Anillos y estrellas (The Hidden Society 1) Capítulo 8
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Capítulo 8

Después de cenar me encerré en mi habitación para terminar de ordenar lo que Domiziana me había enviado.

Al final, amontoné en la mesa de noche mi pila de libros para leer, algunos de los cuales me acompañaban desde hacía años, lo cual bastaba para sentirme un poco más en casa.

La lámpara, en cambio, la dejé en el fondo de la maleta.

No quería crear celos con el farolillo que, desde hacía un par de días, me seguía de manera fiel, aunque algo torpe, y que se había acostumbrado a acurrucarse en los pliegues del dosel.

Por suerte, había guardado la ropa interior en un cajón justo antes de que Bianca llamara a la puerta.

—¿Se puede? —me preguntó cuando le abrí, enseñándome un neceser y exhibiendo una sonrisa radiante. Llevaba un pijama con una oveja que lucía orgullosa su barriguita blandita, y un chal en torno a los brazos.

La invité a entrar, a pesar de que me hubiera gustado meterme bajo las sábanas con un libro.

Aquella noche el sueño estaba lejos de mi mente, saturada de preocupaciones por la prueba que había intentado sin éxito.

—¿Qué te pasa? —me dijo Bianca, adivinando mis sentimientos de inmediato.

Le indiqué que se sentara en la cama y me acomodé a su lado, con las piernas cruzadas.

—¿Cómo se reconoce el talento para un arte?

Bianca parpadeó, perpleja, y dejó el neceser junto a la almohada, como si la respuesta que estaba a punto de darme mereciera unos instantes de reflexión.

—Yo diría que cada mago tiene una sensación diferente. Podría llamarse instinto o sexto sentido. Es como cuando sabes que estás en el lugar adecuado o con la persona adecuada.

Asentí. Sabía que quería quedarme en Seledia, que quería llevar el uniforme de la falda azul, que quería hojear libros de páginas crepitantes en la Gran Biblioteca.

No era producto de mi imaginación que el fuego había atravesado mis manos, y la prótesis del meñique que me faltaba era prueba de ello.

—Sé que suena a frase hecha, pero la respuesta está en las estrellas. —La voz de Bianca se hizo aún más leve—. ¿Alguna vez has mirado al cielo y has pedido un deseo? ¿O has odiado al destino por sus planes? Las estrellas nos escuchan y responden a nuestras peticiones, a su manera, no siempre clara.

Cogí una almohada y la abracé, hundiendo la barbilla en la seda.

—¿Funciona de verdad, Bianca? ¿Puedes decir que las estrellas te han concedido alguna vez un deseo? —pregunté, incapaz de ocultar un asomo de escepticismo.

Bianca suspiró con el aire de quien ha repasado el discurso muchas veces y aún sabe repetirlo con dulzura.

—Sé que es difícil de creer, pero sí. Claro, no funciona si deseas tener más dinero o unos pechos más grandes.

—Entonces no me interesa —intervine, y ambas estallamos en una carcajada que nos hizo quedarnos tumbadas boca arriba mirando el techo estrellado. Si bien no era tan majestuoso como el de Sotobóveda, resultaba fascinante seguir las líneas trazadas entre las constelaciones.

—Quizás más que deseo podríamos llamarlo objetivo. Necesitas una meta clara, estar decidida a alcanzarla y pedirles a las estrellas que te muestren el camino —añadió Bianca cuando recuperó el aliento.

¿Qué deseaba? Empecé a hundirme en el colchón y buceé en mi interior hasta comprender que no lo sabía.

De niña anhelaba y exigía desesperadamente esto o aquello, y me rebelaba cada vez que me lo negaban: cereales de chocolate en vez de con frutos secos; un libro sobre una asesina que seducía a sus víctimas que con seguridad no era adecuado para mi edad; o mi primera salida nocturna con amigas.

Más tarde, en segundo de bachillerato, suspendí tres asignaturas y casi pierdo el curso, y fue como si se me cayera el mundo encima.

Mi madre aseguró que nunca había sentido tanta vergüenza en su vida, y mi padre se limitó a sacudir la cabeza.

Así que me pasé el verano encerrada en casa estudiando y me salvé en los exámenes de recuperación.

La mirada de alivio en los ojos de mis padres sanó la herida y, a partir de entonces, me desviví para no volver a defraudarles.

Después me entusiasmé de verdad con los estudios y elegí ir a la universidad, aunque no estaba segura de adonde me llevaría.

¿Y el resto? Vacío. Miré con atención la órbita celeste pintada en el techo.

Me dejé arrastrar por su rotación, ajena a todo lo que me rodeaba.

Viajé en círculos alrededor de las estrellas y me esforcé en percibir el flujo de energía, como en el espacio, en la Tierra.

Estábamos hechas de la misma materia, de modo que les pedí a las estrellas que me concedieran un deseo. No sabía cuál, pero quería uno.

—Ojalá pudiera estudiar en un libro. Seguro que todo me quedaría más claro —resoplé, apartándome un mechón de la frente.

—¿Es eso lo que le has pedido a las estrellas? —preguntó Bianca, dándose la vuelta y acurrucándose más en su chal.

