Capítulo 5 #2
Un simple vistazo no me bastó para contemplarla en su totalidad, pues mis ojos no sabían por dónde empezar la exploración.
El diccionario de mi mente rebullía en busca de una definición adecuada.
Era una biblioteca con las paredes llenas de libros desde el suelo hasta el techo.
Era una sala donde altas ventanas dejaban a la vista algo parecido a celdas circulares adornadas con alfombras mullidas y sofás bajos cubiertos de cojines.
Era una ludoteca en la esquina donde las mesas estaban ocupadas por tableros de ajedrez, barajas de cartas y dados.
Era un café detrás del mostrador donde una pareja llenaba teteras y platos.
Y estaba segura de que había mucho más detrás de las columnas que todavía no alcanzaba a divisar.
Me dejé arrastrar por los estudiantes que me rodeaban y se desperdigaban por allí, la mayoría para ocupar las mesas.
Algunos, por el contrario, tomaban la escalera de caracol que conducía al balcón y desaparecían.
Di mis primeros pasos inciertos hacia el fondo, para no atraer la atención más de lo necesario, y empecé a escudriñar los letreros que dividían las secciones de libros hasta encontrar el de Propedéutica.
La pared se prolongaba hacia arriba, y mi brazo no alcanzaba más allá del tercer estante.
Me estaba preguntando cómo llegar a los más altos cuando una chica de larga melena rubia adornada con cintas tornasoladas pasó a mi lado y una escalera de peldaños de piedra surgió de la roca para acompañarla en su búsqueda.
Me apresuré a seguirla, apoyando con recelo los pies en los escalones que instantes antes no existían.
No obstante, al desplazar mi peso sobre ellos, me parecieron tan sólidos como los de la Escalera de Oro del Palacio Ducal de Venecia.
Graníticos e inamovibles. Con la esperanza de que no se desvanecieran tras el paso de la chica, me encaminé hacia la parte superior de la biblioteca al tiempo que leía algunos títulos: El códice de las estrellas: lectura y escritura astrológica , de David Erulo; Leyendas celestes: relatos celestiales de la creación , de Lorenza Quintaluce…
Todos parecían condenadamente interesantes. No sabía por cuál empezar.
Observé la espalda de la chica rubia, cubierta por un chal, y la curiosa colección de parches en forma de bocadillos de cómic repartidos por su uniforme.
«Podría preguntarle», pensé, antes de recordar que debería estar acompañada de Ismael y que quizás exponerme demasiado no era una buena idea.
Me decidí por Leyendas celestes y alargué la mano para cogerlo.
De súbito, los estantes emitieron un destello y salí despedida hacia atrás, peligrosamente cerca del borde de la escalera.
—¡Cuidado! —La chica rubia dejó caer los libros que llevaba en la mano para sujetarme del brazo, y yo volví a saltar hacia la pared. Me estrechó con sus suaves dedos y tuve la sensación de flotar mientras tiraba de mí.
—Creo que estoy a salvo —afirmé tras recuperar el equilibrio—. Gracias.
—No me digas que acabo de salvar a una ladrona de libros o, peor aún, a una de esas lectoras que doblan las páginas —dijo, ahuecando la falda sobre su elegante figura y frunciendo el ceño de su rostro angelical para analizarme.
Estaba segura de que nos convertiríamos en grandes amigas.
—Preferiría que me ataran los brazos a una silla antes que doblar una sola página, y creo que tengo algo así como un récord de libros devueltos a los pocos días de llevármelos prestados. —La segunda parte era de cosecha propia.
—Entonces serás una gran compañera de lectura —rio la maga, señalando las dependencias donde algunos estudiantes habían tomado asiento en los sofás, tumbados con los libros—.
Me llamo Bianca Gardenigo, astrónoma especializada en el comportamiento de estratiformes —añadió, ajustándose los apretados gemelos con forma de planeta que llevaba en los puños.
