Anillos y estrellas (The Hidden Society 1) Capítulo 9 #4
29%

Capítulo 9 #4

Separó los brazos y dos discos de latón se desprendieron de sus índices, como si los anillos se hubieran multiplicado.

Giraron en el aire y se agrandaron para atrapar las cabezas de las serpientes y apretar sus escamosos cuellos.

De pronto, los animales se detuvieron y se volvieron hacia el resto de la camada, dirigidos por Ismael, que movía las manos.

No sabía cómo lo había hecho, pero controlaba a dos reptiles, manejándolos como haría un auténtico encantador de serpientes.

Miré alrededor, pero no me dio tiempo ni a dar un paso porque sentí que algo se me enroscaba en la pierna. La quinta serpiente se había deslizado con sigilo y me había sorprendido por detrás, envolviéndome con su cola. Estaba erguida, lista para atacar.

No podía gritar. Mi instinto recuperó el poder que me había invadido en el callejón, aquel calor abrasador que me irradiaba desde el pecho, allí donde tenía las manos. Traté de invocarlo, de extinguir el miedo para recibir a cambio el fuego, pero mis dedos permanecieron fríos.

Y la serpiente atacó.

Logré esquivarla de milagro. Su cabeza gigante se estrelló contra la vitrina, haciéndola añicos. Durante unos segundos el animal, aturdido, silbó contra los fragmentos de cristal que se le habían incrustado entre las escamas.

Vi la espada brillar entre las esquirlas y no me lo pensé dos veces. La tomé, a riesgo de herirme los dedos, y la agité sobre la cabeza, con la intención de hundirla en la serpiente.

Fallé, por mucho.

Perdí el equilibrio y me desplomé junto con la espada, que chirrió al desprender chispas. Me tumbé de espaldas y observé cómo mi pecho subía y bajaba frenéticamente.

«Respira», me impuse. La ilusión había sido causada por la estatuilla de una diosa. Pechos y caderas generosos, una media luna en el vientre. «Ishtar», comprendí, la madre generosa, la señora de los amores.

La serpiente se abalanzó sobre mí. No pude protegerme a tiempo levantando la espada, pero algo lo hizo en mi lugar. Otra serpiente se lanzó al cuello de su hermana y la embestida las llevó hasta una pared, enredadas en una maraña de giros y silbidos.

Me volví.

Ismael había dirigido a una de las serpientes que controlaba contra la que me estaba atacando. Al hacerlo, el animal que se había quedado sin oponente lo rodeó de inmediato, envolviéndolo con su cuerpo.

Sentí que me faltaba el aliento, como si estuviera junto a él, y me puse de pie, sin saber en realidad lo que hacía.

Aferré la empuñadura de la espada y me lancé contra la serpiente, emprendí una breve carrera, levanté el arma sobre mi cabeza y se la clavé en las escamas, asestando el golpe donde no hiriera por error a Ismael.

El filo se quedó trabado y apenas conseguí arañarla, sin debilitar el apretón con el que ahogaba cada vez más a su presa.

Lo miré a la cara y descubrí las lágrimas que brotaban de sus ojos.

Con las manos libres, todavía controlaba al resto de las serpientes para que no me atacasen, pero la que tenía encima ceñía su cuello.

De sus labios cerrados apenas salía un aliento muy débil. Estaba a punto de morir asfixiado.

«Piensa, Ámbar», me ordené, con la fuerza de la desesperación.

Tenía que encontrar la estatuilla de Ishtar.

Saqué la espada y corrí entre las vitrinas en busca de las prominentes formas de la diosa, pero las piezas eran decenas y el museo parecía infinito.

Ismael me había advertido que no podía andar lejos.

Me concentré. Había estudiado las religiones del Medio Oriente e Ishtar era una de las figuras centrales.

En Mesopotamia era adorada como madre, por su belleza y la fecundidad que transmitía, pero a mi alrededor no veía ningún símbolo de abundancia, solo…

Me detuve. En las culturas más antiguas no era solo una madre.

Era la reina de los cielos, la guerrera… ¡La leona!

Di media vuelta y corrí hasta la estatua de la leona blanca.

