Capítulo 8 #2
Recorrí con el dedo índice el trozo de piel que ocupaba, tratando de evocar la sensación de llevarlo encima.
Era un pedazo de mí, aparte de un recordatorio permanente de mi semana de oscuridad mental.
¿Acariciarlo hacía que me sintiera bien o quizás solo aliviada porque lo peor había pasado?
¡Si al menos tuviera un maldito libro! Pensé en pedirle a Bianca o a cualquier otra persona que me cogiera alguno en la Gran Biblioteca, aunque temía que fuera una terrible carta de presentación en el caso de que me sorprendieran leyéndolo.
Sentí una punzada de culpabilidad por haber dado carpetazo a la búsqueda de mi colgante. El descubrimiento de la Academia y de la magia me había abrumado tanto que no me había dejado espacio para pensar en nada más.
Me limpié la comisura de los labios con la servilleta y abandoné el refectorio acompañada de demasiadas miradas para tratarse de una coincidencia.
Me coloqué las horquillas a un lado de la frente y me reuní con Ismael, que me esperaba apoyado en una columna, enfrascado en la lectura.
Sostenía un libro que parecía más pequeño entre sus dedos de lo que probablemente era, y doblaba la cabeza para seguir la inclinación del texto, ignorando a los magos que no muy lejos de allí probaban algo que me recordó a un reloj de sol.
—Sagredo —lo llamé, pero no hizo ademán de oírme.
Sus ojos de color terracota se desplazaban a toda velocidad por la página, y en la mano libre, medio abandonada en el bolsillo, de tanto en tanto se alzaba el dedo índice, como si desease subrayar algunas palabras—.
¿Sagredo? —repetí más alto, rozándole el codo.
Ismael se sobresaltó y retiró el brazo, como si mi piel todavía abrasara.
Nuestras miradas se cruzaron y descubrí cierta sorpresa en sus ojos.
Me froté las palmas de las manos para comprobarlo y las hallé tan frescas como un rato antes, y perfectamente limpias de restos de mermelada.
¿Significaba que él sí podía tomar la iniciativa y yo no?
—Estoy lista —afirmé, ajustándome los puños de la camisa sobre la pulsera blanca, convenciéndome de que ese día la haría brillar.
Ismael guardó el libro en la cartera y se paró a observar mi cara, en concreto mi mejilla izquierda.
—Vamos —se limitó a decir.
Durante el trayecto mantuvo un insólito silencio.
Como de costumbre, su rostro enmascaraba sus pensamientos, sensaciones que yo creía conocer.
Por ejemplo, cómo se mordía la mejilla y se le formaba un hoyuelo marcado cuando escuchaba una afirmación históricamente inexacta y resistía el impulso de corregirla.
Llegamos a un edificio en el que, desde los primeros pasos, sentí que la humedad me envolvía y mi pelo se encrespaba a modo de respuesta.
Las paredes respiraban, cubiertas de un manto de musgo y algas, y el agua había excavado un hogar en su interior.
Una red de riachuelos fluía en aquel espacio, dividiendo el piso en bloques de trabajo, cada cual provisto de una mesa cargada de alambiques, cilindros, probetas y otros recipientes de cristal que se ondulaban y doblaban, forzando a los líquidos y vapores a recorrer trayectorias tortuosas.
El aire era una mezcolanza de aquellos humos, que me provocaron un regusto salado en la boca.
Magister Altieri estaba sentado en el centro del laboratorio, concentrado en conversar con Bianca delante de una probeta humeante.
Los canales eran tan estrechos que allí donde las pequeñas rampas no facilitaban el paso se podían superar con una zancada. Seguí a Ismael por aquel improbable edificio, preguntándome cuántas veces más me deslumbraría la magia.
—Bienvenida al Laboratorio, donde experimentamos con el tercer arte: la alquimia —me anunció, y sus palabras resonaron en los arcos del techo.
—Tu actitud sombría forma parte de la atmósfera o…
No me dio tiempo a concluir la frase porque un chico saltó a nuestro bloque rectangular.
Era igual de alto que Ismael, pero más escuálido, larguirucho y ligeramente encorvado, como una esbelta torre un poco inclinada.
Clavó en mí sus ojos de un verde pálido, empapados de arrogancia, y se colocó sobre el izquierdo su cabello pelirrojo, que se suponía que debía advertir del peligro, como los sombreros de las setas o ciertos animales venenosos.
—Por fin tengo ocasión de conocer a tu oveja descarriada, de la que todo el mundo habla. Encantado de conocerte, soy Jacopo —nos saludó, al tiempo que se ponía un par de guantes de cuero azul.
—No soy ninguna oveja descarriada y, desde luego, no soy suya —le respondí malhumorada, sintiendo un escalofrío al pensar que se había extendido la noticia de que había una chica humana, o quizás no, en los pupitres de Seledia.
—Altieri, no estoy de humor —le recriminó Ismael, cruzándose de brazos.
¿Altieri? Tenía que ser el hijo del profesor y, mirándolo bien, el parecido se extendía más allá del color del pelo.
