Capítulo 5
A la mañana siguiente, algunos restos de nubes permanecían en los bordes del cielo, como si deseasen conocer el resto de mi historia antes de ser arrastradas por el viento. Yo también quería conocerla y me sentía igual de frágil dentro de los límites de la Academia.
La noche anterior, Ismael me había acompañado al islote de la Residencia y me dejó en la puerta de mi habitación, no sin antes asegurarme que el Colegio se ocuparía de mí y de anunciarme la condena de nuestra próxima cita al día siguiente, a la hora del desayuno, las ocho en punto, en el mismo lugar donde nos habíamos separado.
Apenas había conseguido dormir un par de horas, arropada con las mantas de la cama con dosel y atormentada por mil preguntas, cuando me despertó el viento que golpeaba los cristales de la ventana. Entonces abrí las cortinas y esperé los dedos rosados de la aurora en el horizonte para salir de allí.
En el pasillo encontré una maleta con mi nombre escrito en la etiqueta.
Al abrirla, descubrí una dotación básica del uniforme estudiantil: una suave camisa de seda nacarada y, para elegir, una falda y unos pantalones azules.
Mis dedos se hicieron un lío al intentar abrocharme los botones.
La ausencia de la prótesis del meñique trastocaba el equilibrio al que estaba acostumbrada, y al final me dejé un par de ellos abiertos; quedaban cubiertos por el chaleco del uniforme, en el que figuraba el emblema de la Academia: una estrella de ocho puntas.
Alguien me había ahorrado el desayuno en pijama, y yo, agradecida, me aproveché de ello.
Así que al rato ya estaba paseando por el muelle más exterior del archipiélago, que se asomaba a la lengua de tierra del Lido.
Pasé junto a un banco en el que alguien había olvidado una toalla y alineé los pies con las rayas de las losas de piedra, dejándome guiar por las juntas y las vetas bien delineadas.
Debían de tener cientos de años, al igual que aquel lugar, y, sin embargo, siempre habían permanecido ocultas para el resto del mundo.
Levanté la mirada hacia el mar, que apenas se movía, preguntándome qué otros secretos persistirían encerrados, tanto bajo las olas como más allá.
Algunas hojas amarillas caídas al agua eran arrastradas con rapidez a mar abierto por las corrientes y, tras alejarse, volvían a estrellarse contra las piedras, salpicando agua y espuma.
Aunque no me lo planteaba, me habría resultado imposible escapar de allí.
Desde el primer instante en que el nombre de la Academia había salido de la boca del magistri , decidí que haría cualquier cosa por quedarme, incluso si eso significaba dejar atrás mi antigua vida.
Continuaría con mis estudios en la universidad en mi tiempo libre, pues ¿qué podía compararse con estudiar magia? Nada.
Se me puso la piel de gallina y temblé ante la idea, mientras contemplaba cómo surgía el sol y disipaba la oscuridad. Fue entonces cuando atisbé un brazo que emergía de las aguas, seguido de una masa de pelo oscuro y la línea de una espalda.
«Una sirena», pensé, pues pocas personas serían capaces de nadar con aquellas corrientes.
Observé la silueta hasta que una mano se aferró a la escalerilla al borde del muelle, bastante cerca de donde me encontraba.
Entre las olas surgieron los hombros torneados y el rostro concentrado de Ismael Sagredo.
Su pelo chorreaba, y a mí me habría encantado poder apartárselo de la frente e introducir los dedos entre los mechones que caían por su cuello.
Recordé cuánto odiaba sentarme detrás de él en el aula, así como su ancha espalda, que me tapaba un trozo de pizarra siempre que, de manera inexplicable, conseguía llegar a clase antes que yo.
Nunca habría imaginado que ocultara un físico que parecía dibujado por una mano firme, generosa en resaltar las sombras de los músculos del pecho y los brazos.
«¡Soy patética!», me dije, y de repente me entraron ganas de tirarme un cubo de agua fría a la cara.
Ismael trepó al muelle y se sacudió el agua de los pantalones de buceo, tiritando de forma ostensible. Mi primer instinto fue acercarle la toalla, pero me detuve al pensar que, si me mantenía alejada, tal vez no reparase en mi presencia.
Sus pies descalzos trazaron una serie de grandes huellas en la piedra mientras estiraba los músculos. Cometí el error de no esfumarme antes de que se incorporase y se recogiera el pelo entre los dedos. Sus ojos me descubrieron de inmediato.
—Valmori —dijo, escrutando mi vestimenta con un gesto de sorpresa que enseguida se convirtió en fastidio—. ¿Ya te hacen vestir como uno de nosotros?
Junté las manos detrás de la espalda, compartiendo para mis adentros la idea de que no me merecía aquel uniforme en absoluto, si bien nunca le daría la satisfacción de mostrarme de acuerdo con él.
—Sí, y me han dicho que pronto me darán una varita.
