Anillos y estrellas (The Hidden Society 1) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

Fue lo primero que me salió, y, acto seguido, me mordí el labio inferior.

Sabía que, en estos casos, lo peor era fingir.

Ofrecer una respuesta amable, con la esperanza de no herir.

Sin duda, Leo se había pasado horas contemplando su cicatriz: conocía cada curva, cada pequeña ondulación, cómo se comportaba al sol y cómo reaccionaba con el calor.

Era consciente de lo antiestética que era. Negarlo no iba a cambiar la realidad.

—Bueno, serías perfecto para interpretar a un villano con un pasado tortuoso. El mayor problema es todo lo demás: tus rizos de oro, tus ojazos —señalé, analizándolo como una severa jueza—. Eres demasiado guapo.

La expresión de tristeza de Leo se convirtió en una risita, y su mirada volvió a iluminarse. Mi estómago se liberó de un gran peso.

—¿Me permitirías ser tu asistente? —Le enseñé la mano izquierda.

Leo se cruzó de brazos, examinándola con un gruñido de desaprobación.

—No sé, me parece un vulgar arañazo, no creo que estés a mi nivel.

Fingí que me ofendía y me consolé con un pedazo más generoso de schiacciata .

—¿Cuándo te ocurrió? —me preguntó tras un silencio breve.

—Hace trescientos cuatro días —respondí al instante, con un aire helado en la garganta y el gesto demudado.

Los tenía contados—. Mejor dicho, hace trescientos cuatro días desaparecí y me encontraron una semana después.

No sabría decir qué día… —Contemplé el dedo que me faltaba y sacudí la cabeza.

Quería ahorrarle la molestia de tener que decir algo, de encontrar las palabras adecuadas para expresar que lo sentía, así que pregunté—: ¿Y a ti?

—No puedo ser tan preciso como tú, pero… hace unas tres semanas.

Me sobresalté. Era muy poco tiempo para que la quemadura ya hubiese cicatrizado, a menos que existiera una cura mágica.

—Pero, entonces…, ¿cabe la posibilidad de que se te cure del todo?

Leo negó con la cabeza.

—Deberías haberla visto aquel día. Tengo que estar contento.

—Siempre te queda la opción de elegir el camino del mal —insistí, aludiendo a la posibilidad de sacar partido de su aspecto para hacer de villano. Esta vez no conseguí hacerle reír.

* * *

Al día siguiente, Ismael me llevó a un islote donde se erguía una construcción. Parecía una torre baja que unas enormes manos hubieran afilado en la punta, como hacía yo de pequeña con los castillos de arena.

—Bienvenida a la Espiral —dijo, al tiempo que abría el portalón con un gesto de la mano.

Me recibió un gran vestíbulo blanco bordeado por columnas que se inclinaban hacia el techo y se confundían con los frescos de la bóveda celeste. En el interior reinaba la calma solemne de los museos, y sus inanimados anfitriones no se quedaban atrás.

En una de las estancias adyacentes atisbé una vieja locomotora de carbón y un juego de cubiertos dorados en una vitrina suspendida; había también una talla en madera de un dragón, una vela que parecía a punto de consumirse pero no se apagaba, unos asombrosos goniómetros danzantes y un reloj de péndulo cuyo sonido eran susurros.

Mis ojos se mostraban incapaces de retener la totalidad del patrimonio allí agrupado, de lo variopinto e insólito que era.

Una punzada de deseo me recordó que, si no demostraba poseer un talento mágico, jamás tendría la posibilidad de estudiar cada pieza ni de descubrir sus propiedades.

Apreté la pulsera blanca y avancé con determinación.

Un rayo rojo surgió en medio de la blancura de la sala.

Mahasa Torkan descendía por una escalinata, acompañada de un grupo de estudiantes que le enseñaban unos documentos.

La profesora asió un borde de su túnica escarlata y me dedicó una larga mirada antes de volver a concentrarse en las preguntas de su séquito.

—Ignórala —me susurró Ismael, indicándome la habitación contigua.

—¿Se puede saber qué le he hecho?

Ismael sacudió la cabeza y me hizo recorrer unas salas donde los estudiantes examinaban estatuas y objetos antiguos.

—Esta, Valmori, es la sede del arte arcano.

Si bien el estado de ánimo de Ismael no había mejorado, su rostro se relajó en cuanto entró, y sus hombros, siempre tensos, empezaron a realizar movimientos que llevaban a sus manos a tocar los diferentes objetos con los que nos íbamos encontrando.

Entendí que los saludaba como si fueran antiguos compañeros.

Me acerqué a una caja de música donde una bailarina de papel y un soldadito sin una pierna bailaban en dos órbitas separadas, sin llegar nunca a encontrarse, ni siquiera en el punto donde los engranajes se cruzaban.

—Son defectuosos —deduje.

