Anillos y estrellas (The Hidden Society 1) Capítulo 11 #3
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Capítulo 11 #3

—Yo también tenía mejor concepto de la Academia. Lo creas o no, al salir del Teatro La Fenice le derretí las manos a un tipo.

Ismael echó un vistazo alrededor y me agarró la mano libre, forcejeando con la tela de la manga para apretarme los dedos. Sentí como su piel absorbía parte de la tensión.

—Hablaremos de ello dentro de un momento —prometió, y, sin darme tiempo a replicar, sacó una gorra de su mochila y me la encasquetó.

Sentí que el corazón se me aceleraba. Cuando mi mundo estalló en mil pedazos, nadie me ayudó, por eso tuve que reconstruir el espacio que me rodeaba, adaptándolo a mis necesidades.

No sabía asir una mano ni sincronizar el paso al caminar.

Mi realidad disponía de sus propias medidas, estrictas y rígidas, y no había lugar para nadie más.

Quería refugiarme en mi fortaleza y quitarme de encima a Ismael, pese a ser consciente de que sería una jugada ridícula. El siguiente paso estaba claro: informaría de nuestro encuentro al director Panfilio y me expulsarían sin darme la oportunidad de explicarme.

Bajé la barbilla, dejando que la visera de la gorra me tapara la cara.

La tensión por cumplir mi propósito me había hecho olvidar al resto del mundo, y solo entonces sentí todos los ojos clavados en mí.

Caminé, guiada por Ismael, hasta que el pavimento de la calle cedió su lugar a la piedra del muelle junto al canal y el sonido del agua silenció la algarabía.

Habíamos ido a parar al canal de San Barnaba, donde Sagredo tenía amarrada la motora, una espléndida Riva de brillante madera rojiza.

Ismael me ordenó acomodarme en el asiento y desató el nudo que la ataba al poste, para a continuación impulsar la barca con un par de largos remos. La proa se deslizó sobre las aguas silenciosas, y el lento movimiento de la embarcación me meció hasta que entramos en el Gran Canal.

En ese instante, Ismael arrancó el motor y se sentó a mi lado, manteniendo la velocidad poco menos que al ralentí.

Casi había olvidado lo excepcional que era Venecia.

Amaba sus calles encajonadas y sus plazas abiertas en el corazón de los barrios, pero la ciudad mostraba su verdadero rostro desde el agua.

Los palacios miraban hacia el Gran Canal como si compitieran por atraer visitantes, por publicitarse y despertar admiración.

Y todos eran tan magníficos que siempre me quedaba atónita, abstraída imaginando lo que ocultaban sus miles de ventanas.

—Ya puedes continuar. Perdona que te haya interrumpido, pero quería evitar la intervención de los vigilantes de la Hidden Society —me explicó, al tiempo que maniobraba con el timón para adelantar a una góndola.

Su forma alargada se introdujo en mis recuerdos y se dirigió directamente hacia mis pensamientos más oscuros.

—¿Quiénes? —pregunté extrañada, y él hizo una mueca, como si por un instante hubiera olvidado que tenía que explicarme cada concepto nuevo.

—Son un grupo de personas que velan por el secreto de la magia. Protegen a los humanos de los peligros sobrenaturales, y a nosotros de su curiosidad y su codicia. Hablabas de cuando derretiste con tus manos… —Me recordó.

—Exactamente… —Junté los labios, intentando recuperar parte de la rabia que me había encendido antes—.

Quizás para ti, que te has criado entre vampiros y licántropos y seres mágicos, sea algo normal, pero, para mí, definitivamente no lo es.

¿Y sabes qué más no es normal? Desaparecer.

Desaparecer siete días y luego despertarme aquí.

—Señalé el agua con el mentón—. Sucedió algo, Sagredo, estoy segura. ¡No pueden expulsarme sin más!

Ismael miraba al frente con determinación, evitando cruzarse con mis ojos y rozarme la rodilla.

—Ahora podrían hacerlo, en vista de la solución que has elegido.

Le lancé una mirada que decía «solo si se enteran» y que Ismael me devolvió, furioso.

—Me quedaban pocas opciones, me iban a expulsar de todas formas.

Ismael apenas se volvió de perfil.

—¿Quién ha dicho que te iban a expulsar?

—Tu madre.

Sentí que la lancha viraba de forma brusca y enseguida recuperaba su trayectoria.

—La decisión no depende de mi madre, sino del Colegio de la Academia, el organismo al que pertenecen todos los magistri y magistre de Venecia.

—Disculpa, pero ella se mostró muy convincente —repliqué con sequedad.

—Sí, es una de sus cualidades.

Por el tono en que lo dijo me dio la impresión de que no lo consideraba precisamente un mérito.

—Me llamó hija de Mérope. Eso no es un cumplido, ¿verdad?

Vi cómo la decepción cruzaba por su rostro y sentí alivio por no ser yo la responsable de haber provocado tal reacción. Esa decepción era un fragmento roto, y los pedazos afilados se esparcían por todas partes, demasiado separados y desportillados para volver a unirlos.

—Valmori, deberías saber que ciertos magos piensan que los humanos son una especie que está en un peldaño inferior de la etapa evolutiva.

