Capítulo 8 #3
—Los alquimistas estudian los procesos de transformación de un material. Verás, Valmori, hay muchas más posibilidades de las que se aprecian a simple vista, y la tarea de los alquimistas es comprender el potencial.
Jacopo masculló su opinión y se adelantó de nuevo, esta vez de forma menos amenazadora.
—Parece que nos comparas con simples amas de cría que funcionan con monedas, cuando buscamos la perfección. Cada objeto, cada cosa tiene su forma definitiva, y nosotros nos dedicamos a derribar los obstáculos que impiden este proceso.
Acto seguido, tomó asiento en la mesa y encerró el humo entre sus manos.
Lo trabajó como si fuera plástico, lo obligó a estabilizarse en una forma alargada que, poco a poco, adoptó apariencia de cuchara.
Aunque ya no era de plata, resplandecía al atrapar las luces de los farolillos y refulgía en los fragmentos de su superficie dentada. Era de diamante.
—¡No puede ser! —exclamé, pero claro que lo era.
Jacopo se bebió mi incredulidad como si fuera una decocción, un néctar que alimentase la historia a la que estaba acostumbrado: los humanos carecíamos de poderes, empeñados en intentar descubrir la manera de viajar a la Luna, mientras que los magos tenían entre sus manos el poder de la galaxia.
—Es un intercambio. En el cilindro de al lado hay átomos de carbono que, al fusionarse, nos ofrecen la capacidad de realizar la transformación —me explicó Jacopo, enseñándome de nuevo la cuchara antes de guardársela en el bolsillo—.
Y esto no es nada. Piensa en el potencial, tenemos la llave para transmutar el orden mundial.
Jacopo mostraba delirios de grandeza dignos de un emperador, pero también tenía razón. La alquimia podía cambiar la realidad.
—Y no solo eso. —Se volvió hacia Ismael con una sonrisa desafiante—. Golpéame, Sagredo.
Ismael enarcó una ceja.
—Me parece innecesario.
—¿Qué pasa? ¿Te da miedo no ser capaz de controlarte?
La cara de Ismael cambió de expresión y estiró los brazos.
—Me da miedo que me guste más de la cuenta —sonrió, haciendo un gesto a Jacopo para que se acercara con un movimiento de los dedos—. Ataco yo.
Jacopo aceptó con una sonrisa victoriosa, como si haber conseguido arrastrar a Ismael al desafío fuera un gran logro.
Durante un momento se miraron fijamente en un silencio en el que percibí la frialdad de las palabras contenidas. Eran un espejo y reflejaban la misma dureza, la misma tensión.
—Tres —pronunció Ismael, estirando el brazo.
—Dos —respondió Jacopo, cubriéndose.
—¡Uno! —exclamaron juntos.
Ismael soltó un derechazo de manual hacia la cara del alquimista, y a mitad del movimiento la piel color aceituna de su puño se oscureció hasta adoptar el aspecto de un neumático.
Mientras tanto, en un abrir y cerrar de ojos, el rostro de Jacopo se había cristalizado, convirtiéndose en una máscara de diamante.
Me quedé paralizada, preparándome para el impacto, pero no se produjo. Ismael se detuvo a un milímetro de la nariz de Jacopo, dos cuerpos congelados en tensión, dos estatuas de rasgos perfectamente esculpidos. Hasta que Ismael le asestó un golpecito en la punta de la nariz.
—¡Bah!
—Gallina —murmuró Jacopo, castañeteando los dientes para imitar a un niño asustado.
—Hemos demostrado lo que puede hacer la alquimia, no había necesidad de que te humillase —replicó Ismael, esbozando una sonrisa arrogante que habría enfurecido hasta a un santo.
Los hombros de Jacopo se activaron y la transmutación se extendió a su mano izquierda, que se cerró en un puño y salió disparada hacia el cuello de Ismael.
Grité cuando la forma de neumático abandonó la mano de mi magister para desaparecer bajo su manga y trepar con rapidez por su garganta.
El material elástico rechazó el golpe de Jacopo.
El alquimista salió despedido hacia atrás, mientras Ismael se masajeaba el cuello empapado en sudor. Se había escapado por un pelo.
—¡Podías haberlo matado! —exploté frente a Jacopo.
—Es responsabilidad del atacante no tomarse un duelo a la ligera. Es una cuestión de honor.
Ismael abrió la boca, pero yo fui más rápida. Me interpuse entre ellos con los brazos estirados.
—¡No! —exclamé, sin miedo a que mi voz sonara fuerte ni a que atrajera la atención del resto de los alquimistas, pues así quizás se avergonzaran—.
Esta es mi lección, me dan igual vuestras desavenencias del pasado, ahora te estarás quietecito —señalé a Jacopo— y me explicarás cómo transmutar un objeto.
—Y en ese momento volví a sentir aquel sutil calor que se extendía, calentaba mi sangre y me envalentonaba.
Jacopo permaneció inmóvil y me miró confuso.
Clavó sus ojos en mí por primera vez, y en uno de ellos me pareció notar un extraño destello, tal vez el reflejo de las llamas bajo el cuenco.
Ismael también se había quedado inmóvil y había vuelto a apoyarse en la mesa con la mirada baja.
Yo estaba tan nerviosa que no conseguía concentrarme, y de no haber sido por los guantes habría salido del Laboratorio con unas cuantas quemaduras.
En lugar de ello, dejé la sala presionando la pulsera con la mano, con la vana esperanza de verla brillar y sentir cómo ardía. Pero no ocurrió nada.