Negué con la cabeza.

—Si te lo digo, no se hará realidad, ¿no es así?

Por el gesto de los labios de Bianca entendí que se disponía a iniciar otro discurso bastante largo, pero se ofreció a abreviar extrayendo de su neceser una serie de frasquitos de líquidos y cremas.

—¿Me permites?

—Por favor, sí. —Coloqué la almohada detrás de la nuca y cerré los ojos, dándole permiso para que continuara.

—Los deseos no son una ciencia exacta, a diferencia de otros temas que estudiamos aquí.

Así que no hay una respuesta verdadera; al menos, no una universal.

Las energías son subjetivas —dijo en un tono suave que me recordó a la profesora Poluaro—.

Algunas personas se recargan repartiendo alegría, como Leo.

Todo el mundo sabe que su deseo es construir un artefacto que pueda replicar la luz del sol incluso por la noche; le habla de ello a cualquiera que se le acerque, y eso no hace más que aumentar su deseo.

Otras, por el contrario, como un tal Sagredo, son herméticos y se reservan con celo sus energías y sueños, y, a juzgar por sus éxitos, diría que…

, sienta lo que sienta, a él le funciona de maravilla —afirmó con sincera admiración, pasándome un paño húmedo por la cara hasta detenerse en la mejilla izquierda—. ¿Te limpio la estrellita?

La había olvidado por completo. Mi piel había dejado de arder y había evitado los espejos durante las últimas horas. Sin querer, me toqué la yema del dedo que Ismael había besado con tanta naturalidad.

«¿Soy la única que cree que esos gestos significan algo?

». Ismael se había comportado con indiferencia ante mi reacción y ante mí en general.

En el fondo, no lo conocía de verdad. O más bien creía que éramos parecidos, como lo son dos personas que dedican sus días a leer los mismos libros.

Nuestros pensamientos habían viajado al mismo pasado, visitado los mismos templos en ruinas y vivido las mismas tragedias.

¿Existía una sensación de intimidad más profunda que la de haber compartido las mismas palabras?

Quizás yo era la única tonta que lo pensaba.

—Bórramela.

Bianca asintió y me pasó el paño por la mejilla antes de extenderme por la piel una crema gelatinosa.

Empezó a hablar de la historia de las constelaciones, y yo la escuchaba con los ojos cerrados.

No adoptaba el tono académico de Ismael, sino que parecía más bien un cuento para dormir; al rato, de hecho, se me escapó un bostezo.

—¿Tienes sueño?

—Lo de anoche me alteró —admití.

—¿Lo quieres? —preguntó, quitándose el chal de los hombros.

Era algo así como la vaina de una nube arrancada del cielo uno de esos días en que las nubes corren ligeras; los círculos bordados recordaban las formas que adoptan al ser mecidas por el viento.

Miré a Bianca con curiosidad, pues parecía esperar una pregunta, además de mi estupor y mi admiración.

No la veía como el tipo de chica que presume de su última adquisición, así que imaginé que su orgullo derivaba de otra cosa.

—¿Es un artefacto?

—Es el artefacto —me corrigió con entusiasmo, como si llevara horas esperando para hablar de ello—. Es mi marbiri , mi artefacto.

Por la manera en que lo pronunció, me di cuenta de que el vínculo que los unía era más fuerte que con cualquier otro objeto.

—Es parte de mi esencia —continuó, con los ojos brillantes—.

Existen muchos artefactos raros, como los najma , que son inalcanzables y vincularse a ellos es muy difícil.

Pero un marbiri es único. Ha pertenecido a las mujeres de mi familia durante generaciones.

Cada una ha cosido en su interior una parte de su ser, aunque todas ellas siempre lo consideraron un adorno.

Mi abuela me lo regaló justo antes de… volver a ser polvo de estrellas.

—Su voz se quebró—. Ha crecido conmigo y se ha entrelazado con mi poder.

Relajé el rostro y sentí que mis labios se curvaban en una sonrisa de fascinación.

—Es genial —dije, intentando reprimir un atisbo de envidia y apoyar su entusiasmo—. ¿Qué puede hacer tu marbiri ? —pregunté.

Bianca se iluminó.

—Es un velo del sueño. Induce la producción de melatonina en las áreas del cerebro y… —Se detuvo, como si esperara que la interrumpiera.

Entre tanto, yo me coloqué de lado para esperar el resto de la explicación científica, de la que tal vez entendería la mitad de los conceptos.

Pero me pareció que merecía la pena. Bianca siguió hablando, ajustándome el chal sobre los hombros.

Poco después su voz se mezcló con los sonidos de la noche y me quedé dormida.

* * *

Soñé con mi colgante y me desperté bajo las sábanas, con la mano sobre el pecho.

Un primer y lúcido pensamiento me acompañó hasta el desayuno.

¿Acaso era el colgante mi marbiri ? De acuerdo con lo que me había contado Bianca, debería haberlo tenido desde siempre, y me parecía absurdo que me lo hubiesen regalado sin más.

Además, yo no era una maga auténtica. Nada tenía sentido.