—Deberías relajarte, Sagredo, nunca estás de buen humor. ¿Necesitas la ayuda de un alquimista? —Por la manera en que se chocaron las manos, imaginé que el talento de Ismael residía en el cuarto arte, que yo aún desconocía.
—Yo puedo explicarle lo básico —aseguró Ismael, indicándome que lo siguiera, con esa actitud indescifrable que adoptaba cada vez que las emociones se borraban de su rostro.
Tal vez estaba cansado de tener que guiarme por la Academia. Me condujo a través de bloques y riachuelos hasta que llegamos al fondo de la sala, donde los canales de agua eran más anchos y las mesas estaban aisladas.
Jacopo nos siguió, con los brazos detrás de la nuca.
—¿Estás seguro, Sagredo? Nosotros somos los transformadores. Con nuestras manos, la materia muta. La alquimia es el arte del cambio; tú, por el contrario, siempre me pareces el mismo.
Ismael encendió uno de los hornillos bajo un gran cuenco de cristal y las pepitas allí contenidas comenzaron a oscurecerse y a refulgir.
—Altieri, intento dar una clase, si tienes algo que decirme puedes hacerlo más tarde.
Jacopo se calló y se apoyó en una mesa cercana, con los labios a un tris de abrirse de nuevo.
Había algo especular en ellos dos que advertí desde el primer instante, pero entonces, al verlos juntos, se volvió evidente.
Tenían el mismo porte elegante, solo que la presencia de Jacopo enfriaba el ambiente.
—¿De verdad buscáis la piedra filosofal? —pregunté, dando rienda suelta a una de las curiosidades que me intriga desde el día que había puesto el pie en la Academia.
Ismael negó con la cabeza.
—La piedra es una más de las muchas leyendas que ocultan nuestras verdaderas artes. La inmortalidad es un anhelo típicamente humano, aunque luego os aburráis un día de lluvia.
+Ahogué el arranque de una carcajada agarrándome la barbilla con ademán reflexivo.
—Entonces, ¿qué es lo que hacéis? —lo interrogué, cogiendo los guantes de cuero que me tendía.
—Te mostraré el proceso básico de la transmutación de un cuerpo —dijo, haciéndose con una cuchara de una despensa de útiles—. ¿Ves esta cuchara? —me preguntó, muy serio.
Fruncí el ceño, indecisa entre responder o reírme.
¿Se trataba de otra trampa para insinuar quién sabe qué de los humanos?
Asentí, me puse los guantes y, al ajustarlos a los dedos, descubrí que la piel del meñique izquierdo había sido rellenada con una fina capa de algodón para que no me quedase colgando.
Busqué los ojos de Ismael para agradecerle el detalle, pero me ignoraba, ocupado en regular una serie de botones en la mesa de trabajo.
—Observa —me invitó, depositando la cuchara entre las pepitas ardientes.
La plata de la que estaba hecha empezó a fundirse; primero las refinadas incrustaciones, luego el cuerpo, hasta convertirse en una papilla informe.
—¿Aún la ves?
Volví a asentir, sin entender adonde quería llegar.
—¿Aún la consideras una cuchara?
Negué con la cabeza.
—Lo que define una cuchara no es el material del que está compuesta, sino el uso que le damos. Es la relación que los objetos tienen con nosotros, los humanos, lo que los identifica. —Recalqué la palabra «humanos» para asegurarme de que ambos se enterasen de que no éramos ovejas descarriadas.
—No te exaltes. Muchos hombres y mujeres considerados excepcionales por vuestra historia suelen ser magos u otro tipo de criaturas mágicas —refunfuñó desde su puesto Jacopo, que picó el anzuelo al instante.
Ismael, en cambio, permaneció en silencio, pero puso en marcha un ventilador conectado a un tubo en espiral que empezó a impulsar aire a través del sistema de alambiques.
Alzó las manos y las movió dibujando una secuencia de círculos armónicos, y yo contemplé anonadada cómo el aire se introducía entre las pepitas y se transformaba en humo, absorbiendo la cuchara fundida entre sus espirales hasta que se evaporó en un manto plateado.
—Que sepas que consigues el mismo resultado sin tanto teatro —comentó Jacopo.
—Aceptaré tus críticas cuando consigas los mismos resultados que yo —replicó Ismael, recuperando su tono desabrido y su sonrisa arrogante.
Jacopo tomó aire de forma brusca, afilando sus fosas nasales.
—Al menos yo no he fracasado en la única tarea que se espera de un heredero.
Ismael se había puesto a jugar con dos canicas de cristal, haciéndolas bailar como si estuvieran atadas por un hilo.
—Sssh, no querrás que venga tu padre.
—Quizás yo debería llamar al profesor Altieri y que os mande a extremos opuestos del Laboratorio —intervine, interponiéndome entre ellos y señalando la cuchara disuelta.
Era obvio que tenían cuentas pendientes del pasado, pero a mí me quedaba una semana para que la pulsera se iluminara. No deseaba perder ni un segundo.
Ismael se giró hacia la mesa, volviendo a ignorar a Jacopo, como si no hubiera pasado nada.