Capítulo 6
Al día siguiente, Domiziana me hizo llegar una maleta con todo lo necesario y un mensaje en el que me decía que les había comunicado a mis padres que me encontraba a salvo.
En el archipiélago no funcionaban los instrumentos tecnológicos, incluidos los teléfonos móviles.
Los magos no los echaban de menos. Descubrí que a mí tampoco me importaba demasiado.
Las escasas amistades que tenía en la universidad se habían desvanecido durante los meses de encierro en casa.
Claro que las primeras semanas me habían acribillado a mensajes de alegría y alivio, y todo el mundo parecía querer asegurarse de que estaba bien, pero, con el paso del tiempo, el contacto se había reducido y, en parte por mi culpa, me había aislado. Nadie esperaba un mensaje mío.
Giré la pulsera de Domiziana en la muñeca y de repente sentí como si me aplanara. Tomé aliento con dificultad y mis pulmones se encogieron bajo lo que imaginé que era una mezcla de nostalgia y sentimiento de culpa.
En el fondo de la maleta también encontré mi gorra, que me protegía de las miradas de los curiosos en Venecia.
Sin embargo, en mi primer día de exploración por la Academia, nadie parecía haberse fijado de manera especial en mí y, dado que todos los estudiantes llevaban uniforme, tal vez la gorra solo conseguiría atraer la atención.
Lo único que deseaba era ser una mera comparsa en la vida mágica de los demás estudiantes, mientras que, en silencio, descubriría la manera de asegurarme la mía allí.
Guardé la gorra en el armario y me tumbé, pues Ismael me había advertido que el programa de aquella jornada se prolongaría hasta después del atardecer.
Ismael vino a buscarme por la tarde, ya que por la mañana tenía compromisos en la Ca’ Foscari; entre tanto, yo había aprovechado para ordenar mi habitación y repasar para la próxima tanda de exámenes de invierno.
Me condujo a la sala donde habíamos estado dos tardes antes y allí me encontré al director Panfilio, que me dio la bienvenida, y a los cuatro profesores sentados en los sofás.
Mahasa Torkan, la madre de Ismael, parecía medir la distancia que me separaba de su hijo, mientras que Gritti me guiñó un ojo.
—Señorita Valmori, me alegra poder informarla de la decisión del Colegio sobre su permanencia en la Academia —anunció Panfilio, invitándome a acercarme a la pequeña mesa frente a los profesores—.
Tiene hasta la próxima luna nueva para demostrar su talento.
Si a los pocos días del acontecimiento celeste su pulsera no se ha iluminado, volveremos a considerar su plaza en Seledia.
El suelo se volvió inestable bajo mis pies, convencida de que aquella frase significaba más o menos una expulsión de la escuela.
Tenía once días para atraer lo que fuera que me había hecho arder en el callejón.
Once días para prepararme para una tarea, pero sin acceso a la biblioteca. Una pesadilla.
—¿Qué tiene que ver la luna nueva con esto? —pregunté, con la esperanza de recabar toda la información posible.
Magister Gritti pidió la palabra y señaló la bóveda celeste pintada en el techo, un fresco similar al de la mayoría de los edificios de la Academia.
—Como sabrá, señorita Valmori, utilizamos el polvo de estrellas para desencadenar la magia. Tenemos una profunda conexión con los cuerpos celestes, de manera que nuestras energías responden mejor los días que las estrellas brillan más.
Magistra Poluaro, a su lado, asintió con firmeza, pero cuando me disponía a hacer otra pregunta me interrumpió con delicadeza.
—Querida señorita Valmori, si lo desea, podemos dedicar todo el día a aclarar a sus dudas, pero la magia, al menos al principio, es instinto. Es una chispa que se enciende de forma espontánea. Le aseguro que una carga de información enciclopédica ahora mismo podría asfixiarla. Déjese llevar.
Asentí con frialdad y salí del edificio más nerviosa de lo que había entrado.
Odiaba la idea de confiar en el azar, en el dictamen arbitrario de las entrañas. ¿Qué podía saber un amasijo de vísceras sobre mi destino? Añoraba disponer de papel, bolígrafo y de una mesa estable donde diseñar un plan para quedarme en Seledia.
Cené en compañía de Ismael, pero enfrascada en mis pensamientos, ignorando a los estudiantes que se acercaban a saludarlo, entre ellos el chico de la mejilla quemada con el que había hablado el primer día.
Era un poco más alto que yo, sonreía mostrando todos los dientes y desprendía un entusiasmo contagioso.
Incluso asistí a cómo Ismael se reía de uno de sus chistes, aunque yo permanecí con los ojos fijos en mi risotto de calabaza, reflexionando sobre los próximos once días.
