Capítulo 10
Faltaban tres días para la luna nueva y la pulsera no tenía visos de encenderse.
Había seguido asistiendo a clases y había devorado cuatro libros autorizados por Gritti sobre los fundamentos de las artes.
Leía cada vez que disponía de un segundo de descanso, me quedaba dormida sobre las páginas abiertas de cualquier obra, animada por mi farolillo, que zumbaba al chocar con las cortinas de la cama con dosel.
Era emocionante leer tratados académicos sobre temas que, por lo general, se consideraban patrañas.
Debía admitir que el mundo y la historia cobraban sentido cuando se observaban bajo el prisma de la magia; por eso, la perspectiva de regresar a la vida normal me hacía sentir como si estuviera condenada a sufrir una segunda pérdida de memoria.
Y probablemente ese sería mi destino si no conseguía que la pulsera brillara en tres días.
Estaba más convencida que nunca de que el colgante era mi marbiri .
Quizás era una maga defectuosa, el resultado de una Enea genética atolondrada y débil, pero aun así digna de quedarme allí.
Mil preguntas se turnaban para atormentarme, así que me propuse anotar mis prioridades en un cuaderno y empezar por ellas.
«Pulsera de glifos».
La elección resultó sencilla. Contaba con unas setenta horas para hacerla brillar, tras las cuales tendría que despedirme de Seledia.
No persistiría en el empeño de no tener tan claro lo que había sucedido en el callejón.
La temperatura de mi piel había aumentado de manera vertiginosa.
Estaba segura de que eso no encajaba con las características de los seres humanos. Lo cual me llevaba al segundo punto.
«¿Quién soy?».
Me entró la risa al escribir la frase; al principio, una vibración alegre, luego casi con histeria.
Era el tipo de pregunta que escribía en mi diario a los quince años, en busca de una respuesta del estilo de: «Puedo ser la reina del colegio, hacerme acompañar por dos amigas fieles y mirar a todo el mundo por encima del hombro», o «Quiero ir al colegio en pijama, llevar mi enciclopedia de sudokus e intentar batir el récord mundial de ejercicios correctos».
Años en los que sentía que podía ser cualquier cosa, aunque nunca realmente yo misma.
Más tarde, cuando me matriculé en la universidad y pensaba que nada conseguiría quebrantar mi serenidad, tuvo lugar mi desaparición. Y entonces aparecía el tercer punto.
«Mi colgante».
¿Cómo podía haber sido tan tonta y no darme cuenta de que era un artefacto y, casi con seguridad, mi marbiri ? Me llamé estúpida en varias páginas del cuaderno hasta que por fin concluí que dedicarme a buscarlo resultaría más productivo que lamentarme.
Ismael me había citado en Sotobóveda a la hora del té para ayudarme a repasar el papel que juega la respiración a la hora de activar la magia.
Había guardado silencio sobre mi fracaso en la prueba del arte arcano para concentrarse en los días que faltaban para la luna nueva.
Como había afirmado Leo, era difícil saber lo que le pasaba por la cabeza.
La relación entre nosotros se había calmado, había alcanzado un equilibrio regido por un propósito común.
Ismael deseaba hacer un buen papel como magister , y yo soñaba con quedarme en la Academia, así que repetía mi objetivo a las estrellas cada noche, antes de dormirme, con la carta del tarot en la mano.
Un par de zapatos rojos se interpusieron en mi camino.
Al levantar la vista, me topé con Mahasa Torkan parada en mitad del sendero, impidiéndome el paso.
Miré alrededor. Había tomado una calle lateral semidesierta para evitar los soportales más concurridos y estar a solas con mis pensamientos.
No parecía una coincidencia. Me buscaba.
—Profesora Torkan —la saludé, con la esperanza de poder continuar. Obviamente, no me lo permitió.
—¿Ha quedado con mi hijo? —preguntó, enfatizando el posesivo.
Enderecé la espalda y me ajusté el cinturón de la falda, asegurándome de que los pliegues de la blusa estuvieran bien estirados.
—Sí, voy a reunirme con magister Sagredo —respondí.
—¿No le concede ni siquiera un día libre? —Me miró como si yo fuera una carga.
—No fui yo quien se lo pidió.
La mujer estalló en una carcajada sorda que no tenía nada de divertida. Sospeché que la había soltado solo para enseñarme los dientes.
—No nos engañemos, cualquiera querría pasar tiempo con mi hijo, sobre todo una hija de Mérope, como usted. Si no se lo hubiera ordenado Panfilio, no se dignaría a dedicarle ni una mirada.
Tragué saliva. Ignoraba qué quería decir con ser una hija de Mérope. No me sonaba a cumplido. Sin embargo, el trago más amargo fue darme cuenta de que decía la verdad. Ismael estaba conmigo solo por obligación.
Magistra Torkan sonrió ante mi mutismo y fijó sus ojos de color terracota en la pulsera.
—Dentro de tres días ya no tendré que preocuparme de que su compañía lo distraiga de sus estudios.
