Capítulo 13
La infusión se enfriaba en la mesa, pero ni Domiziana ni yo nos decidíamos a coger las tazas ni a iniciar la conversación.
Su presencia en Sotobóveda me evocó el mundo humano.
Casi me había olvidado de él, aunque tampoco es que tuviera una vida particularmente activa: los pocos mensajes que habían llegado al teléfono de mi madrina provenían de mis padres, a quienes Domiziana se había apresurado a tranquilizar.
Nadie me echaba de menos y, con un escalofrío, caí en la cuenta de que yo tampoco echaba de menos a nadie ni nada.
Domiziana había llamado a la puerta de mi cuarto con la disculpa de que deseaba felicitarme por mi admisión, pero, una vez instaladas en la cafetería de Sotobóveda, se había quedado muda y envuelta en su capa, como si hiera un escudo contra la vulgaridad de las tazas de cerámica que osaban no ser de Limoges y de la infusión en bolsita en lugar de la filtrada por las manos expertas de Alberto.
—¿Desean azúcar? —La voz de Matilda, la camarera de la cafetería, me devolvió a la realidad. La mujer señalaba el azucarero que llevaba en la bandeja, tan brillante que reflejaba su pelo azul corto y su radiante sonrisa.
—¡Por favor! —Se apresuró a rechazar Domiziana como si se tratara de un agravio a su persona y, por supuesto, sin preguntar mi opinión al respecto.
—No, gracias —dije yo con una sonrisa.
La camarera, a quien parecía haberle hecho gracia la reacción de mi madrina, se alejó enseguida para ir a servir otras mesas.
—Soy una astrónoma, como tú —afirmé, esperando que atribuyera mi leve temblor a la emoción y obligándome a hablar para no volver a caer en el tenso silencio de los instantes previos.
Domiziana vaciló, cosa que rara vez hacía. Miró en dirección a la alta ventana ornamentada antes de responder:
—Así es.
Sumergí la cucharilla en la miel y me serví unas pocas gotas doradas.
—¿Por qué has tardado tanto en venir a verme?
Observé cómo se ponía más tiesa que un palo y tuve la impresión de que hacía esfuerzos por mantenerse serena y erguida, como si su cuerpo desease abandonarse en el respaldo. Siempre me había parecido de acero inoxidable.
—He estado en México, en un viaje de trabajo.
—¿Te pusiste enferma allí? —pregunté, sintiendo aflorar algunas de las preocupaciones que mis padres habían vertido sobre mí.
Domiziana entornó los ojos con severidad.
—No sé qué imaginaciones tienes en la cabeza, pero estoy bien, gracias. —La última palabra sonó como un desafío a que cuestionase de nuevo su salud.
Durante unos segundos permanecimos en silencio, revolviendo el té, percibiendo a los estudiantes a nuestro alrededor, pero en realidad sin hacerles ningún caso.
Por un momento regresé a la rutina diaria de mis tardes en el ático de Domiziana: ella sentada en su butaca favorita, hojeando con aire distraído una revista de arte, y yo concentrada en repetir alguna lección, como si tuviera que convencerla de que una estatua de mármol decapitada era más interesante que todas las obras que estaba viendo.
¡Yo y mi fijación desesperada por cánones estéticos de dos mil años de antigüedad!
Algunos recuerdos se habían desvanecido, imaginé, porque eran todos parecidos, apilados como una resma de papel de la que solo podía ver la primera hoja. Había pasado tanto tiempo con ella que sabía que no podía hacerle esa pregunta a nadie más:
—¿Mis padres son magos?
Domiziana sopló suavemente sobre su taza y soltó la respuesta con la misma delicadeza.
—No.
Lo sabía, estaba segura, lo que complicaba mi búsqueda de una respuesta.
—¿Qué soy yo, entonces?
—Una astrónoma. —Señaló los bordados de mi capa, se calló y le dio el primer sorbo al té.
La imité y paladeé el sabor dulce de la miel, lo que no bastó para borrar la sensación de amargura que me abrasaba la lengua. Había algo diferente en la hermética compostura de Domiziana, una sombra que empecé a sospechar que se debía a algo más que al simple cansancio.
—Hablando de astrónomos: ¿es el profesor Gritti, verdad? El colega con el que tuviste un conflicto en el pasado…
Sus dedos delgados estrechaban la taza, algo extraño en ella, que nunca se aferraba a nada.
—Sí, se atribuyó el mérito de uno de mis descubrimientos.
—¿Un descubrimiento relacionado con la astrofísica?
Domiziana rozó la taza, vacilante, y se limitó a asentir.
—Me parece que me debes algunas explicaciones, así que, por favor, cuéntamelo todo —le pedí.
—Se trata de una estrella, una estrella de la que nadie sabía nada hasta hace unos años, ya que la cubría una nube molecular particularmente densa.
Yo fui la primera en sospechar de su existencia y cometí el error de compartir mis suposiciones con Gritti.