—Cuidado, Valmori, como te eclipses más, Bianca Gardenigo vendrá a estudiarte —dijo Ismael una vez que salimos de allí.
Caminábamos bajo uno de los soportales, mientras en el archipiélago ya declinaba la tarde.
Acaricié la piedra pulida de las columnas por las que pasábamos.
—Al menos podrían decirme qué soy —repliqué sin ocultar mi resentimiento.
Ismael estaba a punto de apuntar algo cuando su farol flotante apareció de la nada y zumbó a su alrededor como para saludarlo. No estaba solo. Un segundo farol chocó contra un capitel antes de precipitarse sobre mi hombro.
—Debe de ser el tuyo —comentó Ismael, visiblemente divertido por la dificultad de mi farol para mantenerse en el aire.
No le hice caso y lo tomé entre mis manos. El hierro estaba tibio, y la luz que emitía apenas lograba iluminar mi rostro, aunque me habría gustado sostenerlo entre los dedos y enseñárselo a todo el mundo.
—Sí, es mío.
Señalé a Ismael con la barbilla, como retándolo a añadir algo más, pero lo encontré absorto, con los párpados sellados y los labios entrecerrados, como si esperara una gota de agua y la buscara en mí. Imaginé que tenía algo que ver con el farol.
—¿Sagredo? —lo llamé, y pareció despertarse. Ensanchó los ojos y reanudó la marcha sin decir nada, obligándome a apurar el paso para seguirlo.
—Concéntrate, Valmori, y tal vez esta noche empieces a entender quién eres —afirmó, tras señalar un puente y el edificio al que nos acercábamos. Era la torre blanca cuya cima resplandecía ante mis ojos.
Ismael me guio hasta el interior del vestíbulo, iluminado tan solo por un orificio situado en el centro del techo.
Caminamos hasta situarnos justo debajo de la abertura y traté de echar un vistazo a los pisos superiores. Un instante después mi deseo se cumplió, porque las baldosas resultaron ser una plataforma de piedra que se elevó en silencio, transportándonos hacia lo alto.
Uno a uno, descubrí que los pisos de la torre contenían pequeñas bibliotecas y mesas de trabajo en las que algunos magos se inclinaban sobre inmensos mapas amarillentos.
La plataforma se detuvo en la última planta, encajándose perfectamente en el pavimento.
—Bienvenida a la Cúpula de Astronomía —dijo Ismael, abriendo una pequeña compuerta que protegía el orificio y permitiéndome pasar primero.
La parte superior de la torre no tenía techo, sino un enorme lucernario que se abría al cielo. Era como si la noche se hubiera posado allí arriba para ser admirada por la multitud de telescopios que apuntaban hacia las alturas.
Incliné la nuca y me quedé con la boca abierta. En el centro flotaba un enorme astrolabio. Su corazón consistía en una palpitante esfera dorada que irradiaba su luz a través de una serie de discos concéntricos que giraban a su alrededor.
En la cúpula reinaba el silencio. Los estudiantes permanecían ensimismados, admirando el universo tras las lentes.
Solo se detenían de tanto en tanto para transcribir alguna nota en sus cuadernos o consultar los libros que llevaban.
Otros, en cambio, estudiaban los giros del astrolabio, como si en sus rotaciones pudieran leerse las respuestas. Quizás era así.
No me dio tiempo a dar ni un paso más, pues Bianca Gardenigo apareció, abrazada a una pila de libros.
—Ámbar, te estaba esperando —susurró, infundiendo en la frase una buena carga de entusiasmo—.
El profesor Gritti me explicó las circunstancias de tu llegada y me contó tu historia.
—Levantó la punta del pie para señalar al magister , que manejaba un goniómetro ante un par de estudiantes en el otro extremo de la Cúpula.
Me obligué a sonreír y deseé que Gritti hubiera tenido el tacto suficiente para omitir la parte del secuestro.
Ismael se ofreció a cogerle los libros, y Bianca se lo agradeció, envolviéndose en su chal y conduciéndonos hasta su mesa, donde nos había reservado asientos.
Tuve que mover un par de pergaminos para hacer espacio y colocar mi cuaderno de notas, y así fue como me encontré con una octavilla que invitaba a todos los alumnos a participar en la «Noche de Polaris», que tendría lugar el 21 de diciembre.
Lo deslicé entre las páginas, imaginando que se trataba de un evento para astrónomos y prometiéndome que haría lo posible por participar.
—¿Lista, Valmori? —preguntó Sagredo. Yo asentí.
Desenrolló frente a mí un mapa celeste en el que se destacaban las constelaciones y las órbitas de los planetas en torno al sol, junto con otra serie de líneas más finas.