Anillos y estrellas (The Hidden Society 1) Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

—La astronomía es el arte de leer el cielo.

Las estrellas son la guía de nuestra magia.

Son su origen y su fuente inagotable, que nos llega después de haber viajado por el universo —explicó Ismael, recordándome por qué se hacía el silencio en el aula cada vez que tomaba la palabra.

Su voz tranquila hacía fascinante incluso la estratigrafía arqueológica, y escucharlo hablar del universo provocaba que las estrellas se sintieran más cercanas.

Abrió un cuaderno sobre el mapa y reconocí su caligrafía apretada y decidida, encerrada en una serie de apuntes y esquemas ordenados—.

Cuando una estrella se apaga, se convierte en un corazón blanco que poco a poco se enfría y se descompone, dispersándose por el universo.

Lo que queda de ella es lo que llamamos polvo de estrellas, y el poder que antes animaba la estrella nos permite activar la magia. ¿Todo claro? ¿Por qué sonríes, Valmori?

—No sonrío, te escucho.

En realidad, sonreía. E incluso estaba a punto de romper a llorar por la euforia que me producía estar allí tomando apuntes y mojando emocionada la plumilla en el tintero.

—La astronomía es el arte que nos permite encontrar el polvo de estrellas que cae a la Tierra, tal vez antes de que cause algún daño —añadió, y me di cuenta de que también otros estudiantes de la mesa lo escuchaban embelesados.

—¿Daños? —pregunté sorprendida, dibujando un signo de interrogación en el papel.

Ismael hizo ademán de responder, pero a su espalda Gritti golpeó el suelo con su bastón.

—Todo de golpe, no, magister Sagredo, o la confundirá.

Ismael frunció los labios y asintió:

—Disculpe, profesor, no estoy acostumbrado a tratar con párvulos. —Y se volvió para consultar con el profesor, puede que lo que debía revelarme.

Los demás alumnos de la mesa soltaron una risita y volvieron a sus libros. Torcí el gesto y me incliné para dibujar una bonita mazorca en la esquina del cuaderno meticulosamente ordenado de Ismael.

—Procura no enemistarte con Sagredo —me susurró Bianca, tapándose la boca con la mano cargada de anillos.

—Deberías haberme avisado hace cuatro años —respondí y dibujé la última hoja antes de dejarlo. Pero cuando levanté la vista Ismael estaba de pie junto a mí. Revisaba sus inmaculadas anotaciones, ahora arruinadas.

—¡Qué fino sentido del humor, Valmori! —Manifestó, impregnando cada sílaba con su enfado.

Su mirada de enojo me paralizaba—. Y pensar que los seres humanos son la herencia de las estrellas…

¿No lo sabías, Valmori? Incluso los seres humanos están compuestos en parte de polvo de estrellas.

—Se inclinó, hasta que su proximidad se volvió casi insoportable y su perfume de sándalo la única fragancia que llenó mis pulmones.

Me arrebató la plumilla de las manos y ni siquiera se me ocurrió moverme mientras me trazaba cinco líneas bajo el ojo izquierdo.

Bianca se ruborizó y ahora se tapaba la boca con la mano, como para no gritar, mientras que los demás alumnos de la mesa hablaban entre ellos.

—¿Qué me has dibujado? —Podía sentir mi piel ardiendo y mi orgullo en llamas por no haber sido capaz siquiera de protestar. Ismael me devolvió la pluma y flexionó los dedos, como si le hubiera molestado rozar mis dedos—. Ya lo descubrirás.

De súbito, retiré la mano izquierda y la escondí debajo de la mesa.

«¿Le dará asco tocar la piel del nudillo donde me falta el meñique?

». Las escasas veces que se me había olvidado ponerme la prótesis había recibido miradas de horror.

Había aprendido que la gente solo se siente segura con quien presenta su mismo aspecto, y que una variación mínima puede generar gran aversión.

Cuando llevaba la prótesis, podía ser cualquier cosa: estudiante, violinista, ladrona de conchas de la playa…

En cuanto me la quitaba, solo era una chica sin meñique.

—Como iba diciendo, la astronomía es el estudio de las trayectorias del polvo estelar que luego se recupera —prosiguió Ismael, sacando de su cinturón dos botecitos de cristal.

Uno contenía una sustancia similar a arena dorada que captaba las luces de los farolillos flotantes.

El otro estaba lleno de polvos de maquillaje blancos—.

Observa. —Destapó el primer bote y los granos levitaron en racimos, dispersándose en el aire hasta desaparecer—. Esto es el polvo de estrellas.

—¡Es invisible! —exclamé, tratando de localizar el brillo.

Ismael asintió y destapó el segundo frasco. Sus largos dedos manejaban el cristal y los tapones como un prestidigitador.

—Por eso utilizamos litio —añadió, cogiendo un puñado de lo que yo creía que era maquillaje.

—¿Litio? —repetí, desconcertada.

—Uno de los elementos más vendidos en las tiendas de magia de Dorsoduro.

Reacciona con el polvo de estrellas… —Lo lanzó al aire, dejando que las luces me mostraran la reacción.

De inmediato, el polvo de estrellas volvió a brillar como motas iluminadas por un rayo de sol e Ismael lo recogió dentro del bote, hasta llenarlo—. Sencillo, ¿no?

Asentí, atónita ante la idea de que la magia siempre había estado a mi alrededor y en todas partes, solo que invisible a mis ojos e inútil en mis manos. Hasta ahora.

Ismael aprovechó la ocasión para mostrarme el mapa astral y me indicó las principales rutas del polvo estelar y las corrientes de gas que lo transportaban al interior de nuestra galaxia.

Había que cruzar estos datos con los factores que afectaban a la atmósfera terrestre.

Dedicamos una hora a descubrir el movimiento orbital de las estrellas, hasta que, a las dos de la madrugada, me rendí y me retiré a una de las celdas de la planta baja para dormir rodeada de cojines junto a otros estudiantes que ya no tenían fuerzas para llegar a la Residencia.

La noche transcurrió en una confusa secuencia de duermevela hasta que Bianca me acompañó a mi cuarto cuando las primeras luces del alba se divisaban en el este. La definió como una auténtica experiencia como estudiante de la Academia y se ofreció a dormirme.