Anillos y estrellas (The Hidden Society 1) Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

—Oh, no, eso no es posible. El artefacto se creó para que se utilice solo de forma voluntaria y por aquellas personas que tengan una mente libre de pensamientos negativos. No hay manera de engañarlo.

Comprobé que el mundo dejaba de moverse y se volvía más estable bajo mis pies.

—No es usted una maga, ¿verdad? —preguntó el tendero, dándose una palmada en el bombín que llevaba, ignorando mi estado de agitación, o tal vez sin advertirlo.

—¿Cómo lo ha sabido? —repliqué, distrayéndome de la crisis que acababa de tener al interceptar mi imagen en un espejo.

—Viaja ligera para ser una maga, sin artefactos.

Y si lo fuera, no necesitaría que le recomendaran mi negocio.

En la ciudad, todo el mundo lo conoce y ha comprado aquí al menos una vez.

Y todos saben que la primera regla es tocar.

—Señaló la oca con su rechoncho dedo índice—. Debería haberla ayudado.

Me coloqué el asa de la cartera al hombro con nerviosismo y miré alrededor, en busca de más objetos en apuros, para remediar mi error.

—Me pregunto qué será usted —manifestó, rascándose la sien con las desgastadas yemas de los dedos—.

No es lo bastante pálida como para ser una noctivaga; desprende un aroma agradable, lo que descarta a todos los licántropos y bestias por el estilo.

Creo que también puedo descartar a las sirenas, porque, bueno, son impresionantes, de una hermosura inimaginable.

Lo fulminé con la mirada.

—Le diré lo que ya nunca seré —le solté, interrumpiendo su enumeración de criaturas—: cliente suya.

Cuando hice ademán de marcharme, el dueño saltó desde el mostrador y se paró delante de la puerta, postrándose en una reverencia que provocó que se le cayera el bombín y que casi se besara las rodillas.

—Perdón, perdón —graznó, levantándose lo justo para recibir mi absolución.

Se lo hice pagar con unos segundos de silencio.

Ceñí la pulsera con los dedos. Los últimos días había dedicado horas a mirar el brazalete, rogándole en silencio que brillara.

Sentada en la cama, con las piernas cruzadas, había inspirado y espirado con furia hasta sentir un ardor en la garganta.

Imaginaba mi energía como una gota suspendida en el aire y, respiración tras respiración, intentaba concentrarla en el brazo.

Tal vez mi magia llevaba años atrofiada y la única gota que me quedaba necesitaba revitalizarse para que los glifos la percibieran.

Era mi última esperanza. Lo fue hasta que caí exhausta sobre la cama, mareada por el repentino consumo de oxígeno.

Entonces me acurruqué entre las mantas para abrir la puerta al pensamiento que había mantenido en la retaguardia durante días.

—Necesito litio —manifesté sin más y, de pronto, el hombre se movió, indicándome que lo siguiera.

Lo había descubierto en mi primera clase de Astronomía, Leo lo había reiterado durante una charla, y más tarde lo confirmé en las páginas de Comprende en el acto cómo se hace un artefacto .

El polvo de estrellas, por lo general, era imperceptible a simple vista y, para hacerlo brillar, se utilizaba litio.

El mismo polvo que contenía mi pulsera. La misma reacción que se esperaba de mis poderes.

Claro que eso significaba hacer trampa, y nunca en la vida había caído tan bajo, pero lo hacía por una buena razón. Nadie parecía creer en el poder que se había manifestado en el callejón, así que solo podía confiar en mí misma para descubrir la verdad.

¿Qué tenía que perder? El peor destino al que podía enfrentarme era la expulsión, nada diferente de lo que me esperaba si seguía inspirando profundamente como una cumpleañera ante cien velas. No, por eso había decidido intentarlo todo para quedarme.

—Aquí tiene —dijo el tendero, extrayendo de un baúl una bolsita de arpillera con una etiqueta que indicaba el contenido—. Son treinta pepitas.

Titubeé. Bianca no había mencionado el dinero mágico, y yo, desde luego, no tenía.

—Eh…, señor…

—Lodovico Centoquarzi —se presentó, alisándose el mechón de pelo que caía lacio sobre su frente.

—Señor Centoquarzi —repetí, segura de que era un nombre inventado—, soy la ayudante de la magistra Domiziana Falier. ¿Sería tan amable de ponerlo en su cuenta?

El tendero soltó un silbido apagado.

—¡Oh, magistra Falier, qué honor, qué honor! Pero me temo que no puedo. Es más, conociendo su fortuna, ahora me arrepiento de no haberle pedido más pepitas.

Rebusqué en mi cartera, pero no encontré nada salvo un bloc de notas, mi estuche, la carta del tarot de las estrellas y mi monedero. Lo saqué y le enseñé un billete de veinte euros y mi tarjeta de débito.

Lodovico negó con la cabeza.

—Lo siento, vuelva cuando tenga dinero —sentenció, devolviendo la bolsita a su sitio.

—¡No! —grité. No tendría ocasión de volver. Pensé rápidamente y estiré el brazo derecho, mostrando la fina pulsera gris que me había regalado Domiziana—. Esto debe de valer mucho. Más de treinta pepitas. Hagamos un trueque.

