Anillos y estrellas (The Hidden Society 1) Capítulo 7
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Capítulo 7

Al día siguiente me desperté casi a la hora de comer con una muda del uniforme esperándome en la puerta.

Antes de ponérmelo, decidí probar los baños del piso de arriba.

Las estancias estaban equipadas con pequeños aseos con ducha y todo lo necesario, pero durante nuestra visita de exploración Ismael había pronunciado la palabra «bañera» al pasar por delante de una puerta que yo me había encargado de memorizar.

Me llevé lo imprescindible para lavarme y descubrí una serie de pequeños cuartos, cada uno de ellos provisto de una bañera.

Elegí una y empecé a llenarla de agua caliente, además de añadir una bomba de espuma que convirtió el agua en una nube de jabón con aroma a almendras.

Me desnudé y me recogí el pelo mientras contemplaba mi reflejo en el espejo, que empezaba a cubrirse de vapor.

Una estrella. Bajo mi ojo izquierdo había una graciosa estrellita de tinta que mi paso por las sábanas no había llegado a borrar.

Cerré el grifo y me sumergí en el agua caliente casi sin reparar en la temperatura, encantada con las burbujas, tan densas que parecían capaces de elevarme si distribuía mi peso de manera adecuada.

Me dejé mimar por el calor durante mucho más tiempo del que solía dedicar a una ducha, y me lavé despacio, deteniendo los dedos solo cuando llegué a la mejilla.

La estrellita seguía allí. Ismael me la había dibujado después de aquella estúpida observación sobre los humanos y su condición de herencia de las estrellas.

«¿Todavía me considera humana?», pensé, masajeándome el cuello y levantando luego la pulsera blanca hacia las vidrieras de colores por las que se filtraba el sol de otoño.

La piedra estaba más tibia de lo normal, quizás por efecto del agua caliente, pero los cuatro glifos apenas se veían, y mucho menos brillaban.

Ignoraba si eso significaba que no poseía ningún talento para la astronomía, aunque desde luego no podía ser buena señal.

Si al menos se me permitiera disponer de libros y estudiar…

Suspiré, salí de la bañera y vacié el agua caliente.

Me volví a vestir, satisfecha por lo sedosa que me había quedado la piel, pero incapaz de desembarazarme de la pregunta que me rondaba por la cabeza desde días atrás.

¿Qué era yo en realidad? El archivo de Sotobóveda demostraba la ausencia de mi familia en los registros de magos, y estaba bastante segura de que durante mi infancia no se había producido ningún episodio paranormal, pues, en caso contrario, mis padres me habrían paseado por todos los hospitales de Italia para que me examinasen.

Doblé con esmero la toalla y recogí mis pertenencias antes de salir, aún atormentada por aquella pregunta, y no vi a Ismael hasta que me choqué con él.

—Valmori, ¿qué haces aquí? —me dijo sorprendido, mirándome como buscando algo más allá de la obviedad de la toalla. Vestía ropa deportiva azul oscura y tenía el pelo revuelto.

—¿Lavarme? —respondí con intención de largarme.

Él, no obstante, se quedó parado delante de mí. Se fijó en la estrella de tinta e intuí que todavía estaba medio dormido, porque no consiguió articular ni una palabra.

Lo rodeé perpleja y le anuncié que lo esperaría en el refectorio.

Después de comer, me llevó al edificio más modesto de los que había visitado hasta entonces en el archipiélago.

Era un espacio enorme, del tamaño de un invernadero.

En lugar de paredes, tenía estanterías atestadas de todo tipo de objetos.

Y había ruido: repique de golpes sobre hierro, golpeteo de cinceles en la roca y zumbido de hojas de sierra en la madera.

Polvo de todo tipo se mezclaba en el aire, hasta el punto de que, cuando crucé por el departamento de tejidos, me entregaron un pañuelo para que me cubriera la nariz y la boca.

—Está encantado. Sirve para proteger las vías respiratorias —me informó Ismael, mientras sacaba otro similar de su cartera.

—¿De verdad existe un artefacto para cada necesidad? —pregunté, alzando la voz para imponerme al sonido de un telar en funcionamiento.

Ismael sacudió la cabeza, a medio camino entre un sí y un no.

—La misión de los artífices es crearlos.

Pasamos por un armario en proceso de montaje y me dejé guiar hasta una lancha motora partida por la mitad.

Si hasta entonces había visto a estudiantes encorvados sobre volúmenes y papeles, allí los magos y las magas tenían la camisa remangada hasta los codos, llevaban delantales y protectores, y manejaban herramientas como destornilladores o martillos.

Alcancé a ver a Eliana Poluaro sentada a una mesa, concentrada en inspeccionar una serie de piedras de cuarzo con una lente enorme, mientras un corrillo de artífices vigilaba la operación y tomaba apuntes.

—¡Ismael!

Una voz se levantó sobre el estruendo de todos aquellos instrumentos en funcionamiento.

