Anillos y estrellas (The Hidden Society 1) Capítulo 12 #3
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Capítulo 12 #3

Me aparté un paso para permitir que terminase la conversación y poco después Ismael volvió a ponerse a mi lado, despidiéndose del director por los dos.

Yo seguía demasiado tensa como para abrir la boca sin que me saliera un chorro de excusas y justificaciones por cada comportamiento y cada mirada.

La alfombra se había convertido en una extensión de alfileres bajo mis pies, y la oscuridad contenida en el techo parecía escrutarme por dentro, más allá de la farsa que había representado para quedarme.

Me calcé los zapatos, ansiosa por sumergirme en la bañera y flotar sobre la espuma para desembarazarme de mi propio peso.

Crucé una mirada con Ismael mientras nos agachábamos para atarnos los cordones.

Sus dedos se movían con agilidad; los míos parecían llenos de pegamento y sin coordinación, como si la ausencia del meñique los hubiera desequilibrado.

Mirarnos me lo puso todavía más difícil, también porque entendía a la perfección lo que me decía, incluso sin hablar.

Había respetado nuestro pacto, se había asegurado de que la reunión transcurriera sin contratiempos y de que Panfilio no sospechara nada, y, una vez que atravesáramos la puerta del despacho, tomaríamos caminos distintos.

Hice un gesto casi imperceptible con la cabeza para que comprendiera que lo entendía y me obligué a no pensar en lo que significaba perder la compañía de Ismael.

—¿Señorita Valmori? ¿Señor Sagredo?

Ambos nos incorporamos y nos giramos hacia el director. Panfilio estaba inmóvil en uno de los escalones, con el cofre debajo del brazo y tamborileando con indiferencia sobre él con dos dedos.

—Los resultados obtenidos por la señorita Valmori en tan poco tiempo son excelentes. A pesar de ello, creo que aún necesita su sabia guía, Ismael.

De las dilatadas fosas nasales de Ismael salió un bufido que pareció entablar un diálogo mudo con el magister durante unos largos segundos, al término de los cuales asintió, mordiéndose el labio inferior con aire de derrota.

—Por supuesto, señor director —apuntó, saliendo con paso decidido del despacho.

Caminé tras él escalones abajo, a la carrera, para no perder el paso de sus largas zancadas, y solo conseguí alcanzarlo cuando había superado la mitad de las escaleras.

—Sagredo —lo llamé cuando estuve lo bastante cerca como para no tener que gritar.

Ismael se detuvo sin girarse.

—¿Ni siquiera me miras a la cara? —le pregunté, sin obtener respuesta durante largos y tensos segundos.

—El director lo sabe —se limitó a decir.

Sentí que la cabeza me daba vueltas por los virajes de la escalera de caracol.

—¿Cómo es posible?

—Es uno de los magos más poderosos del mundo, Valmori, era obvio que no se dejaría engañar por un truco barato. Pensé que su confianza en mí sería suficiente, pero ahora dudo que le quede alguna.

Sentí la amargura de sus palabras, y la culpa ascendió de nuevo por mi pecho, más sofocante que nunca.

—Entonces, ¿por qué me ha admitido en Seledia? —Acaricié el elaborado bordado de la capa, que sugería, con su complejidad, una amalgama de constelaciones.

Ismael negó con la cabeza.

—Creo que ha percibido el rastro de magia que llevas y te considera más a salvo aquí que en cualquier otro lugar.

—Contigo como magister … —Añadí, apoyando un hombro contra la fría pared.

—Me temo que sí —pronunció con tono decaído. No sabría decir si estaba resignado o molesto o…—. Parece que te acabas de convertir en mi única oportunidad de recuperar la estima del director.

Enarqué una ceja, desconcertada.

—¿Os comunicasteis por telepatía antes de que saliéramos?

La carcajada de Ismael me sorprendió. Resonó por toda la escalera y me hizo olvidar por un segundo la piedra en la que me apoyaba.

—Por supuesto, Valmori, y con mis increíbles poderes para leer la mente, ahora adivinaré lo que estás pensando.

Se inclinó hacia mí.

Aunque estaba un escalón por debajo, nuestras miradas estaban al mismo nivel.

No rehuí el contacto y aproveché para concentrarme en el fastidio que me producía su actitud inaprensible.

Me consideraba una aspirante a arqueóloga y estaba acostumbrada a tratar con todo lo que podía estar grabado en una piedra con contornos bien delineados.

Hasta los dioses tenían rostro, y sus gestas se representaban en frisos y ánforas.

A Ismael Sagredo, en cambio, no le gustaba que las suyas se contasen.

«Te odio, te odio, te odio», pensé con todas mis fuerzas.

Los cálidos ojos de Ismael se deslizaron por mi cara como si fuera una página y no se perdieron la más mínima señal, demorándose en mis labios antes de cerrarse.

—Quieres descubrir quién eres —afirmó, y yo me quedé encandilada mirándolo.

No era un misterio, pero no me esperaba oírselo decir así, de la nada. Asentí despacio, devolviéndole la mirada para buscar rastros de ironía en las comisuras de sus labios. No los encontré.

—Estamos obligados a buscar más respuestas. —Se encogió de hombros y se volvió para empezar a bajar los escalones, concediéndome solo su perfil y un guiño—. Aun así, nadie me odia mejor que tú. Valoro tu empeño, Valmori.