Capítulo 9 #3
Lo miré, desorientada. Evidentemente, a diferencia de mí, mentía de maravilla.
Ni siquiera había pestañeado al atribuirme el hallazgo de la espada que, por supuesto, no me correspondía.
Eché un vistazo a mi alrededor. Al fondo de la sala había un grupito de cinco estudiantes, pero me acerqué a la ventana, observando el reflejo de Ismael y el flujo del agua a su espalda.
En el cielo ya brillaba una estrella empeñada en mostrarse a pesar de que el sol aún no se había puesto.
Uní las manos atrás y clavé los ojos en ella.
Tal vez era eso lo que significaba preguntar a las estrellas.
Depositar una confianza ciega en tus metas, hasta el punto de verlas cumplidas.
La etiqueta era una señal, y rechazarla era darle la espalda al destino.
—Mi mayor descubrimiento hasta ahora —corregí con ironía a Ismael, de acuerdo con lo que imaginé que era un juego. Tan solo volví la cabeza para ofrecerle mi perfil.
Él me miró, con los codos apoyados en una vitrina y los dedos cargados de anillos que pendían hacia abajo, como si esperaran a tirar de los hilos de un espectáculo de marionetas. Sin duda me atraían.
—¿Alguna pregunta? —me dijo.
—¿Por qué encerrar todos los artefactos entre cuatro paredes y no convertirlos en patrimonio para todo el mundo? —le complací.
Ismael entrecerró los ojos. Mi pregunta abría una discusión filosófica que tenía poco que ver con la prueba, pero mi boca había obedecido su petición, para seguir escuchándolo.
—Estos no son artefactos —precisó, señalando la colección—.
Los artefactos son objetos trabajados por las manos de los artífices.
Estas son casualidades, hallazgos escogidos por el polvo de estrellas.
Nuestro propósito, en la mayoría de los casos, es devolverlos al mundo después de haber liberado el polvo.
Si, por el contrario, te refieres a nuestros artefactos —dijo, y se levantó la capa lo suficiente como para hacerme ver las llaves que colgaban de su cinturón—, nuestras opiniones probablemente difieran.
En un mundo ideal, dejaríamos los artefactos al alcance de todos, pero es un hecho que las personas son egoístas y destruyen y saquean.
Simplemente, nos hartamos de responder a la brutalidad con bondad y elegimos ser aún más egoístas.
Y te aseguro que somos bastante vehementes con lo que deseamos.
Sus ojos relucían con un asomo de orgullo ingobernable y me miraban como si no hubiera nada más en la estancia.
Sentí que la garganta se me secaba. Siempre lo había sabido: Ismael Sagredo no era generoso.
En la universidad, no compartía sus apuntes con quien prefería pasarse las mañanas durmiendo hasta tarde, no aceptaba estudiar con quien en clase miraba el móvil en lugar de atender a las explicaciones.
Ignoraba las súplicas y exigía el máximo, tanto de sí mismo como de los demás, y siempre conseguía lo que quería.
—¿Qué puede desear quien ya lo tiene todo? —pregunté, buscando de nuevo su reflejo en la ventana.
Los labios de Ismael se abrieron, pero de ellos no salió sonido alguno, y su mirada cayó sobre mí.
Para él no había sombras en mi rostro, espacios donde pudiera esconder mis inseguridades.
Las conocía y, sin embargo, me observaba buscando más allá de la curva de mi boca y la línea suave de mis ojos.
Deseaba mi voz, mis miradas, la forma en que existía a su lado.
—El que lo tiene todo busca un espacio aún vacío en su interior.
Tragué saliva y supe que le concedería cualquier cosa que me pidiera, incluso hacerle sentir que me echaba de menos o asegurarle que la espada era en verdad un hallazgo mío, si eso servía para que me mirase de nuevo de esa manera.
La cara de Ismael se iluminó y me levantó las manos. Entre sus palmas, la pulsera blanca resplandeció.
La carcajada de mi magister resonó como un viento de esperanza, y me apretó los dedos guiándome como para que me diera una vuelta.
—Eres una arcanista, como yo. No tenía dudas, talayi .
Sentí que me mareaba y que la vista se me nublaba.
—¿Otra vez ese estúpido apodo? ¡Ni siquiera sé lo que significa! —le pregunté a la sonrisa que no se desvanecía.
—¿No te gusta? Puedo llamarte gotita de miel o decirte que eres la chica más talentosa que conozco —dijo Ismael, pero cuanto más hablaba y me dedicaba todos los cumplidos que me hubiera gustado recibir de él, más claro tenía que aquella no era su voz.
En un instante, se abalanzó sobre mí y me estrechó entre sus brazos.
—¿Qué pasa? —preguntó con más insistencia, y por primera vez experimenté la asombrosa fortaleza de sus manos.
Su cercanía era como un peso que me arrastraba hacia las profundidades.
Mi corazón comenzó a palpitar como si tuviera que luchar para volver a ascender.
Ismael no provocaba aquella clase de peso.
Si bien era arrogante y resultaba irritante si se lo proponía, con él a mi lado siempre me sentía ligera.
En aquel momento mi corazón se hundía en un lugar donde no lograba encontrarlo.
—¡Ayuda! —le grité al grupo de cinco estudiantes del otro extremo de la sala, tratando de llamar su atención sin Conseguir nada más que miradas ausentes.
