Capítulo 5 #3
—Correcto, mi magia, esta vez, tiene la culpa. Me he comprometido a organizar su estancia aquí. En cuanto a la biblioteca…, la respuesta es no a corto plazo. El conocimiento aquí recopilado es tan valioso como comprometedor. Nos encargaremos de que acceda a él de manera gradual.
Sentí una oleada de desilusión, y los dedos se me estremecieron al pensar en los libros que me estaban vedados, pero a la vez me obligué a asentir y a mostrar gratitud.
Gritti, o quienquiera que hubiera tomado aquella decisión, actuaba así por mi bien.
Y tarde o temprano llegaría mi hora. El profesor hizo un gesto galante con la mano y se marchó, seguido de Bianca, que empezó a hacerle una pregunta sobre astronomía de la que no entendí ni palabra.
Enderecé la espalda, consciente de pronto de que estaba cara a cara con Ismael, que volvió a mirarme como si estuviera eligiendo por dónde empezar a insultarme. Finalmente, eligió señalarme con su largo dedo índice anillado.
—Por tu culpa, Valmori, acabo de recibir mi primera reprimenda en cinco años de estudio en la Academia de Seledia. Te aseguro que no lo olvidaré.
Me crucé de brazos e intenté abrir una brecha en su coraza.
—¿Lo anotarás en mi boletín de calificaciones? No creo que aquí tengas autoridad.
—Cierto, pero puedo hacer cosas peores —replicó, curvando la comisura de los labios—. Obligarte a escribir en letras de molde en vez de en cursiva o requisarte las velas que enciendes para leer por la noche.
—Eres un monstruo —musité.
—Tú me has creado. —Y me indicó que lo siguiera por el pasillo—. ¿Por qué no me esperaste en el banco?
—¿De verdad pensabas que me iba a quedar quieta ante la posibilidad de explorar una escuela de magia?
Debes de estar demasiado acostumbrado a todo esto para no comprenderlo.
—Me giré para señalar los libros, que volvían a flotar para situarse en sus estanterías, y las cartas que se barajaban como movidas por manos invisibles, a la espera de que alguien jugara con ellas.
Ismael siguió mi mirada y no pude evitar pensar que él también estaba encantado con la magia que nos rodeaba, a pesar de haber nacido entre ella.
—Una vez, en clase, le contaste a una amiga que te despiertas temprano, pero que te quedas un rato en la cama leyendo —dijo, encogiéndose de hombros.
Me ruboricé al pensar que Ismael estaba detrás de mí durante aquella conversación. La recordaba, y estaba casi segura de haber confesado que dormía con calcetines enrollados en el pelo para intentar que se me rizase. Sin éxito, porque mis mechones se mantenían obstinadamente lisos.
—Ahora no tengo nada que leer —me limité a señalar, y sus mejillas se hundieron de nuevo en un gesto de decepción que no comprendí y que deseaba evitar a toda costa que mostrara por mi culpa—.
Y qué, ¿soy maga o no? —pregunté para cambiar de tema—.
¿Es habitual que los magos sean atacados en un callejón oscuro por la noche?
—Es difícil saberlo. —Ismael se detuvo ante una pared en la que los espacios entre una estantería y la siguiente parecían ramas entrelazadas y en cuyo letrero rezaba la inscripción: «Árboles genealógicos»—.
La magia es genética, y todas las familias están registradas y protegidas por la Hidden Society.
Los hijos de parejas con un solo progenitor mágico —una pésima idea, por cierto— se someten a observación desde la infancia y, o bien demuestran sus poderes a una edad temprana, o bien no los desarrollan.
—¿Una pésima idea? —repetí, molesta por su arrogancia.
—Dispersar el saber lo es. Un humano nunca podrá ser un compañero adecuado para un mago; lo obligará a llevar una vida yerma de conocimientos y aislada del resto de la sociedad mágica —replicó Ismael.
—¿Sabes que existen humanos curiosos y dedicados al estudio?
Entreabrió la boca, como no si quisiera continuar con la conversación.
—Tus padres son humanos, ¿verdad?
—Muy humanos —respondí sin emoción.
Mi madre, a decir verdad, se burlaba de mis lecturas, y mi padre me interrumpía varias veces durante mis maratones de películas de elfos y dragones para preguntarme si era consciente de que no existían en la vida real, catalogándolas como una pérdida de tiempo.
Ismael extrajo un grueso pergamino y desató la cinta roja y dorada para mostrarme su linaje, el linaje Sagredo.
—Claro que también podrían ser otros…
—¿Otros? —lo interrumpí, observando cómo iban apareciendo nombres persas sobre el de Mahasa Torkan y las plumas de tinta dibujadas a su alrededor.
Ismael enrolló el pergamino y, en silencio, me condujo hasta una enorme y coloreada vidriera donde, en primer plano, una maga identificada por su capa azul apuntaba con una llave al cielo estrellado.
Junto a ella, un hombre de espesa barba oscura rodeaba su brazo con un zarcillo, empujando las hojas hacia un bosque donde se ocultaba una pareja de orejas largas, mientras que, en el lado opuesto, una mujer recostada sobre un peñasco golpeaba las olas del mar con su cola azul.
—Y esto, Valmori, y mucho más, es la Hidden Society.