Capítulo 12
Ver iluminarse los glifos de la pulsera debería haberme hecho temblar de emoción. Sin embargo, permanecí impasible mientras el litio llenaba las hendiduras de la piedra blanca y despertaba el polvo de estrellas.
—Llegados a este punto, podrías hacer que brillasen los cuatro glifos.
La ironía de Ismael cayó como una guadaña en la penumbra de Sotobóveda.
Me había observado en silencio, de brazos cruzados y con la mirada envenenada, apoyado contra una pared atestada de carteles.
Habíamos acordado un silencio mutuo con visos de chantaje.
Yo no mencionaría el episodio de la pluma guardarrecuerdos y él sería testigo de la activación de la pulsera.
—¿Cabe la posibilidad de tener más de un talento? —pregunté, sin verdadero interés. A pesar de las veladas acusaciones en la voz de Ismael, no buscaba que me considerasen un ser especial, solo quería ser como los demás de la Academia.
—Ocurre de vez en cuando, pero, a mi modo de ver, es un desperdicio. Es imposible tenerlo todo, destacar en todas las artes. Conozco a una maga que demostró tres talentos y se pasó la vida intentando especializarse en alguno de ellos, hasta que cejó en el empeño.
Cerré la bolsa de litio con un nudo y la escondí entre los libros de la sección infantil, los únicos que me estaba permitido tocar.
—¿Qué pasó al final con esa maga? —pregunté.
—Según ella, consiguió lo que quería. Heredó el najma del sol, el más alto honor para la sociedad mundial de magos, y ahora se la conoce como Al Saahira —respondió en tono anodino, haciendo girar sus anillos de latón como si rebobinara recuerdos.
—Por lo que parece, acabó bien, e imagino que será feliz.
Ismael ladeó la cabeza y me miró fijamente entre el resplandor que emanaba de su farolillo.
—Depende de cuál sea tu concepto de felicidad. Su éxito se construyó sobre la soledad de su mujer y la indiferencia de su hija. Cuando tomamos una decisión, sacrificamos lo demás.
Pensé en lo que me esperaba en Venecia o, peor aún, en casa de mis padres.
La burbuja. La asfixiante sensación de protección con la que me habían protegido de peligros imaginarios.
En su deseo de querer defenderme de todo, era como si me hubieran confirmado que era incapaz de hacer nada, y durante años me lo había creído.
Cuando regresé después del secuestro, volví a caer en lo mismo.
Entonces me prometí que sería yo quien decidiría a qué tenía miedo, tanto miedo como para ni siquiera intentar sentirlo.
—Soy capaz de afrontar lo que venga —afirmé, levantando la pulsera iluminada hasta la barbilla.
Por los ojos de Ismael cruzó un destello de comprensión. Lo sabía. Pensaba que yo sería capaz de arreglármelas también con la magia. Su mandíbula se tensó.
—No deberías haber hecho trampas.
Lo miré con irritación. A pesar de todo, continuaba emperrado en la idea.
—Y tú no deberías haber dejado un artefacto al alcance de un humano y permitirme usarlo.
Así que ahora vendrás conmigo a ver a Panfilio, harás el papel del magister orgulloso de su alumna, que con tanto esfuerzo ha conseguido demostrar su talento, y, una vez que salgamos de su despacho, podremos no volver a mirarnos jamás a la cara.
Entonces tal vez sería capaz de reprimir la insensata atracción que sentía por él.
Los labios de Ismael se atirantaron hasta palidecer y apenas se movieron para inyectar todo el rencor que podía sentir en cuatro sílabas.
—Trato hecho.
Nos dirigimos hacia una de las salidas laterales de Sotobóveda, donde divisé a Bianca hablando con Jacopo Altieri. Aflojé el paso, confusa.
Era normal que dos estudiantes conversaran. De hecho, parecía ser la actividad favorita de los magos, después del estudio. Era habitual pasear por Seledia y asistir a una discusión igual de encarnizada que un duelo con espadas.
Sin embargo, no discutían, sino que hablaban en voz baja.
Bianca le mostraba un mapa astral, y Jacopo tenía una expresión que desentonaba con sus rasgos afilados.
Parecía casi divertido, nada que ver con la crueldad con la que había desafiado a Ismael.
La dulce voz de Bianca suavizaba sus facciones.
Estábamos a punto de llegar a la salida cuando los ojos de Jacopo se clavaron en mí, en la manga de mi capa. Luego miró alternativamente a Ismael y hacia el lugar por donde habíamos aparecido.
Pensé en lo absurdo que resultaba aquel encuentro silencioso y traspasé con Ismael la puerta lateral, bajo el pórtico. Me condujo por una escalera de caracol cubierta por una alfombra azul que atenuaba el sonido de nuestras pisadas.
Podía sentir los latidos de mi corazón sin necesidad de tocarme el pecho.
Palpitaba a un ritmo frenético, resonando en mi espalda, como si quisiera sacarme de allí, detenerme y obligarme a dar marcha atrás, porque, a pesar de todo, aún había muchas razones por las que todo podía salir estrepitosamente mal.
