Anillos y estrellas (The Hidden Society 1) Capítulo 4 #5
16%

Capítulo 4 #5

Repetí la palabra en mi mente mientras continuaba caminando, reflexionando sobre las horas pasadas.

—Tu reloj de bolsillo es un artefacto.

Ismael ni siquiera asintió, pero pude ver en el brillo de sus ojos que lo era, y quizás uno bastante poderoso.

El islote de la Academia era el de mayor tamaño, y el edificio estaba rodeado por un entorno ajardinado de unos cien metros de largo, donde, a la tenue luz de los farolillos, podía distinguir los contornos de bancos, mesas y altos árboles de diversas especies.

Y, más allá, las siluetas de otras construcciones, buena parte de ellas ocultas por la oscuridad.

Solo una torre destacaba. Era el edificio más alto, y en su cima brillaban luces por encima de las ventanas abiertas, una serpentina luminosa que conducía a la cúpula de cristal. Quizás era un monumento.

—¿Qué es aquello?

Ismael siguió mi dedo índice.

—La Cúpula de Astronomía. A estas alturas ya estará abarrotada, aunque no sea la noche ideal para observar el firmamento.

Miré hacia el horizonte.

—¿Cómo es posible que nadie haya descubierto este lugar? ¿Cómo puede pasar desapercibido para satélites, drones y barcos?

Ismael sonrió, como si de nuevo se esperase la pregunta.

—Como te he explicado, la magia es el elemento que falta en la humanidad.

Es un concepto que nunca se logra comprender, y por eso la isla es invisible para vosotros.

No se puede captar. Algunos de los instrumentos de más avanzada tecnología son los aparatos más ciegos y sordos jamás diseñados.

Nunca conseguirán detectarnos. En lo que respecta a las embarcaciones, es más complicado.

Los timoneles ven una extensión de mar despejado, pero las corrientes fueron tejidas con magia, para evitar incidentes.

Los marineros simplemente nos evitan, como un ciclista esquiva un bache en el camino. Existimos en su punto ciego.

Asentí con parsimonia, preguntándome cuántos puntos ciegos más se esconderían en otros lugares del mundo. Ahora que sabía de la existencia de la magia, no solo las leyes y la lógica se ponían en cuestión; todo el andamiaje geográfico debía dejar espacio para un elemento más.

—¿Siempre os escondéis en lugares como este?

—Estamos en todas partes. En palacios sin placa exterior, en jardines aparentemente abandonados o en puestos al fondo de mercados, en negocios clandestinos.

A veces, sin embargo, somos el centro de atención.

A plena luz hay escondites magníficos: somos directores de museo, modistas, primeros violinistas, encantadores profesores…

—Los dientes blanquísimos de Ismael relucían a la luz de su farol.

—¿Encantadores profesores? Ha de ser una broma. ¡No conozco ni al primero!

Descubrí que la ironía me ayudaba a mantenerme a flote entre la marea de pensamientos y sensaciones que se precipitaban hacia mí.

Había intentado poner en práctica mi ejercicio favorito: contar de manera obsesiva los objetos que me rodeaban.

El problema era que me encontraba en un lugar extraño y todo lo que podría contar no haría sino alimentar mi confusión.

Paradójicamente, discutir con Ismael Sagredo era la única sensación familiar que me quedaba.

—¿Sabes, Valmori? Algunas personas antes que tú entraron en contacto con el mundo de la magia, pero muy pocas lograron mantener la lucidez.

La mayor parte sufrió un colapso. Demasiadas verdades nuevas a la vez.

Las certezas sólidas se les hicieron añicos —dijo, y me pareció percibir una ligera inflexión en su voz, una fisura, que enseguida barrió un golpe de tos.

Reflexioné sobre sus palabras. Ismael no se hacía una idea del terremoto que agitaba mi cabeza.

Con mi desaparición había experimentado el terror del olvido de los recuerdos.

Gracias a mi psicóloga, fui aprendiendo a preservar mis pensamientos.

Imaginaba mi mente como una biblioteca ordenada, conformada por estantes y libros.

En ese momento, un tornado había destrozado un ala entera, pero estaba segura de poder recuperarme, y creía saber por qué.

—Si no me he vuelto loca es porque durante muchos años albergué la esperanza de que existiese la magia. La magia ocupaba tanto espacio en mis fantasías que se volvía cada vez más posible. ¿Tiene algún sentido?

—Creo que es la explicación más plausible. Deberías hablar de ello con magister Panfilio. Le fascinaría y te sugeriría convertirte en su próximo caso de estudio.

Entonces Ismael dio un paso más largo que me desequilibró. Tuve que sujetarme con fuerza a su brazo, y cuando abrí la boca para protestar respiré a pleno pulmón el aire salado de la laguna.

En el horizonte, las luces de Venecia se desplegaban sobre el agua, coloridas franjas, reflejos de la vida que continuaba en mi ciudad, cientos de mujeres y hombres ajenos a la magia que se ocultaba a pocos kilómetros de ellos.

El apoyo de nuestros pies se volvió menos sólido, como si los zapatos hubieran percibido el cambio en el terreno.

Estaba a punto de expresar ese razonamiento cuando Ismael me tomó del brazo e hizo que me volviera.

Lo obligué a apartar el paraguas para captar la belleza del edificio que reinaba en el centro del archipiélago.

Se diría similar a una catedral, pero su estructura se basaba en la repetición simétrica de vidrieras, arcos, torretas y puentes colgantes, todo ello rodeado por un pórtico.

No era un edificio, sino muchos; no era un solo lugar, sino fragmentos del mundo trazados juntos en perfecta armonía.

Era equilibrio y calma, y algo tan maravilloso que el mismo cielo lo deseaba, reflejándose en todas sus vidrieras.

La lluvia resbalaba por mi cara, pero no me importaba.

Era la construcción más hermosa que había visto jamás, y su mera existencia era magia hecha de piedra.

—Esto, Valmori, es Sotobóveda. Estamos en el corazón de la Academia de Seledia.