Por eso los comparan con Mérope, la estrella menos luminosa de las Pléyades, que, según el mito, brilla con menos intensidad porque, a diferencia de sus hermanas, eligió amar a un mortal.

Se me escapó una carcajada de estupefacción, del todo espontánea, de la que por un segundo se contagió Ismael. Lo encontraba especialmente guapo cuando sonreía después de consternarse.

Recordé el mito y el matrimonio de Mérope y me encogí de hombros.

—En cualquier caso, Sísifo era bastante guay.

—Que no se te suba a la cabeza. La mayoría de los humanos son realmente repugnantes. —Su desprecio era palpable.

—¿Yo también? —pregunté, incapaz de contenerme.

Su perfil se mostró un instante y me observó como si nunca antes me hubiera visto.

—Tú no tienes rival en la línea evolutiva en lo de ser un verdadero dolor de cabeza.

Mis protestas se perdieron en el viento, así que guardé silencio mientras pasábamos bajo el arco blanco inmaculado del puente de Rialto. Me recliné en el respaldo para disfrutar de su diseño y lo contemplé al revés, reflejado en el canal, dibujando un círculo perfecto.

—Te habría defendido, Valmori. Quería ayudarte para que te quedaras, antes de que eligieras engañarnos. —Echó un vistazo a la bolsa de litio que aún llevaba en la mano.

Me habría gustado gritarle que aquella frase llegaba tarde, que me había sentido sola y desesperada, y que la habría necesitado antes.

—Podrías habérmelo dicho —fue todo lo que pude soltar.

—Creía que lo sabías. Pensaba que nos entendíamos muy bien. —Sus palabras dejaron suspendido en el aire un «En cambio…».

—¿Y ahora qué? —pregunté, con un nudo en la garganta.

—La Hidden Society te juzgará, investigará tu caso y te echará de Seledia.

Me levanté de un brinco y me tambaleé peligrosamente en la lancha.

—¿Lo dices en serio?

—Totalmente en serio —replicó Ismael, cuya voz había recuperado la decisión.

—Para ti todo serán ventajas. Si me voy, volverás a ser el magister más joven de la Academia y te librarás del compromiso de tener que acompañarme.

Extendí los brazos para tratar de ocupar todo el espacio posible, con la esperanza de que Ismael se fijase al menos un poco en mí y me tuviera en cuenta.

—Creo que la magistra más joven fue Patrizia Soderini.

Crucé los brazos sobre el pecho.

—¡No estamos hablando de eso!

Ismael se desvió con suavidad hacia la izquierda, siguiendo el curso del Gran Canal.

—Si quieres que te responda, sí, será una liberación poder retomar mis asuntos.

No debería haberme dolido tanto, pero su respuesta hizo mella en un punto débil que creía haber conseguido endurecer con el tiempo.

Pasamos junto a la estación de Santa Lucía y un momento después la laguna se abrió ante nosotros. Ismael aceleró, dibujando una larga cola de espuma blanca a nuestra espalda. Venecia empezó a quedar muy atrás. Pronto volvería a verla.

Pronto volvería a ser mi único mundo.

«¿Y si, junto con los recuerdos de la magia, también tenían que arrebatarme la esperanza que siempre había albergado, mi creencia en lo fantástico?».

La idea me debilitó las rodillas y me derrumbé en el asiento. No estaba dispuesta a vivir en la apatía gris de los que no ven más allá de las apariencias. De los que no creen.

Hundí los dedos entre mi pelo, apoyando las frías yemas en las sienes. Tenía que pensar, encontrar una solución.

La silueta de la Academia ya había aparecido y en pocos minutos atracaríamos en el islote de entrada, donde se frustrarían todas mis esperanzas, y en unas cuantas horas sería obligada a abandonar mis recuerdos.

«Mis recuerdos».

Un pensamiento se encalló entre la miríada de ideas.

—Sagredo, ¿te acuerdas del día de mi examen en la universidad, cuando me pusiste un notable raspado?

Vi a Ismael pasar revista a la escena con rapidez: conocía la forma en que sus ojos barrían de un extremo a otro el horizonte, en realidad, prestando atención a lo que sucedía en su cabeza.

—Claro que me acuerdo. ¿También planeas hacer trampas en el próximo examen?

Emití un sonido de fastidio y me permití una sonrisa que intentaba imitar la suya.

—¿Y tú planeas dejar que otros alumnos utilicen tu pluma guardarrecuerdos?

Los dedos de Ismael se aferraron al timón y sus brazos se tensaron. Sus ojos permanecían firmes a causa de mi comentario.

—¿Te ha comido la lengua el gato? Me pregunto si al director Panfilio le alegrará saber que su segundo magister más joven dejó que una chica le arrebatara un artefacto que utilizó para borrar la memoria de su propio nombre.

Volví a reclinarme en el asiento y, aunque Ismael continuaba impertérrito, con la mirada al frente, supe que veía mi sonrisa de satisfacción ante su silencio.

—Eres mucho peor de lo que imaginaba, Valmori.

—En todo caso, sigo siendo mejor que tú —me limité a responder.