Observé la estatua de la leona y la media luna creciente que resplandecía en su frente. Nadie parecía escuchar mi llamada. Intenté moverme, pero a duras penas logré girarme.
Más allá de la ventana, la estrella aún centelleaba, inmóvil e irremediablemente falsa. El reflejo de Ismael, en cambio, no me quitaba la vista de encima, al tiempo que golpeaba el cristal con las manos sin emitir sonido alguno.
Abrí los ojos de par en par y me quedé quieta, permitiendo que el Ismael de este lado del vidrio volviera a girarme y me pusiera las manos sobre los hombros, envolviéndome como si fuera a levantarme y a obligarme a dar otra vuelta.
En vez de eso, me mantuvo paralizada con una especie de llave de la que no tenía fuerzas para liberarme.
Me esforcé en sonreír.
—Ya estoy bien. Me he emocionado porque este es el día más bonito de mi vida —gimoteé, y el Ismael que tenía ante mí me soltó las manos para permitirme escenificar temblores de emoción. Presioné las palmas sobre los ojos para tratar de no traicionarme—. Si pudiéramos detener este instante… —sugerí.
Ismael esbozó una sonrisa y sacó su reloj de bolsillo.
—¡No hay nada más fácil! —exclamó, alzando la mano para dejar caer la cadena y que el artefacto colgase entre los dos.
Me aseguré de agarrarlo, como si estuviera hechizada, un segundo antes de que Ismael activara su poder, repiqueteando los dedos sobre la esfera.
Con rapidez, lo dirigí hacia él, que recibió de lleno la embestida de la fría oleada del tiempo al extenderse, convirtiendo cada movimiento en una pequeña eternidad. Aproveché la ocasión para precipitarme hacia el cristal de la ventana y me apoyé en él con las manos abiertas.
—¿Qué puedo hacer? —grité, sin recibir respuesta.
La boca del Ismael atrapado allí se movió y articuló dos palabras:
—Llévame ahí.
Un instante después nuestros dedos se entrelazaron, suspendidos entre la realidad y el reflejo, pero hechos de tibia carne y de huesos.
Los aferré y retrocedí, arrastrándolo fuera del cristal.
La imagen recuperó poco a poco el color y al fin cayó a mi espalda, uniéndose al cuerpo del Ismael ralentizado.
El impacto pareció despertar a ambos y enseguida se fusionaron en uno.
Se tambaleó y le falló una rodilla, así que se agachó con expresión de dolor y la mano izquierda ciñendo el brazo derecho.
—Eres un desastre, Valmori…, aunque he de reconocer que hoy los dos lo hemos sido —admitió, guardándose el reloj.
—¿Qué ha pasado? —pregunté, mirando a mi alrededor.
Los estudiantes se habían acercado y sus ojos, ya inexpresivos, se entornaban para mirarnos con resentimiento.
—Me temo que mi colega Jamal subestimó el poder de esa estatuilla y ahora estamos atrapados en esta ilusión —explicó Ismael, haciendo unos giros con las muñecas.
—¿Una ilusión? —repetí con voz ahogada—. ¿Y cómo sé que de verdad eres tú?
Ismael me lanzó una mirada de incredulidad.
—En cuanto entras en el aula, vacías tu estuche y colocas los bolígrafos por orden de longitud. Después de la segunda hora te gusta tomar un café con leche, y mantienes la cucharilla de madera entre los dientes durante al menos la mitad de la clase. ¿Quieres que continúe?
Sacudí la cabeza.
—Tú, en cambio, cuando levantas la mano…
Ismael me interrumpió con una mirada.
—Sé que eres tú.
Volví a flotar.
Ahora lo sentía cerca, sin que me hundiera. Quizás era solo su habitual descaro, pero la idea de que Ismael Sagredo me conociera tanto me hizo levitar como si no pesase.
Señalé a los estudiantes, o, mejor dicho, a aquellos que durante un tiempo habían adoptado una apariencia humana y ahora se arrastraban por el suelo de mármol como enormes serpientes de anillos irisados.
Salté hacia atrás y choqué con la vitrina.
—Si esto es una ilusión, no pueden hacernos daño, ¿verdad? —pregunté aterrorizada.
—Un poco sí que pueden —replicó Ismael con una sonrisa demasiado burlona, lo que equivalía a declarar que aquellas serpientes podían estrujarnos.
—¿En qué sentido? —pregunté. Saber el motivo seguramente no me salvaría, pero, como siempre, ayudaba a mi cerebro a ordenar las ideas.
Ismael dio un paso y se remangó la camisa, mientras cuatro enormes serpientes avanzaban entre las vitrinas, silbando entre sus colmillos.
—Nuestro cerebro responde a los estímulos que recibe dentro de las visiones. Si algo te asfixia aquí, tu cuerpo reacciona y deja de respirar.
—¡Qué bien! —comenté con sequedad, en tanto mi corazón, a punto de explotar, resonaba en mis oídos como si hubiera fuegos artificiales. Me sudaban las manos y, por instinto, me las llevé al pecho, donde noté la ausencia del colgante.
—Intenta que no te atrapen y busca la estatuilla. ¡No puede andar lejos! —exclamó Ismael, y se lanzó hacia delante.