Capítulo 11
Me pasé el día siguiente encerrada en mi habitación, repasando mentalmente el plan que había urdido.
Mi cartera estaba abandonada encima de la cómoda y en la papelera se veía la octavilla estrujada de la Noche de Polaris, que, por lo que había averiguado, era una fiesta de invierno que se celebraba en la Academia.
Ser expulsada de Seledia significaba perderme la fiesta y muchas más cosas.
En un arrebato, había estrujado el albornoz y lo había lanzado en dirección a la ventana, donde se confundía con las cortinas.
Todo era tan azul… No estaba segura de ser capaz de soportar ese color cuando regresara a mi vida.
Suponiendo que conservase la memoria, claro.
Me acerqué a los cristales para contemplar la Academia más allá del puente cubierto, con su laberinto de torretas y cúpulas y pasarelas semidesérticas. Nunca las recorrería, ni exploraría todas las bibliotecas ni vería una bandada de cometas surcar el cielo de agosto.
El despertador de mi mesilla dio las cuatro.
De allí a un rato partiría con Ismael de regreso a Venecia.
Me había enfundado mi antigua ropa a trompicones; la falda me pareció rígida e incómoda, y la gabardina, tan áspera que me pasé la tarde rascándome los codos.
Le había pedido a Ismael que me acompañara a la ciudad porque quería hablar con Domiziana, pero cuando me dejó en la entrada de la casa, en lugar de subir al ático, crucé el jardín y salí por la parte de atrás.
Habían transcurrido dos días desde nuestro encuentro en la Gran Biblioteca y, en ese tiempo, Ismael no intentó acercarse más de lo necesario.
Se presentaba preparado para cada lección y me explicaba temas nuevos sobre las cuatro artes.
Por mi parte, había empezado a leer cartas astrales y aprendido sobre la influencia de las gemas, por supuesto sin demostrar ningún poder práctico, de ahí que a magistra Poluaro se le hubiera ocurrido consolarme regalándome un anillo de ámbar.
—Lleva tu nombre —me comentó guiñándome un ojo, como si conocer ese dato nos vinculara en secreto.
Le agradecí el regalo y me puse el anillo en el dedo corazón.
Siempre podría resultarme útil si sufría un nuevo vacío de memoria sobre mi identidad.
Tras el encuentro con la vidente, el episodio no se había repetido y, aparte de los siete días fatídicos de mi secuestro, los recuerdos permanecían bien anclados donde debían estar.
Todo lo contrario a lo que había sucedido durante mi recuperación, pues me costó un montón volver a los libros, hasta el punto de que estudiar se convirtió en una auténtica pesadilla.
En cambio, ahora absorbía como una planta sedienta las informaciones a cuentagotas que me comunicaban sobre la magia.
Incluso había empezado a hojear el libro que me había prestado Ismael, Comprende en el acto cómo se hace un artefacto , por más que el mero hecho de tenerlo entre las manos me devolviera al momento que habíamos compartido y a nuestros cuerpos a un milímetro de distancia, pegados entre las estanterías.
Se trataba de una guía elemental que empezaba contando cómo se usaban los artefactos en el pasado, cuando magos y magas trabajaban codo con codo con los seres humanos, poniendo sus vastos conocimientos al servicio de diversas civilizaciones.
Astronomía, química, matemáticas y muchas más disciplinas que permitieron la construcción de impresionantes edificios como las pirámides o la invención de materiales como el hormigón de los romanos, cuya fórmula seguía siendo un misterio para la humanidad.
Cada línea que leía reforzaba mis ganas de quedarme en la Academia de Seledia.
Abandoné con disimulo los arbustos del jardín y me metí por la puerta de servicio que daba al Campo Santa Marina. La calle me resultaba muy familiar, pues la recorría a diario para ir a Ca’ Foscari.
Había aprendido a evitar los rincones más concurridos de aquel laberinto de estrechos callejones y puentes de piedra.
Existía otra Venecia aparte de la dibujada en las rutas de los mapas turísticos, oculta entre los patios adoquinados.
Había sido mi ciudad durante cuatro felices años.
Y una parte de mí, silenciada por la lógica, siempre había acariciado la esperanza de que detrás de los frisos desconchados con extrañas criaturas aladas y de los muros cubiertos de hiedra pudiera haber otro mundo, uno cuyo corazón no se hubiera agostado.
Sonreí al viento cuando entré en el animado barrio de Dorsoduro.
Octubre se presentaba como de puntillas, aportando una brisa agradable y un tapiz de nubes que a Bianca le habrían encantado; me había resultado sencillo sonsacarle el nombre del mejor gran almacén de magia de Venecia y las indicaciones para encontrarlo.
El sonido de su voz todavía me acompañaba, y despertaba un vago sentimiento de culpa por haberle mentido.