Alcé la espada a un lado de la cabeza y esta vez no hundí la hoja, sino que golpeé con la empuñadura, apuntando a la media luna que brillaba en su frente.

El cristal se hizo pedazos, y con él la ilusión.

El espacio se quebró en mil grietas, un espejo roto en mil fragmentos, en los que se multiplicaba la transformación de la estancia.

Volví en mí en el suelo del estudio. La luz casi había desaparecido al otro lado de la ventana, y el silencio del museo solo se veía interrumpido por el ataque de tos de Ismael. Me arrastré hacia él, aún aturdida.

Estaba apoyado en el escritorio, con la cabeza hacia atrás y las fosas nasales dilatadas, respirando al ritmo frenético que sacudía la arteria de su cuello.

Gateé y me senté a su lado, incapaz de hablar.

Un instante después, una miríada de puntos luminosos se encendieron sobre nosotros.

El polvo de estrellas se había liberado de la estatuilla y danzaba en el aire como si al fin recuperara el aliento.

Ismael y yo respirábamos al mismo ritmo.

Nuestras miradas se cruzaron y se posaron en mi antebrazo.

La pulsera blanca sobresalía del dobladillo de mi camisa, con la piedra inmaculada a pesar de la pelea, pero fría y apagada.

Se me escapó un gemido y busqué el colgante en mi pecho, sin saber ya a qué aferrarme.

Mis dedos acariciaron la seda de la camisa, se deslizaron entre las solapas hasta presionar la piel del esternón.

Allí estaba la sombra de su silueta, la misma sensación que surgía cuando, sin querer, buscaba mi dedo meñique y encontraba el vacío en su lugar.

—¿Qué ocurre, Valmori? —me preguntó Ismael, y yo sabía que esas tres palabras le habían costado trabajo y dolor. No se habría permitido desperdiciarlas.

Le conté la historia del colgante. Se lo conté todo.

Por primera vez desde el secuestro, me confié a alguien que no fuera mi psicóloga, y no dudé.

Le hablé de cómo me había aferrado a la piedra incluso antes de lograr ver con nitidez los palacios del Gran Canal, de cómo la había buscado sin descanso en el hospital, sin saber siquiera por qué motivo.

Porque mis dedos la habían reconocido como la única forma familiar, mientras el resto se caía a pedazos.

Mis recuerdos eran fragmentos y revoloteaban sobre una gran oscuridad que no podía llenar, por más que me esforzase.

Y mi mano izquierda… La primera sensación había sido el aire en la parte del dedo anular: acostumbrado a estar protegido por el meñique, no conocía el vacío, y cuando intenté apretar el puño, una porción de la palma quedó inesperadamente expuesta.

Había gritado una y otra vez, y el colgante había permanecido inmóvil en el centro de mi pecho, la única ancla que me impedía desfallecer, perderme.

Había estado allí como una pieza de plomo para mantenerme en equilibrio, y yo había correspondido estrechándolo contra mí como la más valiosa de las prendas.

Lo había escondido bajo todos mis pijamas, la única ropa que me puse las semanas posteriores al secuestro.

Luego pasé a introducirlo entre los sujetadores deportivos, cuando correr me salvó, mostrándole solo los amaneceres y los atardeceres del paseo marítimo de Liguria, porque salir cuando el sol estaba demasiado alto me ponía nerviosa.

Se había mantenido en calma y silencioso cuando mis padres se enfrentaron con gritos a los periodistas acampados delante de mi casa, comprendiendo mi necesidad de tranquilidad. Y se lo había pagado olvidándome de él.

Las lágrimas bañaban mis mejillas, y me apoyé en el hombro de Ismael sin darme cuenta.

Era firme y ancho, se agitaba con su respiración, y el perfume a sándalo se intensificaba.

Esperé que se despegara, pero continuó respirando hondo.

Tal vez detestaba aquel contacto inesperado, pero abandonar a una chica que lloraba hubiera sido muy poco galante.

—¿Qué me estás pidiendo, Valmori? —dijo, midiendo las palabras.

Levanté el brazo, dejé que mi manga se deslizara y expuse mi pulsera blanca, lechosa como el día que me la había puesto.

La mandíbula de Ismael se desencajó de pronto.

—Esto es un problema, talayi .