—Tienen su historia —me corrigió Ismael, y luego me llevó a una salita donde una pirámide albergaba una colección de estatuillas de bronce y un armario con ropa de siglos pasados—.

Y estos objetos también la tienen. Por una razón que no comprendemos, el polvo de estrellas que cae cada día sobre la tierra elige anidar en su interior, animándolos de la manera más impredecible.

A veces crea una cuchara maliciosa que se niega a tocar una sopa que contenga cebolla; otras, alienta a la vela de una barca a ignorar el viento, arrastrándola adonde le plazca.

En una ocasión, incitó a la escultura de un rostro a morder la mano de cualquier mentiroso que la introdujese en su boca.

Sí, claro que es divertido —admitió Ismael al percibir mi mal disimulada sonrisa—.

Los problemas surgen cuando el polvo penetra en las junturas de una armadura y la apremia a luchar contra el primero que se cruce, o cuando los caballos de un tiovivo optan por salir a todo galope con los niños aterrorizados en sus grupas, o cuando un espejo convence a quien se mira en él de que es horrible y no merece ser amado.

Mis labios volvieron a inclinarse hacia abajo y tragué saliva. Mensaje recibido.

—¿Vuestra tarea es traer aquí estos objetos?

Ismael asintió.

—Encontrarlos, conservarlos y buscar una solución.

No en todos los casos el polvo de estrellas los daña.

La semana pasada le devolvimos a un flautista de la orquesta de Venecia su instrumento, que consigue emitir un perfecto si bemol sin tapar el agujerito posterior.

Un pequeño misterio que les cedemos a los humanos para que se devanen los sesos.

Vi que observaba con extraordinaria atención una de las columnas torcidas de la estructura.

—Por eso estudias arqueología. No te bastaba con conocer los hallazgos desde el punto de vista mágico.

Ismael esbozó una sonrisita y arqueó ambas cejas, vagamente sorprendido ante mi conclusión, que a todas luces era correcta.

—Bueno, en algunos casos el polvo acarrea mejoras —dije—. Como la cuchara que se niega a llenarse de sopa de cebolla.

Tenía que tratar de reírme y de hacerle reír, así tal vez no se daría cuenta de que estaba empezando a temblar a causa de la tensión.

Pero Ismael pareció indignarse por la observación, e iniciamos un acalorado debate sobre el uso de la cebolla en las comidas; poco a poco, me calmé.

Siempre me ocurría lo mismo: la tensión que sentía antes de cada examen en Ca’ Foscari desaparecía ante la urgencia de discutir con él, bien por su letra ilegible, bien porque tamborileaba sin parar sobre el pupitre.

Al cabo, como tantas veces en el pasado, intercambiamos una mirada que conocíamos bien. Ya era hora.

Me condujo hasta una pequeña estancia, que cerró a nuestras espaldas.

Me recordaba el despacho privado del profesor Alberini, aunque, en lugar de carteles de seminarios de arqueología y vasijas etruscas, había dos vitrinas relucientes y un escritorio sobre el cual descansaba un objeto misterioso cubierto con una sábana.

—Se trata de un hallazgo de la antigua Anatolia, recuperado en el museo arqueológico de Nápoles por mi colega Jamal Shadid. Los análisis preliminares indican que se trata de un trabajo sencillo, así que, si estás de acuerdo, lo destaparé y nos enfrentaremos juntos a lo que nos encontremos.

Juntos. Era una palabra con un sonido tan dulce que me hacía sonreír como una boba. Le dirigí una de esas miradas que ya conocía. Estaba lista.

Ismael tomó un borde de la sábana y descubrió una estatuilla de piedra blanca, iridiscente.

Parecía esconder una luz en el vientre, allí donde las manos se unían para sostener un espejito en forma de medialuna.

Me fijé en el hermoso rostro de la mujer, con sus ojos como gotas doradas y su arrogante sonrisa de leona.

Por un inquietante momento me recordó a Mahasa Torkan, pero enseguida se convirtió en una espléndida diosa que me invitaba a mirar en el fondo de su espejo.

Obedecí. El fragmento de vidrio recogía la luz de la ventana y, cuando parpadeé, el despacho se había vuelto inmensamente grande, como si las paredes se hubieran derrumbado y estuviéramos de nuevo en medio de la Espiral.

Ismael estaba a mi lado y exhibía la misma sonrisa pacífica con la que lo había visto entrar.

Avanzamos admirando la colección, sorprendidos por la estatua blanca de una leona, y nos detuvimos frente a una magnífica espada antigua con la empuñadura decorada.

Experimenté un vívido arrebato de orgullo, y cuando me fijé en la etiqueta comprobé que había sido llevada allí por una homónima: Ámbar Valmori.

—¡Qué coincidencia! —Le señalé mi nombre a Ismael, que frunció el ceño.

—Para de hacerte la modesta, talayi , fue tu mayor descubrimiento.