Ismael frunció el labio inferior en una mueca de irritación ante mi réplica y se escurrió el pelo, dejando que una cascada de gotitas descendiera por su cuello y su torso, lo cual puso a prueba mi instinto de recorrerlos con la mirada.
—Tú, en cambio, deberías taparte.
Señalé la toalla con la punta de la barbilla y miré alrededor. Aparte de nosotros, el muelle a pie de calle estaba desierto, pero cuanto más se alzaba el sol en el horizonte, más cortinas empezaban a abrirse en la larga fachada de la Residencia.
—¿Te molesta si me quedo así? —preguntó Ismael, lanzándome una mirada que me retaba a replicar algo distinto de las respuestas preparadas de la buena estudiante que había visto durante tanto tiempo en clase.
Luego cogió la toalla, solo para frotarse el pelo, que empezaba a rizarse en las suaves ondas que yo conocía.
Lástima que aquella buena estudiante fuera yo.
—Me molestas de cualquier forma que estés, pero el destino parece querer ensañarse conmigo. Eres mi magister , así que no te atrevas a ponerte enfermo porque tengo mil preguntas y una Gran Biblioteca que examinar —solté de un tirón.
—¿Crees que me entusiasma convertirme en tu guía turístico?
—Siento que mi vida haya dado un vuelco en las últimas horas, que el mundo que conocía se haya puesto patas arriba y que me hayan traído aquí para averiguar qué demonios me pasó cuando…
Me interrumpí antes de decir «me raptaron».
Jamás había pronunciado esas palabras en voz alta, pero oírlas resonar en mi mente bastó para que me invadiera el frío.
Las olas parecían romper con más fuerza sobre la piedra, con el mismo ritmo que me había despertado de un larguísimo sueño.
Me tambaleé presa del mareo, como si estuviera de nuevo en aquella góndola, abandonada en el centro del Gran Canal, sola bajo el cielo estrellado de Venecia.
—¿Valmori? —preguntó Ismael, acercándose.
Ni siquiera lo miré a la cara. Di un paso atrás y aumenté la distancia, negando con la cabeza.
—Estoy bien, solo necesito comer algo. Para tu información, preferiría a una mazorca de maíz como guía turístico antes que a ti.
Ismael curvó sus marcadas cejas y se envolvió en la toalla.
—Claro, una mazorca —repitió, en el tono condescendiente que se emplea con un niño para zanjar una pataleta—.
Quédate sentada en el banco mientras voy a cambiarme y luego intentaremos cumplir con nuestra tarea, ¿de acuerdo?
—concluyó, con tal contundencia que podría haber remachado un clavo en la piedra.
Asentí, pero en cuanto lo perdí de vista me encaminé hacia el centro del archipiélago, siguiendo la dirección tomada por la mayoría de los estudiantes, que supuse que se dirigían a desayunar.
El refectorio, como alguien lo llamó al pasar, recordaba a algunas tabernas históricas que había visitado.
Las paredes estaban atestadas de recetarios y adornos otoñales, y el centro de la sala estaba ocupado por grandes mesas de madera maciza, en torno a las cuales los estudiantes colocaban sillas para reunirse.
Nadie me prestó atención mientras me servía en el bufé una bandeja cargada de tostadas con mantequilla y mermelada, una porción generosa de tarta de limón y un plátano, todo ello acompañado de un humeante capuchino.
Comí sola, declinando cortésmente la invitación de un chico rubio con una llamativa quemadura en la mejilla para que me uniera a él y a sus amigos.
Parecía sincero en su empeño de que no me quedara al margen, pero yo no sabía cómo confesarle que ni siquiera en grupo iba a articular palabra.
Los retazos de conversación que capté me llevaron a acordarme de mis días de estudiante de secundaria, cuando visité la Universidad Ca’ Foscari durante la jornada de puertas abiertas, para descubrir que los temas de examen que preparaban resultaban tan indescifrables como el sumerio antiguo.
Del mismo modo, aquella mañana los magos de la Academia hablaban de una forma oscura de asuntos que no comprendía.
Posé la taza con decisión y me ajusté las horquillas en las sienes, como hacía siempre antes de emprender una sesión de estudio.
Si entendía, la única opción era estudiar.
Volví a dejar la bandeja en su sitio y caminé hacia Sotobóveda.
El camino principal y los puentes estaban protegidos por soportales de piedra en los que algunos estudiantes se sentaban a leer o a hacer experimentos con los extraños accesorios que portaban.
Daba la impresión de que cada mago estaba obligado a llevar al menos un par de anillos, un manojo de llaves colgado de la cintura y un collar de diseño extravagante.
Me fijé en el que sobresalía por encima del hiyab de una chica y me toqué el pecho donde solía estar mi colgante.
Lo había manoseado tantas veces que mi palma parecía recordar su forma y se curvó como para asirlo, aunque allí solo quedaba un vacío.
Giré la pulsera que me había regalado Domiziana, que me molestaba en cualquier posición, y crucé el umbral de Sotobóveda. Y allí me detuve.