Anillos y estrellas (The Hidden Society 1) Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

No supe qué contestar, porque concordaba con su opinión, pese a que no estaba acostumbrada a darle la razón. Seguí sorbiendo el té hasta que no quedó más que un fondo de hojas de menta y azúcar.

—Acompáñame, Valmori —dijo de pronto, mientras colocaba los vasos en la bandeja.

Tampoco tenía elección, pero conseguí reprimir un atisbo de curiosidad. Me levanté, me coloqué los pliegues de la falda y caminé tras Ismael hacia el fondo de Sotobóveda.

Entre las estanterías más recónditas reinaba la penumbra, y los libros parecían susurrar con el crujido de las páginas de papel antiguo. Reprimí el deseo de deslizar el dedo índice por los lomos en relieve y extraer al menos uno.

—¿Adónde vamos? —musité. Ya había perdido el sentido de la orientación. La Gran Biblioteca era mucho más vasta de lo que permitían entrever sus muros y se extendía alrededor de Sotobóveda sin que se vislumbrase el final.

—Aquí debería bastar —dijo Ismael, deteniéndose en un pasillo no muy distinto de los demás.

Miré a mi alrededor. Las escasas mesas de lectura estaban desiertas y solo había un par de faroles encendidos.

El olor a tinta se percibía más intenso, y el silencio resultaba tan opresivo que cada pequeño rumor se hacía notar.

Entorné los párpados para distinguir los títulos en la penumbra y me di cuenta de que los libros de la estantería que tenía a mis espaldas eran para niños.

No me sorprendía que aquella sección estuviera vacía, lo que me trajo a la mente uno de los muchos interrogantes que rondaban mi cabeza a mi llegada a Seledia.

—¿Existen escuelas infantiles de magia? —pregunté, revisando los lomos de los volúmenes a una distancia prudencial para evitar el rechazo de la magia de Gritti.

—Ya has tenido ocasión de conocer a los profesores.

—Ismael se colocó a un paso detrás de mí—.

Se emocionan cuando pueden pasar un día encerrados en la biblioteca, estudiando.

Un montón de mocosos correteando por su querida Academia es el menor de sus deseos.

Por otra parte, si nos atenemos a un criterio objetivo, para llegar preparado a Seledia es imprescindible contar con conocimientos básicos de lengua, historia, matemáticas y demás disciplinas.

—Imagino, entonces, que después de la escuela recibías instrucción mágica directamente en tu palacio.

—Con los mejores magistri —afirmó abiertamente—. Igual que el resto de jóvenes magos. Entre nosotros, no hay privilegiados; es más, tuve que compartir lecciones con mi cargante hermano pequeño.

Me volví para mirarlo fijamente y me llevé una mano a la frente.

—¡Qué desdichada suerte!

Mis ojos empezaban a adaptarse a la oscuridad y pude ver con claridad cómo tensaba los labios.

—Muy graciosa, Valmori, y yo empeñado en enseñarte esto…

—¿Qué?

Me disponía a girarme en busca de algún detalle que me hubiera pasado desapercibido cuando un segundo paso adelante de Ismael me obligó a retroceder para no encontrármelo encima.

Mi espalda chocó con la estantería. Sentí el débil gemido de la madera y las aristas se me clavaron en las caderas y los omóplatos. Detrás de mí, los libros se movieron, sacudidos por el leve golpe, pero al fin se impuso el silencio.

—¿Qué haces? —susurré, con los pensamientos desbocados e incapaz de razonar con claridad.

Ismael se inclinó hacia delante, apoyando un brazo sobre mi cabeza, y por un instante percibí una mueca de dolor que le contraía la mandíbula, aunque se recuperó enseguida.

—¿A ti qué te parece? —Sus palabras sabían a menta y a azúcar, y me acariciaban la piel.

No respondí. La única respuesta que aparecía ante mis ojos eran sus labios.

Deseé no saber lo suaves y cálidos que eran.

Deseé no darme cuenta de cómo se curvaban las comisuras en una promesa tácita de identificar exactamente en qué estaba pensando.

¿Era capaz de leerme la mente con tanta facilidad?

No, se debía a la emoción que me embargaba.

Intenté bajar la mirada, pero Ismael me pasó dos dedos por el mentón.

No pasó de ser una simple caricia, pero mi cuerpo ignoró mis súplicas y siguió su roce hasta que alcé el rostro hacia el suyo.

—¿Lo ves, Valmori? Ni siquiera necesito mis anillos para hacerme obedecer —pronunció muy despacio. Yo me electricé ante la verdad de su afirmación.

Ya no era una ilusión suscitada por una estatuilla. Cada parte de mí deseaba cada parte suya. Odiaba esa sensación, y por eso sabía que era real. Lo fulminé con una mirada que encerraba todo el desprecio que albergaba hacia mí, por sentirme tan atraída por él y, de improviso, Ismael vaciló.

Fue un instante. Su sonrisa se quebró y sus ojos lanzaron un destello de alarma que se disipó tan rápido como había aparecido.

—Aquí tienes. —Me guiñó un ojo y bajó el brazo, mostrándome un pequeño volumen amarillo.

Me dio un golpecito en la frente con el lomo del libro y me lo entregó—.

¿Te has fijado en que la librería no te ha rechazado?

He descubierto un fallo en la magia de Gritti.

Se olvidó de proteger las estanterías de los libros infantiles.

Evidentemente, los considera superfluos…

, pero, a diferencia de las obras especializadas en las cuatro artes, este ofrece una panorámica más amplia de nuestro mundo.

—Señaló el librito con el dedo índice, giró sobre sus talones y se apartó.

—El ejercicio de esta noche consiste en que encuentres el modo de salir de aquí. Buena suerte —se despidió con la mano y desapareció tras una esquina.

La biblioteca retomó su silencio y me quedé sola con los susurros de los libros y el estruendo de mi corazón.

No me moví de aquel rincón. Mis dedos se aferraban a la cubierta de Comprende en el acto cómo se hace un artefacto , de Beatrix Grimad, y no la soltaban.

Sin ella, quizás me habría encerrado en mí misma, convencida de que era todo un sueño.

Por el contrario, la verdad era tan real y tangible como aquel librito.

Ismael Sagredo no había hecho nada que yo no deseaba que hiciera cien veces más.

Todavía lo odiaba, tal vez más que antes.

Lo odiaba porque no había un rasgo de sus irregulares facciones que no quisiera acariciar.

Lo odiaba porque acababa de poner entre mis manos una ayuda para que me quedase.

Lo odiaba porque, a diferencia de él, yo no era capaz de interpretar lo que había más allá de los ojos.

Levanté la pulsera blanca y la decisión se formó con claridad en mi cabeza.

O brillaba por sí misma, o sería yo quien la encendiera.