Procedía del chico rubio que ya conocía.

Estaba sentado en un tanque de agua, supervisando un gran horno sobre una llama.

Tenía un par de gafas de seguridad entre el pelo de color arena, y en su rostro destacaba una cicatriz que yo sabía que se debía a una llamarada.

Después de perder el dedo meñique, había asistido a un curso de recuperación para personas con alteraciones morfológicas, y reconocía las múltiples formas en que el cuerpo puede lesionarse, abrirse y cicatrizar sin volver nunca a ser el que era.

Lo más duro era aceptar que, si bien con un aspecto diferente, podías seguir siendo la misma persona.

—Soy Leo —dijo, corriendo a mi encuentro para estrecharme las manos—.

Tú debes de ser Ámbar, la tal vez no humana.

—Sus ojos chispearon como lo hacían los míos ante un hallazgo arqueológico—.

¡Bienvenida a la Forja! La artificería es la disciplina de la voluntad: con nuestras herramientas y nuestros corazones dotamos de magia a objetos que de otro modo serían normales y corrientes. Y no solo eso…

Sabía que la misión de Ismael consistía en introducirme en las cuatro artes mágicas, pero mi magister se había apoyado en una mesa con los brazos cruzados y sonreía con picardía ante el entusiasmo de Leo.

El chico adoptó una pose teatral para mostrarme una estantería a su espalda en la que se amontonaban jarrones, llaves, ganchos, silbatos, una cubertería, una variedad de paños apilados y muchas más cosas que no me dio tiempo a identificar, obligada a atender a la presentación de una serie de bocetos a lápiz pegados en un panel.

—También nos ocupamos de diseñar artefactos que respondan a las necesidades de la sociedad mágica.

Me acerqué y me fijé en que, entre los diseños, colgaba una octavilla de rígida cartulina azul, salpicada de estrellas plateadas que parecían copos de nieve, que me sonaba.

La hoja contenía información sobre la «Noche de Polaris», y me sorprendió encontrarla allí, convencida de que la invitación iba destinada solo a los astrónomos.

—Los artífices no somos sofisticados —continuó Leo—. No acariciamos la magia con un chasquido de nuestros dedos. La esculpimos en el interior de los objetos, que, gracias a nuestro empeño, se convierten en artefactos. Y a la magia añadimos nuestra intención de proporcionar una novedad al mundo.

Hundí la mano en un tarro de pepitas de bronce y pasé los dedos por una cinta de seda.

«¿En qué podría convertirlas?». Apreté una esquirla de una piedra transparente entre el pulgar y el índice, con la esperanza de averiguar la respuesta entre sus reflejos.

«¿Qué deseo yo proporcionarle al mundo?».

Manoseé pedazos de metales cuyo nombre ignoraba y piedras de colores imposibles, y lo único que conseguí dilucidar fue cuáles me gustaban.

—¿Puedes enseñarme cómo se crea un artefacto? —le pregunté a Leo.

Para mi sorpresa, su entusiasmo se esfumó.

—Muy bien, Leo, ya nos has deleitado con tu espectáculo —intervino Ismael—.

Ahora me toca a mí encargarme de Valmori.

Es mi deber… —Añadió, y yo habría dado algo por no ser la única que había visto su cara adormilada en la puerta de los aseos.

Ismael desprendía un aura de perfección ante la que todos se sometían de manera espontánea, y el propio Leo se apartó sin rechistar, dirigiéndome un guiño cómplice.

—¡Qué envidia! —musitó, antes de alejarse hacia una mesa de trabajo donde una chica con una maraña de pelo negro y la piel de ónix con tatuajes dorados olisqueaba una pepita.

Mientras Ismael extraía de una estantería un largo rollo de tela de color ocre y se colgaba una cinta métrica al hombro, me pregunté qué había que envidiar. Midió la tela con un ojo cerrado y se hizo con unas tijeras grandes con las que cortó una tira.

—¿Eres un artífice? —lo interrogué al verle sacar un bote de lo que había aprendido que era polvo de estrellas.

—No, pero no lo interpretes como una habilidad exclusiva. Son talentos, inclinaciones, si quieres llamarlo así. Un buen mago debe estar versado en todas las artes —aclaró, eligiendo entre las bobinas de hilo una de color crema.

Intuí la operación que iba a realizar, así que busqué entre las agujas clavadas en un acerico una lo bastante fina para poder hacer un dobladillo.

Había crecido en una familia de ahorradores, donde la ropa se heredaba de prima a prima, sin importar que no utilizásemos la misma talla.

Por eso había aprendido a estrechar y a adaptar las prendas a mi físico de limitadas curvas.

—¿Y tú eres un mago muy versado? —pregunté, imitando su tono.

—Está claro que soy excelente —resopló con una carcajada.

El gesto de aprobación al ver la aguja que yo había elegido no me pasó desapercibido.

