Capítulo 9
Tres de cuatro. Hasta una negada en matemáticas como yo era capaz de entender lo que eso significaba.
Mis esperanzas pendían de un débil hilo, y el destino me aguardaba como una tijera abierta de par en par.
Caminaba bajo un pórtico, envuelta en la capa que me habían entregado, la prenda que más ilusión me hacía llevar.
Era una túnica azul cobalto que se cerraba con finos alamares de piedra, y su lana resultaba suave y abrigada.
Más allá de los arcos y las columnas caía una lluvia intensa.
Toqué la piedra mojada y recorrí los relieves de los bordes.
No deseaba regresar a mi vida entre los pupitres de madera y las luces de neón de la universidad.
Durante las clases sobre las tres primeras artes no había demostrado ningún talento, de eso estaba segura.
Sabía identificar la sensación que Bianca me había descrito, el abrazo familiar que nos proporciona la presencia de la persona adecuada.
Algo bien distinto a lo que había experimentado en las tres pruebas: ansiedad, pánico, tensión; pero muy semejante a lo que sentía al pasear por la Academia: saber que estaba en el lugar adecuado, quizás por primera vez en mi vida.
Me cerré el cuello de la blusa y eliminé un resto de polvo de la manga de la capa.
La prenda carecía de los exquisitos ribetes que distinguían a las de los verdaderos magos y que había aprendido a reconocer.
Plata para los astrónomos, criaturas de la noche que a menudo regresaban a sus habitaciones por la mañana temprano y salían a última hora de la tarde, cargados de cartas celestes e instrumentos de medición.
Los artífices, en cambio, eran los más escandalosos; solían formar corrillos en el jardín, sentados sobre sus capas festoneadas con bronce, invitando a cualquiera que pasara por allí a disfrutar con las aplicaciones de diversos prototipos de artefactos, los cuales, más de una vez había visto explotar.
La magia de las estrellas podía ser impredecible, una especie de entidad que parecía elegir por sí misma si someterse o no a la voluntad de los magos o la función que debía desempeñar a través de un objeto.
Por su parte, los alquimistas, que casi siempre conversaban en parejas, absortos en confusas y animadas charlas, lucían capas adornadas con hermosos bordados de color gris claro.
Según me había explicado Bianca, correspondían al color del plomo.
Al parecer, Jacopo Altieri organizaba fiestas exclusivas a las que, obviamente, nunca sería invitada.
El cuarto arte suponía un misterio para mí y, pese a mis intentos de detectar rasgos distintivos en otros desconocidos con los que me cruzaba —los vestidos con capas de ribetes dorados—, no me había llamado la atención nada en particular.
No obstante, sabía que aquella tarde lo descubriría todo, incluso si poseía o no algún talento.
Una vocecita ahogada en mi interior me decía que no.
—¡Ámbar!
Abandoné mis pensamientos y me encontré con un Leo en plena carrera, con el pelo rubio desgreñado y la piel quemada que dibujaba una sonrisa.
Mi corazón empezó a galopar, como temiendo que mis reflexiones se hubieran dispersado a mi alrededor, visibles. Me apresuré a sacar algún tema de conversación.
—¿De vuelta de la Forja?
—No, me he pasado toda la mañana en el laboratorio de los alquimistas intentando perfeccionar mi técnica de transmutación corporal. Es muy útil para ciertas fases de elaboración de los artefactos, pero también complicadísima —resopló, indicándome que caminara con él.
Imaginé que cubrirse los brazos con una pátina de titanio resultaría de utilidad para hornear objetos. Y tal vez evitaría accidentes como el que suponía que había causado la cicatriz de Leo. Le eché un vistazo, antes de preguntar:
—¿Adónde vamos?
—A un sitio muy bonito. ¿Puedo secuestrarte? ¿Dónde está Ismael? —se extrañó.
—Reunión de profesores en Ca’ Foscari. Por suerte, es la última del semestre, así que durante los próximos meses estará aquí…
—Bajé la voz al caer en la cuenta de lo que había dicho—.
No es que me importe dónde esté, pero, dado que no me permiten dar un solo paso sin él, prefiero tenerlo cerca —aclaré.
Leo me guiñó un ojo.
—De acuerdo, entonces pasaremos la mañana en el vestíbulo de la Residencia —me anunció, conduciéndome hasta el otro extremo, la parte trasera del refectorio, donde un chico del tamaño de un oso y barba oscura nos entregó, de tapadillo, una cesta con provisiones.
—¡Aquí se trapichea con focacce y grisines! ¿Por qué Sagredo no me comunicó una información tan importante? —exclamé cuando nos alejamos y nos sentamos en un banco con vistas a una Venecia cubierta de nubarrones.
—Porque Ismael nunca comete un error, ni siquiera con las comidas —dijo Leo, partiendo un grisín y entregándome la mitad—. ¿Cómo crees que mantiene ese físico de semidiós?
Sonaba como un mal eslogan publicitario, pero me hizo reír. El sonido de mi risa me pilló desprevenida, y caí en la cuenta de que hacía días, semanas incluso, que no la oía ni me sentía tan ligera. También impidió que me ruborizara al pensar en Ismael saliendo del agua.