—Ámbar Valmori… Acabo de llegar. —Escondí la mano izquierda entre los pliegues de la capa y le tendí la derecha. Ella me la estrechó con suavidad.
«Cada mago tiene una especialidad y está obligado a mencionarla al presentarse», pensé, arrepintiéndome de no haber añadido algo como «investigadora de antigüedades», que sonaba lo bastante pretencioso como para ser cierto incluso allí.
Pero Bianca parecía más interesada en la estantería, que volvió a tocar con cautela. Cuando su mano rozó los libros no sucedió nada.
—Parece que la biblioteca te la tiene jurada —confirmó, abriendo de par en par sus grandes ojos color miel.
—Preferiría no repetir el experimento —dije, masajeándome el costado que me había golpeado contra la balaustrada.
Bianca se agachó para recoger los volúmenes que habían caído al suelo, murmurando sus conjeturas.
—Qué curioso…
—Ah, señorita Gardenigo, veo que ha tenido el placer de conocer a la señorita Valmori, una reciente incorporación que nos tiene en vilo por los misterios que se ciernen sobre ella.
Me temo que tiene prohibido sacar de nuestras bibliotecas…
Y no veo a magister Sagredo velando por su seguridad.
—Bartolomeo Gritti me miraba desde el suelo con una mano apoyada en su bastón.
—Sagredo ha ido un segundo al baño —dije, balanceándome sobre las puntas de los pies, mirando a mi alrededor como si esperara verlo aparecer de un momento a otro.
Algunos estudiantes se habían parado a observar la escena, y Bianca le había dirigido un saludo respetuoso al profesor de Astronomía. Gritti esbozó una sonrisa compasiva.
—¿Le han dicho que miente fatal?
—Sí, muchas veces —reconocí con un suspiro, mientras Bianca me ayudaba a descender de la escalera que se volvió a formar bajo nuestros pies y, tras unos instantes, desapareció a nuestra espalda.
—Créame cuando le digo que es una suerte, pues las mentiras llevan por caminos desafortunados.
Nada bueno sale de ellas. Por eso el método que el Colegio ha establecido para saber si es digna de estar aquí…
¡Ah! —Gritti se llevó una mano a la boca, como si de repente se hubiera dado cuenta de que había hablado de más—.
Es demasiado pronto para esa información.
—Me guiñó un ojo, y ya se disponía a marcharse cuando una sombra se abalanzó sobre nosotros con la avidez de un ave de rapiña.
—Aquí estás. —Ismael Sagredo terminó su última zancada y se detuvo ante nosotros. Sus ojos estaban clavados en mí, como si no buscara nada más, y su mandíbula sugería que me iba a arrepentir por haberme encontrado—. Ignoraste mis indicaciones, te fuiste sin decirme nada y…
Gritti lo interrumpió, apoyándole el bastón en el pecho.
— Magister Sagredo, si un pajarito se escapara de la jaula, ¿culparía al animal o al hombre que la dejó abierta?
Ismael se ajustó el cuello de la camisa.
—Valmori es una persona, no un jilguero —dijo con una voz muy distinta de aquella con la que en clase solía presumir de dar siempre la respuesta correcta. Era una voz lapidaria, y se le veía cabreado.
—Por suerte. Así no puede salir volando; debería ser más sencillo vigilarla. Que no vuelva a ocurrir. —El tono de reproche era palpable, a pesar de que Gritti no perdió sus buenos modales.
—Sí, profesor —pronunció claramente Ismael, inclinando la cabeza, y yo contuve una risita que me sacudió y me provocó un dolor punzante en el costado.
— Magister Gritti, file su magia la que me impidió acceder a la estantería, ¿no es así? Cuando reciba instrucciones del Colegio, ¿podré tomar libros prestados de la biblioteca? —pregunté esperanzada.
En el rostro de Gritti se dibujó una sonrisa muy medida.