Alcé los ojos hacia el techo acristalado mientras Ismael cortaba una bifurcación en un lado de la tela, logrando que se pareciera a la lengua bífida de una serpiente.

—Aguja —reclamó, enhebrando el hilo a la primera y dirigiéndolo después hacia el bote—. Dicho de una forma menos pomposa, por medio de las herramientas de trabajo es posible tejer polvo de estrellas en futuros artefactos —me explicó, deslizando la aguja por la tela y cosiendo uno de los bordes.

Los granos relucían en color dorado, captando el resplandor que emitía el horno cercano, y parecían explotar con un fulgor más intenso cuando la punta metálica los rozaba.

—Prueba.

Ismael me puso los útiles en la mano, cediéndome el sitio en la mesa de trabajo.

Obedecí asiendo la pequeña aguja y apuntando hacia los granos invisibles para empujarlos hacia el interior de la tela, a lo largo del borde.

Tragué saliva cuando los destellos se apagaron y la tela pareció desinflarse entre mis dedos.

—No soy capaz —dije con cierta amargura.

—No has hecho más que empezar —comentó Ismael, girando la muñeca para invitarme a continuar.

—No —protesté, aún más molesta por su afirmación.

Necesitaba ser buena en todo y cuanto antes, incluso en materias que hasta el día anterior ignoraba. Quizás un día descubriría lo que de verdad me hacía feliz, aparte de la expresión de sorpresa y complacencia de quienes me veían triunfar.

Intenté abandonar la tela sobre la mesa, pero Ismael la recogió. Nuestras manos se encontraron y la aguja se me clavó en la yema del dedo índice. Hice un gesto de dolor y me la arranqué rápidamente, tras lo cual un punto rojo de sangre manó de la herida.

—Tengo un pañue…

Pero Ismael me apretó el pulso y se llevó el dedo a los labios para lamer la sangre con la punta de la lengua.

Se me nubló la vista y, por un instante, pensé que era una alucinación.

No podía estar ocurriendo de verdad. Sin embargo, en ninguna visión la boca de Ismael podría haber resultado tan cálida y suave como para calmar el pinchazo de dolor.

—No hace falta malgastar un pañuelo —dijo, apartándome la mano como si acabara de ayudarme a abrocharme un botón. Luego miró la tela para asegurarse de que la sangre no la había manchado—. Estupendo, ahora debería funcionar.

—¿Perdona? —exclamé, todavía con el dedo en alto como prueba de su desfachatez.

Ismael miraba alternativamente mi cara y la punta del dedo, como si no comprendiera.

—La saliva contiene lisozima, un antibacteriano más que suficiente para este pequeño corte. No querrás ir a la enfermería, ¿verdad? —Arqueó una ceja.

Negué con la cabeza, impresionada por su ceguera.

—¡Me acabas de lamer el dedo! —protesté.

Los labios de Ismael se curvaron en una sonrisa que no presagiaba nada bueno.

—¿A eso lo llamas lamer un dedo?

—Eres un auténtico…

Me mordí la lengua para no soltarle un insulto a mi magister y miré a mi alrededor en busca de solidaridad.

Los escasos alumnos que nos observaban, incluido Leo, no daban muestras de extrañeza.

Solo un chico al fondo de la sala, alto y huesudo, con un mechón pelirrojo delante del ojo izquierdo, parecía mirarnos con malos ojos.

Me pregunté si no sería mi educación como niña criada en una burbuja lo que me hacía revolverme ante semejante gesto y seguí observando con el ceño fruncido a Ismael, que recuperaba un libro maltrecho.

Su sonrisa no se desvaneció cuando deslizó el trozo de tela entre las primeras páginas del volumen y lo cerró, para que comprendiese que se trataba de un marcapáginas.

—¿Y ahora qué? —pregunté, sin comprender qué cualidad lo distinguía de un simple marcador de páginas fabricado por seres humanos.

—Hay que esperar —respondió Ismael, colocando el libro sobre la mesa.

Al cabo de unos instantes, el marcapáginas desapareció.

—¿Ha fallado algo? —me extrañé, pero Ismael me dirigió una mirada que conocía muy bien y que significaba «¿Tú qué crees?». En efecto, en cuanto volvió a tener el libro en sus manos, el marcapáginas apareció de improviso.

—El marcador reaparece cuando el libro vuelve a ser consultado por la persona que lo colocó.

De este modo, un mismo texto puede prestarse a varios estudiantes, por turnos, y cada uno de ellos encuentra sin dificultad el punto donde lo dejó —explicó, mientras su voz se quebraba a medida que pasaba las páginas—.

No salvará el mundo, pero aquí, en la Academia, resulta muy útil.

—Finalmente, dejó escapar un chasquido entre los dientes.

El marcapáginas había reaparecido, pero varias hojas más adelante de donde lo había dejado. Era evidente, incluso a simple vista, y mi brazalete blanco seguía totalmente apagado.