Lodovico se acercó, intrigado.

—¿Puedo? —preguntó, y yo asentí.

Tomó mi mano entre las suyas y examinó la joya, pero sus labios se curvaron en un gesto escéptico.

—Hum… No me serviría de mucho. Es un artefacto fabricado para la persona a la que está destinado. Reutilizado perdería su eficacia. Consérvelo, la protegerá.

Yo también observé la piedra porosa, sintiéndome una imbécil por no haber concluido antes que podía tratarse de un artefacto.

Pero el comerciante no me dio tiempo a reflexionar. Enseguida me giró la muñeca y me descubrió la palma de la mano.

—¿Por qué no me paga con unas gotas de su sangre?

Me sorprendió la serenidad de su expresión.

—¿Sangre…?

—¿Qué pasa? —dijo frunciendo el ceño—. Es una de las formas de pago más extendidas en la Hidden Society. A menos que… —Las pestañas descendieron sobre sus ojos y me estudió con creciente atención. Y con sospecha.

—Está bien, está bien —me apresuré a decir—. Pensaba que unas gotas no bastarían para sus excelentes productos.

La sonrisa de Lodovico se ensanchó de oreja a oreja.

—Solo tomaré unas cuantas.

De manera apresurada, para que no pudiera echarme atrás, sacó de su chaleco una ampolla que terminaba en una hoja similar a la de una plumilla y me hizo un corte en el centro de la mano.

La sangre brotó al instante y fluyó por el surco hasta llenar el vial. Centoquarzi lo tapó con una sonrisa de satisfacción y me ofreció una nuez de pomada.

—Preparada por la mejor chamana de la península —precisó.

Extendí la crema por la herida, apretando los dientes a causa del dolor.

Era similar al escozor que me infligía el papel cuando me abría las yemas de los dedos, un dolor al que estaba acostumbrada y que el remedio mitigó enseguida.

Instantes después, solo quedaba el corte, pero sin rastro de hemorragia.

Le di las gracias al tendero y salí abrazada a la bolsita de litio.

Vislumbré el sol ocultarse más allá de los tejados de Venecia. Solo tenía que regresar a la Academia, ocultarle el litio a Ismael y la pulsera empezaría a brillar al anochecer.

Tomé la calle de Le Boteghe y atravesé la marea de turistas que merodeaban en torno a los escaparates.

Había aprendido a sortearlos en todas las zonas de la ciudad.

En las plazas, se movían sin orden, como granos de arroz en una cesta; en los puentes, se asomaban a las barandillas, enarbolando sus teléfonos, mientras que en las calles comerciales se desplazaban de un lugar a otro con exasperante lentitud.

Aminoré el ritmo para verlos pasar y capté algún retazo que otro de conversaciones que alguna vez yo también había mantenido: el plan de un viaje, una cena aplazada, bombones demasiado caros y un cargador de móvil roto. Los insignificantes y habituales contratiempos de la rutina cotidiana.

«¿Cuándo dejó de merecer la pena?». La pregunta hizo que mi lengua se hundiera en el fondo del paladar, donde permanecían las palabras que no me atrevía a articular, ni siquiera mentalmente.

Necesitaba que sonase un concepto para comprenderlo, y todo aquel tiempo había logrado acallar mis dudas.

Estaba dispuesta a hacer trampas con tal de no volver a vivir como la gente que pasaba a mi lado.

¿De verdad esa vida era tan mala? Me fijé en tres amigas que acariciaban a un gato callejero y en un par de chicos que bebían sentados al borde del canal.

Quizás no era tan mala, pero eso no significaba que no desease algo más.

Se suponía que así eran los deseos: no una súplica para no hundirse, sino chispas de felicidad.

—¿A qué viene tanta prisa, Valmori?

Ismael estaba apoyado en el muro de la calle de Le Boteghe con una expresión satisfecha por haberme pillado in fraganti. Un soplo invisible de escarcha me paralizó, e intenté no parecer demasiado culpable.

—Un recado para Bianca —mentí, enredándome con las palabras mientras jugaba nerviosamente con el asa de mi cartera. ¿Cómo era capaz de encontrarme siempre?

—Pensaba que ya había quedado demostrada tu ineptitud para mentir.

¿Crees que disfruto en el papel de ángel de la guarda?

Hubiera preferido quedarme leyendo todo el día en mi biblioteca.

En cambio, acepté acompañarte a casa de Domiziana, y tú me lo pagas escabulléndote.

—Ismael se cruzó de brazos, y los anillos de latón que llevaba en los dedos reflejaron el último rayo de sol.

Entonces, sus ojos color terracota se posaron en la bolsita que llevaba en la mano y su expresión pasó de la confusión a la sospecha—.

¿Me puedes explicar por qué has comprado litio?

Y no me digas que es para Bianca, porque ella accede a las reservas de la Academia.

Fruncí los labios, mientras calculaba qué mentira resultaría lo bastante creíble para justificar el litio. Sin querer, mi mirada se posó en los glifos de la pulsera.

—Tenía mejor concepto de ti, Valmori.

Su voz fue como un latigazo gélido, como la primera ráfaga de viento tras la puesta de sol.

Me arrebujé en la gabardina, y casi susurré para no llamar la atención de los transeúntes.