«Solo le he mentido un poco», me justifiqué, mientras doblaba hacia la calle de Le Boteghe, donde se sucedían pequeñas galerías de arte, tiendas de alta costura y muchos otros pequeños negocios que parecían estar allí desde siempre.
Domiziana solía frecuentar aquella calle para hacer sus compras, y ahora sabía por qué motivo.
Seguí las instrucciones de Bianca y llegué a la pastelería Fiammenghi, a partir de la cual conté doce pasos largos pasos hacia el oeste antes de detenerme.
Durante un momento, no vi nada más que una pared de ladrillos y una gran maceta de belladona que trepaba por un canalón.
Cerré los ojos y me concentré. Sabía que allí había algo, lo sentía, como cuando advertía una presencia detrás de mí a pesar de no poder verla.
Un instante después apareció una puerta. Mejor dicho, no apareció, porque siempre había estado allí. Miré a mi alrededor. Los transeúntes pasaban a mi lado sin reparar en mi persona, y tampoco nadie me prestó atención cuando me acerqué a la entrada.
Era una puerta de madera de color violeta con un pomo de bronce en forma de llave y un cartel en letras de imprenta que decía: GRAN ALMACÉN CENTOQUARZI.
DESDE 1612 . Tragué saliva. Por primera vez en meses, la descarga de adrenalina que me recorrió no respondía a un ataque de pánico, sino que era una invitación a la aventura.
Abrí y me quedé sin palabras. Frente a mí se extendía un negocio demasiado grande para estar encajado entre la pastelería y la sastrería de al lado. Sin embargo, estaba allí.
Me interné en un local donde cada centímetro de pared estaba ocupado por repisas decoradas en las que los objetos se apilaban uno encima de otro como si esperasen a ser elegidos: mazos de naipes, canicas, tarros de cristales tintados, figuras en miniatura y una cantidad desmedida de talismanes con signos intrincados.
Me moví con cautela entre islas llenas de velas de todas las formas y tamaños, mientras elaborados colgantes de cristales y piedras que apenas había comenzado a reconocer colgaban del techo.
Tan pronto como cerré la puerta y dejé de escuchar el bullicio de Venecia, me di cuenta de que el almacén estaba igual de animado.
Se sucedían bocanadas de vapor y el crujido de engranajes mal engrasados, y el viento hacía sonar campanas instaladas quién sabe dónde.
Al pasar junto a una estatua baja de un tucán, el suelo rechinó.
—Señorita, ¿qué venturoso viento la trae por aquí?
Mi corazón dio un brinco y me giré hacia el mostrador y hacia el hombre que estaba casi tumbado encima de él, con el codo plantado junto a la enorme caja registradora y la papada apoyada en la palma de la mano, exhibiendo un gesto pensativo.
Sus ojos parecían un par de pequeñas monedas que relucían y me observaban como si me evaluara. Pasados unos segundos, comprendí que él no me miraba a mí, sino a los objetos que llevaba, en particular a la pulsera blanca que asomaba por mi manga. Instintivamente me la tapé con la palma de la mano.
—Una amiga me ha recomendado su tienda —dije, al tiempo que miraba una oca de cerámica que intentaba mover sus patitas palmeadas.
Cuando se percató de que la miraba, abrió el pico con ímpetu, profiriendo un «cuacuá» que me sonó como si se hubiera ofendido.
Abrí los ojos de par en par, lo cual provocó una estrepitosa carcajada del propietario, que se agarró el chaleco y estuvo a punto de caerse del mostrador.
Lo ignoré y me acerqué a un escritorio con los cajones abiertos en el que se mostraban artículos de papelería y una pirámide de frascos de tinta negra, azul y verde.
Me fijé en una pila de marcapáginas de tela y en un goniómetro.
Me abstraje examinando la colección de estilográficas, plumas y plumillas, hasta que me detuve en una que me resultaba familiar.
Era fina y estaba decorada con un ocho alargado.
Era idéntica a la de Ismael. La cogí para examinarla de cerca.
—Es una excelente opción para aquellos que deben lidiar con un gran volumen de información —comentó el propietario, echando un vistazo a mi elección—. Además, es uno de los pocos artefactos que se cargan de magia, de manera que puede usarlo cualquiera, hasta que se descargue, claro.
—¿Cómo dice?
El tendero señaló una caja de recargas de tinta.
—Me refiero a esa pluma guardarrecuerdos.
Los estudiosos la utilizan para librarse de informaciones superfluas.
Cuando se emprende un estudio amplio, a veces sucede que el coco se llena de ideas incorrectas que a uno le gustaría olvidar, y entonces esa pequeña joya viene muy bien.
Permite a quien la usa olvidarse de lo que escribe.
La apreté, y mi mano empezó a temblar de manera intensa.
—¡Es terrible! —mascullé—. ¿Y si una persona se ve forzada a olvidar algo? —pregunté, sintiendo cómo el vértigo desplazaba mi peso de un lado a otro, cada vez más inestable.
El hombre negó con la cabeza de forma categórica.