran capaces de leer la mente; ella soltó una carcajada como la de Ismael, lo cual me confirmó que no era posible y que no estaba al corriente de ningún artefacto tan poderoso.
—Para el litio sí encontraste el tiempo —me chinchó, sacando una llave del manojo que llevaba en el cinturón y metiéndola en la cerradura de mi habitación.
Me mordí la lengua para evitar ahondar en el tema y porque cada vez que movía los dedos mi determinación de odiarlo flaqueaba.
Abrió la puerta y se alisó un pliegue de la camisa negra—. ¿Nos vamos?
La sensación de hormigueo bajo los pies se repitió al cruzar el portal hacia un pasillo de piedra blanca donde el aire olía a sal y las luces brillaban desde la boca de hipocampos plateados.
A los lados, blancas cortinas ocultaban dependencias de las cuales se escapaban murmullos y susurros.
Cometí el error de echar un vistazo detrás de una ligeramente apartada y descubrí a dos mujeres enredadas en un abrazo muy poco casto.
Una tenía las manos entre el pelo de la otra, y esta le rodeaba las nalgas y hundía los dedos en sus curvas abundantes.
—¿Adónde me has traído? —demandé saber, apretando el paso para alcanzar a Ismael, que iba unos pasos por delante.
—Al Ojo de la Náyade —me reveló, sin pizca de apuro por los suspiros y los gemidos que acompañaban nuestro trayecto. Ismael doblaba por los pasillos con seguridad, a pesar de que a mí me parecían todos iguales—. El mayor local de solteros de la Hidden Society del noreste.
—¿Eres cliente habitual?
No me lo podía creer, la pasallave nos había trasladado a la parte trasera del local, e imaginé que los propietarios no concederían semejante permiso a cualquiera.
No es que hubiera nada malo en lo que sucedía detrás de aquellas cortinas, pero siempre había estado convencida de que la noche de sábado ideal para Ismael consistía en beber champán en la terraza de algún palacio veneciano, no en abrazarse con alguien en un sofá. Tal vez no lo conocía en absoluto.
—¿Piensas que los magos siempre están entre pilas de libros y mirando las estrellas?
—Levantó una ceja y me esforcé por asentir mientras se abría el primer botón de la camisa, revelando la sombra de las clavículas—.
Pues no, aunque en la Hidden Society probablemente seamos de las personas más tranquilas. En todo caso, no te separes de mí.
Me disponía a añadir que el pasillo desierto no parecía representar un gran problema, cuando cruzamos un arco y me vi arrastrada a otro lugar increíble.
Era una estancia circular dispuesta sobre varios anillos, desde la pista de baile en el exterior hasta la barra del centro; pero lo que me dejó sin aliento fue el techo o, mejor dicho, su ausencia.
Un gran ojo de cristal se abría sobre el mar.
—¡Estamos en el fondo de la laguna! —exclamé boquiabierta.
—Correcto.
Me volví hacia Ismael solo para descubrir que me miraba el cuello, al descubierto por el moño con el que me había recogido el pelo. Sus ojos me acariciaban la piel y no conseguía interpretar aquella mirada.
—Debería haberme puesto un collar y algunas joyas más.
—Miré a mi alrededor, observando la vestimenta del resto de los clientes, que, comparadas con la mía, me hacían parecer recién salida de una sesión de estudio en el patio del colegio—.
Desde que me robaron el colgante no me atrevo a reemplazarlo.
—Genial, para eso estamos aquí —respondió, desviando enseguida la mirada para avanzar entre los cuerpos.
Fue entonces cuando me di cuenta de que estaba rodeada de criaturas mágicas.
Las observé de reojo y, en un primer vistazo, no noté nada diferente de lo que podría haber en cualquier local de la superficie, pero cuando me fijé bien, las identifiqué: unos ojos completamente negros que brillaban en el centro de una cara agrietada por las cicatrices; un par de cuernos minúsculos que afloraban entre los mechones rojos de una joven que se reía a pleno pulmón; unas uñas larguísimas que agarraban un vaso; un hombre tan blanco como la porcelana; una mujer con los dedos palmeados y una criatura sencillamente etérea.
Numerosas cabezas se volvieron a nuestro paso.
La mayoría de las miradas siguieron a Ismael mientras me conducía hacia la barra, donde dos camareros hacían malabares con las botellas al ritmo de música.
Una era una joven con una melena ondulada de color azabache, como si acabara de salir del agua, y con maquillaje tribal por todo su cuerpo pálido, que contrastaba con la piel negra del gigante que tenía al lado.
Sus brazos eran tan grandes como mis piernas, y tenía una cabellera de trenzas que se extendía como una corona.
En cuanto vio a Ismael, le dedicó una sonrisa blanquísima.
—¡Mi segundo Sagredo favorito! —exclamó, sin dejar de estrujar un limón ni de servir a los clientes.
—¿El segundo? ¿De verdad, Samu? —repitió Ismael, pasándose una mano por el pelo, en el gesto más descarado y socarrón que le había visto hacer jamás.
—Cada vez que aparece por aquí, tu hermano se gasta una fortuna. En cambio, tú solo vienes a sonsacarme información gratis. Eres más tacaño que el Centoquarzi al que le encargo los suministros.
Un matiz de amargura se mezcló con la sonrisa, y apostaría a que estaba considerando la opción de incluir en la carta un precio por los secretos que guardaba.
Una carta que, a juzgar por lo que vertía en los vasos, ya era bastante sofisticada.
Estaba casi segura de haber visto a la chica espolvorear escamas y destilar unas gotas rojas de una botella de algo que no era zumo de granada.
—Puedes ponerlo todo en la cuenta de Nazar —bromeó Ismael, si bien pronunció el nombre de su hermano con cautela—. Pero esta noche estoy aquí por la señorita Valmori, así que no me cabe duda de que serás generoso.
Los ojos brillantes de Samu se volvieron hacia mí, mientras su cabeza se inclinaba como para averiguar el significado de mi presencia.
—Es la chica que encontraron en los canales hace casi un año… Un caso curioso —dijo, al tiempo que servía una copa sin dejar de mirarme—. ¿Necesitáis un poco de intimidad?
Sentí que me ruborizaba hasta la punta de las orejas y traté de responder que preferiría pasar la noche con uno de aquellos tipos capaces de chuparme la sangre, pero Ismael fue más rápido.
—Con todo el respeto, Samu, la señorita aquí presente merece que la lleven a un sitio con más clase.
Samu no pareció ofenderse por la indirecta sobre el local, y reconocí que la galantería de mi magister no tenía límite.
—Soy Ámbar Valmori —intervine, acercándome un paso.
Hablar por encima de la música era más complicado de lo que pensaba, sobre todo porque mi voz se había refugiado en el fondo de mis pulmones al oír hablar de mi historia.
Solo unas semanas antes, sin embargo, habría corrido a esconderme—.
Si tienes alguna información que me concierne, por favor, te ruego que nos la proporciones.