Ismael está destinado a grandes logros. Es uno de los magistri más jóvenes de Seledia y un arcanista del más alto nivel.
Pronto será el heredero del palacio Sagredo.
—Chasqueó la lengua contra el paladar—. Aunque usted ni siquiera puede intuir de qué le hablo.
Me lanzó una última mirada capaz de fundir las piedras y me adelantó a grandes zancadas.
Llegué de mal humor adonde me esperaba Ismael.
Dejé los zapatos a un lado de la alfombra donde nos retirábamos para hacer los ejercicios.
Ismael había ocupado una de las celdas reservadas a la meditación, donde apenas se sentía ruido y el ambiente estaba impregnado del olor a las hojas de menta azucaradas que fermentaban en el té.
Me senté en el extremo contrario y crucé las piernas bajo un cojín.
—Llegas tarde —comentó Ismael, tan rígido como un atril instalado en medio de una habitación.
—Lo siento —me limité a contestar, sin ánimo para revelarle la conversación con su madre. Con unas pocas palabras había conseguido aniquilar el escaso optimismo que me quedaba.
Ismael no dijo nada, pero respiró hondo y cerró los ojos, la señal de que debía imitarle y empezar a concentrarme en la respiración.
Obedecí y estiré la espalda, intentando inhalar todo el aire posible.
Lo impulsé hacia abajo para hinchar el vientre y contuve el aliento hasta sentir que me ardían los pulmones.
Intenté apresar aquella sensación. En el callejón, había empezado así. Luego, el calor se extendió por todo mi cuerpo y mis manos derritieron la piel de mi agresor. Estaba bastante segura de que aquello era magia. Si pudiera repetirlo…
Uní las manos entre los muslos y palpé la pulsera. Fría. Apagada. En cambio, mis pulmones estallaban en llamas. Exhalé, derrotada, y me preparé para repetir el proceso.
—No lo consigo —murmuré, abriendo los ojos.
—Si no pudieras respirar, estarías muerta —comentó Ismael en tono lapidario, sin abrir los ojos.
Le lancé una mirada de la que no se percató y me quedé atrapada en la perfecta inmovilidad de su cuerpo. La frente distendida y la mandíbula relajada le otorgaban un aura de paz. Solo la respiración que movía su pecho lo distinguía de una fantástica estatua. Sus labios eran sencillamente perfectos.
Sentí que mi dedo índice se estremecía al recordar que lo había lamido como si nada. Como si Ismael lamiera la sangre de las chicas heridas cada martes.
Sin embargo, durante toda la semana que habíamos compartido, no le había visto acercarse a ninguna maga.
Claro que era popular; en cada edificio en el que entrábamos siempre lo saludaban al menos un par de personas, y también me había dado cuenta de cómo lo miraban las alumnas.
Las mismas miradas que recibía en Ca’ Foscari.
Su boca se abrió para respirar más profundamente y esta vez el escalofrío que recorrió mi espina dorsal fue cualquier cosa menos agradable.
A la imagen de Ismael entre los cojines de Sotobóveda se superpuso aquella en la que lo estrangulaban los anillos de la serpiente y, por un instante, volví a sentirme presa de la ilusión.
Incluso allí había sentido mi respiración arder hasta el punto de pensar que iba a explotar de poder, pero, en lugar de eso, algo seguía pesando en mi pecho, atenuando cada gota de energía.
Me dejé caer sobre la alfombra. El golpe sordo hizo que Ismael abriera los ojos.
—Si no te concentras, no harás brillar la pulsera —me advirtió.
—Algunos se alegrarán —observé, apartándome un mechón de la cara.
—¿A qué te refieres? —preguntó de inmediato, en tono inquisitivo.
Sacudí la cabeza y volví a sentarme.
—No importa. ¿Un té? —supliqué.
Ismael levantó una ceja, como muestra de que no olvidaba mi comentario, pero de todas formas se afanó en remover las hojas de menta una última vez, antes de coger la tetera y verter infusión dorada en unos vasos altos decorados.
Inspiré el vapor dulce y me coloqué el vaso en la barbilla, a la espera de que se enfriara para darle el primer sorbo.
Bebimos en silencio, observando cómo el pájaro representado en la vidriera sobre nuestras cabezas alzaba el vuelo y se entregaba a una serie de evoluciones aéreas antes de posarse sobre un gran árbol y hacer que se desprendiesen algunas hojas de sus ramas.
—Es un simurg , una criatura que vive en la meseta iraní, oculto en las montañas. Se dice que esparce semillas para favorecer las cosechas. Otros prefieren pensar que reparte conocimiento.
Incliné la cabeza y miré con mayor atención: no eran hojas lo que caía, sino semillas de gran tamaño.
—¿Y es cierto? —pregunté. Aún intentaba trazar la línea entre las leyendas y la verdad de aquel nuevo mundo.
—Sí. Mejor dicho, solía serlo, cuando la civilización lo adoraba y le rogaba ayuda con las cosechas. Ahora los hombres y las mujeres envenenan la tierra para obtener más y más, y la magia se oculta —explicó con voz severa y decepción en la mirada.