Anillos y estrellas (The Hidden Society 1) Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

Cogió el colgante con cuidado. Irradiaba poder por cada punta y parecía encerrar herméticamente su energía, lista para liberarla al menor toque de su dueño.

—La reclama —respondí, con la boca seca y la voz entrecortada a causa de la tensión. Me humedecí los labios y tragué saliva. Le había oído aquella palabra a Ismael, pero no sabía lo que significaba—. ¿Qué es un najma ?

Panfilio recorrió su contorno con el pulgar.

—Se les llama de muchas maneras: legados de las estrellas, artefactos de los deseos…

Algunos de sus poderes todavía nos resultan indescifrables.

Lo que es seguro es que existen ciento treinta y siete, y que extraen su poder de las estrellas más brillantes de la galaxia.

El mío está ligado a Procyon. —Golpeó suavemente con el índice el centro del colgante, donde un fragmento irregular de piedra contrastaba con el refinamiento de las puntas—.

Aquí se encierra una parte del núcleo de la estrella, que es lo que me conecta a él.

—¿Qué puede hacer? —pregunté confusa.

Ismael, a mi lado, se dejó caer en una butaca sin pedir permiso y agitó un dedo, reclamando a su farolillo que se le acercara.

Panfilio soltó una risita de complacencia.

—La pregunta está mal planteada, señorita Valmori. No se trata de lo que el najma puede hacer, sino de lo que puede hacer por usted, por mí, por el mundo.

La última sílaba se repitió en el aire, amplificada por una corriente que se intensificó hasta convertirse en un viento cálido.

El despacho cobró vida, estremeciéndose con el poder liberado por el najma .

Los pergaminos vibraron y el sonido de las olas se intensificó.

La alfombra bajo nuestros pies se erizó, haciéndome cosquillas en los pies, e incluso la ropa que llevaba me acarició la piel, instándome a acercarme.

—¿Qué sucede? —pregunté, mirando a mi alrededor. Hasta los muebles parecían vibrar, y los objetos que los cubrían se agitaban como para advertirnos de su presencia.

—Intuyen la posibilidad de ser atravesados por la fuerza del najma , de no ser simples ornamentos, sino de estar vivos por unos instantes —susurró Panfilio, dando un par de golpecitos cariñosos a una mesilla que había empezado a chirriar.

—El director exagera —intervino Ismael, plantando el codo en el reposabrazos y reclinando la cabeza sobre el puño cerrado—. Simplemente, la energía emitida por el najma estimula la actividad cinética de los átomos.

«Simplemente», me repetí en tono irónico. Seguían trastocando todo lo que yo sabía de física. Guardé silencio mientras miraba fijamente aquella joya del tamaño de un huevo que encerraba el poder de una estrella.

Panfilio alzó una mano por encima de mi brazo, con la palma extendida a un milímetro de la capa.

—Si me permite…

Asentí, curiosa, y un instante después sentí que la tela se templaba y despertaba como si siempre hubiera dormido sobre mí.

Se plegó en una serie de ondulaciones que de pronto agitaron la capa desde los hombros hasta los tobillos, transformándola en un espejo de agua azul cobalto movido por un dedo.

Sin embargo, la mano de Panfilio se mantenía firme, mientras gotas argénteas de espuma emergían de la lana, se encabritaban y se aquietaban a medida que se cosían a lo largo de los bordes.

Cuando el director volvió a cruzar los brazos a la espalda, mi capa brillaba con destellos plateados, como la de los astrónomos, los astrónomos de verdad.

Me volví y me topé con Ismael, que miraba con desaprobación. Lo ignoré.

Sonreí, al tiempo que sentía cómo la culpa me oprimía el vientre, y apenas conseguí murmurar un gracias.

—Supongo que ya no la necesita —dijo Panfilio ajustándose las gafas oscuras en la nariz.

Parpadeé, segura de que la montura había cambiado de color, y Panfilio quizás confundió mi sorpresa con confusión. Señaló la pulsera blanca que irradiaba luz bajo la manga.

En un acto reflejo, la toqué. Imaginé que, si me la quitaba, el litio seguiría brillando, y eso podría ser un problema. Un problema que, como una estúpida, no me había planteado.

—Comprendo que se haya encariñado con ella, no todos los días una joven descubre que es una maga —continuó en tono comprensivo, moviéndose por el despacho para recuperar el cofre con los cuatro glifos grabados en el que estaba guardada la pulsera cuando llegué a la Academia—.

A cambio, podrá visitar la sastrería de Seledia, donde recibirá todo lo necesario para asistir a clases y e instruirse en las artes mágicas.

Antes de que me diera tiempo a contestar, Ismael se levantó de su asiento y se colocó a mi lado.

Movió las manos y llamó la atención del director.

No era la magia con la que había controlado las serpientes con un chasquido de sus dedos, sino su habilidad innata para atraer la atención y mantenerla con el magnetismo de sus ojos.

Aunque no se volvió hacia mí, me quedé mirándole mientras hablaba de la estatuilla de Ishtar e insistía en la necesidad de que la fundación del museo del yacimiento donde se había encontrado contase con un arcanista que se asegurara de que no hubiera más artefactos infectados por el polvo de estrellas.

Me rozó con la punta del pie, y la ligera presión me devolvió a la realidad.

Panfilio estaba absorto en la conversación, de modo que disponía de unos segundos preciosos.

Hice fuerza sobre la pulsera, que se deslizó sin resistencia y sin dejar de brillar.

La coloqué en el cofre y acompañé con cuidado el cierre de la tapa.