La estudiamos y presentamos juntos el hallazgo, pero al final él fue elegido astrónomo principal de Seledia.
—Sus labios temblaron una vez, pero enseguida se calmaron—.
Es una vieja historia. Ambos hemos alcanzado otras metas.
Apenas estaba empezando a comprender la importancia de las estrellas en el sistema mágico, pero intuí que se trataba de un descubrimiento portentoso.
Entonces señalé el camafeo que destacaba sobre su blusa plateada.
Se lo había visto por primera vez en sus visitas a Génova, cuando yo permanecía atrincherada en mi habitación y ella venía a traerme un té o a compartir alguna novedad del mundo que me obstinaba en mantener alejado.
Quizás siempre lo había tenido, pero yo empecé a prestar atención a las joyas tras despertarme con mi colgante misterioso al cuello.
—¿Es ese tu marbiri ?
Domiziana se estremeció ligeramente, perpleja.
—¿Ya has estudiado los marbiri ? Sí, lo es, y también una reliquia familiar.
Percibí un asomo de dolor en su voz y decidí no preguntar más. Pero ella se adelantó y cambió de tercio.
—¿Todavía llevas puesta la pulsera que te regalé?
Sacudí la muñeca para que la manga de la capa se deslizase a lo largo del brazo.
En su sitio, justo debajo del puño de la camisa, estaba el círculo de piedra pómez que me había regalado la mañana después de la fiesta en casa de Vianoli.
Para mi sorpresa, había sobrevivido a la pelea en el callejón y a mi visita al almacén de Centoquarzi.
—¿Cuál es el poder de este artefacto?
Domiziana levantó una ceja y me miró con su duro aire de desafío.
—Tendrás que descubrirlo.
Estuve a punto de tirar el té.
—¡Qué fácil es decirlo! No tengo libre acceso a la Gran Biblioteca. Así lo ha decidido el magister Gritti.
Las fosas nasales de Domiziana se dilataron como si hubiera percibido un olor repugnante.
—¿Y tú te resignas?
El sabor amargo volvió a secarme la boca, y esta vez ni siquiera la última gota de té con miel logró endulzarlo.
—¿Crees que existe alguna forma de que pueda oponerme a esa decisión?
—Siempre existe una forma. —Su respuesta llegó como una estocada—. Y, ya que lo preguntas, es un artefacto protector.
Apoyé la taza, lo que hizo tintinear el platillo.
—Ese es el tipo de frase que se puede permitir alguien que está en una posición privilegiada. Entonces, ¿por qué nunca me contaste nada del mundo mágico? ¿No había ninguna manera de revelarme su existencia, de ayudarme? ¿No se te ocurrió pensar que podía tener algo que ver con mi secuestro?
Domiziana imitó mi gesto sin emitir sonido alguno y se levantó igual de silenciosa. Me recordó a un águila ratonera lista para atacar. Y de nuevo me sentí el ratoncito sin escapatoria.
—Tú no sabes…, tú… —Se arrebujó en su capa como para aprisionar las palabras que reprimía.
En aquel momento, un ligero aleteo interrumpió el murmullo de fondo de la esquina de la cafetería y un pajarito de cobre planeó sobre la mesa.
Llevaba un rollo de pergamino en el pico.
Lo miré desconcertada. Casi parecía corresponder a mi atención, con los ojitos negros clavados en mí y su cola rojiza y temblorosa.
—Atrápalo, es un mensaje para ti —me dijo Matilda, guiñándome el ojo como si se imaginase lo que contenía.
Extendí la mano, y el pajarito dejó caer el pergamino en mi palma.
Lo desenrollé y reconocí la letra picuda de Ismael.
Nos vemos a las 23:00 en punto.
Vamos a empezar a investigar para tratar de resolver el lío en que nos has metido.
P. D. Vístete decentemente.
I. S.
Leí la nota, sorprendida por lo rápido que me había escrito.
Después de nuestra charla en las escaleras de la oficina del director Panfilio, estaba casi segura de que tendría que ser yo quien lo buscase para convencerlo de que me ayudara.
Doblé el papel y el pajarito se escabulló, escondiéndose en la casita de un reloj, no muy lejos.
Cuando me volví, también Domiziana había echado a caminar por la nave de Sotobóveda. Agarré mi cartera y fui tras ella.
—¿Te vas así, sin más?
Me contuve para no gritar, aunque era lo que mi corazón deseaba: rugir para desahogar la tristeza por la indiferencia que nos separaba o, mejor, por mi incapacidad para comprender sus silencios.
Domiziana aminoró el paso pero no se detuvo, como si yo no mereciera su atención.
—Siempre te quejabas de la burbuja en la que te encerraron tus padres. Ahora esa burbuja ha explotado y debes arreglártelas tú sola. Así funciona el mundo exterior.
Sentí que mis pies se anclaban al suelo y me quedé allí parada, viendo cómo se marchaba sin volverse ni siquiera una vez.
* * *