Ismael llamó a la puerta, que se abrió muy despacio pasados unos instantes.
El despacho del director parecía la linterna de un faro: una habitación octogonal con paredes de cristal que se asomaban a la laguna; no sé si por arte de magia o por un juego de ecos, pero parecía que las olas, con su movimiento infinito, rompieran allí.
«Infinito».
La idea surgió con claridad, reflejada en cada rincón de la estancia.
No había límites ni obstáculos que impidieran a los visitantes tocar la librería o llegar hasta el sofá, sobre el que descansaba una pila de pergaminos.
Todo estaba al alcance de cualquier mano.
Las florituras que decoraban el escritorio invitaban a aproximarse y a admirarlas, y las sillas reclinadas parecían suplicar que las ocupasen.
A diferencia de las demás dependencias, donde el techo era un fresco animado, la parte superior de la torre absorbía la luz como un agujero negro, y cautivó mi mirada, como atraída por las posibilidades de lo que podía encontrarse más allá de la oscuridad.
Entramos tras dejar los zapatos en el vestíbulo; Ismael se desprendió de los suyos con una palmada dramática.
—¿Señorita Valmori? —La voz animada del director Panfilio me hizo regresar a la realidad. Estaba inclinado sobre su escritorio y apartaba un tambaleante montón de papeles—. ¿Por casualidad su visita tiene que ver con cierta pulsera?
Me sonrojé al caer en la cuenta de que por fin había llegado el momento de enseñar el glifo iluminado, el momento de mentir.
—Sí, director —respondió Ismael en mi lugar—. La pulsera se ha encendido hace un rato, mientras impartía mi clase de Astronomía. Parece que Valmori tiene un don para identificar yacimientos arqueológicos con una alta densidad de polvo de estrellas.
Improvisé una humilde sonrisa, como para restar importancia a los cumplidos de Ismael.
No obstante, ya no era el miedo a mentir lo que me hacía guardar silencio, sino la perfecta estrategia de Ismael.
Había situado mi talento en una de las áreas de investigación en las que me había especializado en la Universidad Ca’ Foscari: de este modo, podría mantener una conversación sobre el tema sin dificultad.
Es cierto que mi glosario de términos mágicos era nulo, pero me había proporcionado los rudimentos para sobrevivir a los debates con los que tanto disfrutaban los magos.
Alcé la manga con lentitud y enseñé la pulsera. Las hendiduras del glifo resplandecían, como si en lugar de haberlas rellenado de polvo de litio hubiera abierto una grieta en su radiante corazón.
—¡Qué inesperada y feliz noticia! —exclamó Panfilio, haciendo tintinear los anillos contra el escritorio—. Es una elegida de las estrellas.
No habían sido las estrellas…
Panfilio se acarició la barba para apartársela de los labios y me permitió ver cómo la sonrisa invadía su rostro, estirando la red de arrugas que lo surcaban.
Apenas le hizo caso a la pulsera; toda su atención estaba puesta en mí y en Ismael, a quien miraba con el orgullo desbordante con el que yo también deseaba ser considerada.
—Sabía que tu orientación daría sus frutos —le dijo—. Sigues demostrando ser mi alumno más prometedor.
Por la forma en que se dirigía a él, entendí que el vínculo académico que los unía era más fuerte que el que existía entre el director y un alumno cualquiera.
Ismael hizo ademán de agradecer sus palabras, y solo entonces comprendí por qué Panfilio no le había dedicado más que un breve vistazo a la pulsera.
Las palabras de Ismael eran certificación más que suficiente.
La confianza que Panfilio tenía depositada en él me había salvado de un examen más demorado.
De haber descubierto el truco del litio, probablemente todo se habría venido abajo.
Sentí que mis labios temblaban por el deseo de abrirse y revelar lo ocurrido, suplicando con mil excusas.
Ismael no merecía perder la confianza de su magister .
Sabía lo importante que era para él su carrera académica, y yo la estaba poniendo en serio riesgo.
A punto estaba de hablar cuando el director se levantó de la silla y se acercó a estrecharme la mano.
Me puse tensa al sentir que me tocaba la parte en la que me faltaba el dedo meñique, aunque no pareció importarle.
Tenía la piel apergaminada, las venas manchadas de tinta absorbida y adornos dorados que tintineaban con cada uno de sus movimientos.
—Querida, querida Valmori, por fin se hace la luz sobre su historia. Sé que aún hay muchos misterios que giran en torno a su destino. —Me dio una palmada en la mano, como instándome a tener paciencia—. ¿Quién de nosotros no tiene alguno?
Mi mirada se posó en el hermoso collar que llevaba.
Era una estrella de ocho puntas del oro más brillante que jamás había visto, y cuando me fijé en ella, pareció devolverme la atención, como si reluciera solo para mí.
—Veo que mi najma le llama la atención —dijo Panfilio, empujando las gafas plateadas hacia la frente.