—Me preguntaba quién se encarga de cocinar por aquí —pregunté para cambiar de tema, mordisqueando un grisín y cruzando las piernas en el banco.
—Los cocineros —respondió Leo, como si fuera obvio—. No todos los magos eligen ser eruditos. Algunos de nosotros preferimos profesiones más o menos relacionadas con la magia.
—Como Nazar Sagredo, que quiere ser artista —reflexioné en voz alta, esperándome cualquier cosa menos que Leo se pusiera tenso.
Jugueteó con un botón de su chaleco y, sin palabras, me hizo entender que prefería hablar de otra cosa.
Quizás Leo era tan amigo de Ismael que le incomodaba referirse al otro Sagredo—.
Por cierto, ayer presencié una escaramuza —subrayé la palabra con ironía—, entre Sagredo y Altieri, el hijo —especifiqué.
Leo expulsó una nube de harina que le blanqueó la nariz.
—Es imposible mantener a esos dos tranquilos, creo que incluso hay quien lleva la cuenta de sus discusiones. Y estoy seguro de que muchas chicas las alientan, y algunos chicos también.
Estuve a punto de atragantarme con un bocado de focaccia , y Leo me sonrió con complicidad, antes de continuar.
—Algo pasó entre ellos dos y una chica, Lee Sun Go, que dejó Seledia hace un par de años sin finalizar sus estudios, después de…
no sé muy bien qué. Yo acababa de llegar.
Los tres solían acaparar las miradas y protagonizar todos los líos.
—Miró a su alrededor como para asegurarse de que no había nadie cerca fisgoneando, pero en ningún momento bajó la voz.
De pronto, sentí el paladar seco y me negué a creer que solo escuchar hablar de otra chica cercana a Ismael pudiera fastidiarme tanto.
—¿Cuándo descubriste que eras un artífice? —pregunté para desviar el rumbo de la conversación.
—Cuando era pequeño. Según cuenta mi padre, empecé a desmontar objetos y a montarlos de nuevo antes de aprender a escribir.
Mi madre me llamaba ardillita, porque no paraba de manosear cuanto caía en mis manos.
Y me fascinaba el polvo de estrellas, su resplandor.
Cuando entendí que el litio lo hacía destellar, agoté las existencias de mi casa en una semana.
Lo lanzaba sobre diferentes objetos para que brillasen. Ya te imaginas las broncas de mi madre…
Sus palabras zumbaban en mis oídos, que palpitaban al compás de los latidos de mi corazón.
Litio. Resplandor. Los vocablos se repetían y guiaron mi mirada hacia la pulsera blanca y sus glifos. Estaba impregnada de polvo de estrellas y podría brillar con mis poderes, o bien…
Mi respiración se agitó, agobiada por la idea de hacer trampas.
Jamás en la vida había recurrido a métodos deshonestos para alcanzar una meta.
Desde el momento en que empecé a dar importancia a mis resultados, la única vía para lograrlos consistió en trabajar duro.
Por supuesto, se trataba de una cuestión de integridad, pero, ante todo, de un desafío.
Podía conseguir cualquier cosa sin necesidad de recurrir a engaños.
Acallé aquella vocecita y volví a concentrarme en Leo.
—… y eso es algo que tengo en común con Ismael. De pequeños formábamos una pareja diabólica.
Sonreí como si le hubiera hecho caso hasta entonces.
—¿Sagredo un niño travieso? No puede ser cierto.
Por desgracia, mi incapacidad para mentir no me aportaba ninguna ventaja para reconocer las mentiras de los demás.
—Hay muchas cosas que no te esperarías de Ismael —se rio, mientras mordía una schiacciatina .
—Por favor, cuéntame una, la más ridícula —le supliqué, tirando de los pliegues de mi falda.
—Un buen amigo no debería…, pero si hay alguien que puede bajarle los humos eres ni. Te gustará saber que a los doce años intentó embrujar su ropa para parecer más alto, aunque lo único que consiguió fue agrandarla y se pasó días caminando por ahí más tieso que una vela.
Los dos rompimos a reír tan fuerte que, al intentar beber, casi me derramo el agua encima.
—No me lo imagino deseando ser más alto.
—Se desarrolló tarde, hasta los trece años era un canijo.
—Tienes que pasarme una foto —le pedí, haciéndome también con un trozo de schiacciatina .
Leo hizo una mueca de culpa que le cerró los labios. Me quedé mirándolo, mientras intentaba crear una imagen de Ismael de pequeño y pensaba si había habido un momento anterior a su expresión de sabelotodo.
—Es bastante fea, ¿no crees?
La voz de Leo me arrancó de mis pensamientos, y me concentré en él mientras se acariciaba la mejilla. La mejilla desfigurada. Me di cuenta con horror de que había mantenido la mirada clavada en él un buen rato. En realidad, no lo miraba, pero mis ojos estaban fijos en la cicatriz.
—¡No!