Capítulo 4 #4
—Entonces, ¿eres profesor asistente en nuestra universidad y magister aquí? ¿Cómo lo haces?
—Los magos somos más inteligentes que los humanos. Y no levantes los ojos al cielo, Valmori, es una cuestión anatómica. Nacemos con mayor densidad neuronal. Nuestra red de sinapsis es tres veces más densa, y nuestra mielina tan abundante que podemos reaccionar más rápido que un atleta olímpico.
—Por eso eres el capitán del equipo de esgrima —deduje, aplacando un poco la envidia que siempre había sentido por la cantidad de áreas en las que sobresalía Ismael.
—De todas maneras, me paso horas entrenando.
Podemos decir que nacemos con una estructura genética perfecta, y depende de nosotros aprovecharla al máximo.
Puedes llamarnos afortunados, eruditos, investigadores —dijo Ismael, regalándome la sonrisita que me reservaba antes de corregirme alguna respuesta en clase.
Empujó el farol hacia arriba y este giró sobre sí mismo y se abrió como para tragarse una lucecita, solo que el metal se desprendió de las bisagras y el vidrio se desenrolló hasta transformarse en una franja de color.
La llama que albergaba no estaba alimentada por una vela.
Era simplemente un pequeño corazón de luz azul palpitante que se posó en la mano de Ismael.
No lo quemó; danzó entre sus dedos, bien ardiendo en su palma, bien dividiéndose en cinco minúsculas luces que brillaban entre sus yemas—. O puedes llamarnos magos.
Tragué con dificultad. Nada podía explicar lo que había visto. Ni siquiera la fórmula más imaginativa de física o química.
El farol que obedecía la orden de Ismael, el fuego que bailaba en su mano… Sí, eso era magia.
—Pregúntame lo que quieras —me animó Ismael, mientras el farol se ensamblaba de nuevo, encerrando la llama tras su puerta, y volvía a flotar sobre nuestras cabezas.
Abrí la boca y la cerré de inmediato. Los más dispares pensamientos asaltaban mi mente y luchaban por ser procesados.
—¿De verdad estabas en el teatro para ver La valquiria ?
Nunca había visto a Ismael reír con tantas ganas. Me puse furiosa, porque entre los absurdos aspectos de mi existencia, la única observación que aparecía con nitidez en mi mente era lo guapo que estaba cuando perdía la compostura de aquel modo.
—Eres la protegida de Domiziana… —Ismael se encogió de hombros y tuve que obligarme a concentrarme en mis preguntas y no en sus rizos castaños, que me goteaban en el hombro.
—¿Serías capaz de convertir esto en una cometa? —pregunté señalando el paraguas, atenta a recuperarlo en el caso de que quisiera hacerme otra demostración.
—No, porque el paraguas no es mío. Es un tema largo y complejo, pero los magos establecemos un vínculo con nuestras posesiones.
Nos pertenecen, las cuidamos y a cambio tenemos el poder de controlarlas.
Esto es mío —añadió mientras balanceaba el farol a nuestro alrededor—.
Cada estudiante de la Academia tiene el suyo, y son especialmente útiles para las sesiones nocturnas de estudio en las apartadas celdas de Sotobóveda.
Sentí el deseo nítido de ser uno de ellos, de recibir un farolillo flotante y de perderme entre los edificios, pero la última falange de mi meñique izquierdo me escoció de forma insoportable, recordándome que había algo más: la desaparición, el colgante y la pelea en el callejón.
Todo aquello, por fuerza, tenía que estar relacionado.
Pero no me fiaba lo suficiente de Ismael como para compartir mis suposiciones.
—¿Por qué no intervenís en los asuntos humanos? Con vuestra magia, podríais salvar vidas y hacer el bien.
—Lo hemos hecho durante generaciones. —Había tanta tensión en cada sílaba de esta sentencia como en su mandíbula—.
Y cada vez, sin una sola excepción, los humanos se aprovecharon de nuestros poderes, siempre con el propósito de explotarlos con fines egoístas.
De vez en cuando, alguien, en algún lugar del mundo, lo intenta, con los mismos tristes resultados.
Las compañías farmacéuticas codician nuestras decocciones curativas, y los coleccionistas se mueren por nuestros artilugios para encerrarlos en vitrinas de cristal.
—¿No podéis impedirlo? Al fin y al cabo, sois… magos. —La palabra todavía sonaba irreal en mis labios.
—Somos pocos, poquísimos comparados con los humanos, y los secretos se propagan con rapidez. Con eso basta para perder el control sobre ellos.
Hablaba con una seriedad que parecía evocar acontecimientos horribles ocurridos en el pasado. Ignoraba cuáles eran los límites de los poderes de los magos, pero la codicia de los humanos me resultaba familiar, así que decidí no indagar más.
—Te quedan otras tres preguntas —dijo, conteniendo un bostezo detrás de sus nudillos cargados de anillos y mostrándome sus dedos índice, medio y anular.
—¿Solo tres? Eres un magister horrible, deberías aclarar todas mis dudas —repliqué, metiendo con energía las manos bajo la tela de la capa.
—Tengo sueño. Y te quedan dos. —Bajó el dedo medio, logrando mantener los otros dos perfectamente rectos sin esfuerzo.
Lo miré de pies a cabeza con antipatía y me prometí que a la mañana siguiente correría a la biblioteca.
—¿Qué más sabéis hacer los magos?
—Como te acabo de explicar, somos eruditos. Investigamos la magia desde cuando nace. Nos hacemos preguntas y buscamos respuestas, y, entre tanto, tomamos mucho café —dijo sin perder el gesto serio, mientras reanudábamos la caminata por el sendero de adoquines dispuestos en diseños geométricos.
Me perdí siguiendo las líneas por un instante que al cerebro de Ismael debió de parecerle una eternidad, porque volvió a hablar:
—Una pregunta más.
—¿Cómo hicimos para volar sobre los tejados? —pregunté.
—Obviamente, no volamos —lo dijo como si fuera una tontería y todo lo ocurrido algo perfectamente normal—. Caminamos con mis zapatos, dotados de la capacidad de desplazarse sin pisar el suelo.
—Vaya respuesta más pobre, Sagredo. Protesto y exijo que profundices en el asunto.
Sin previo aviso, tuve que cogerme de su brazo para no quedarme atrás, mejor dicho, para no quedarme en el suelo.
El siguiente paso de Ismael se interrumpió a un palmo del sendero, como si se apoyara en un escalón invisible.
El siguiente lo llevó aún más alto, y yo floté con él a una distancia de medio metro sobre la superficie.
El aire era sólido bajo mis pies, como si nos hubiéramos subido a un puente invisible. De nuevo.
—Eres una empirista, Valmori. Así que aquí tienes tu demostración.
Inclinó la cabeza y un mechón de cabello oscuro ondeó sobre su frente. Cuando la levantó vi cómo disfrutaba, desde la comisura de sus labios hasta el brillo de sus ojos de color terracota.
—Vale, pero no me sueltes.
Me aferré a él a regañadientes mientras su farol continuaba girando alrededor y la lluvia realzaba su aroma a sándalo. A sándalo y a una fragancia que no conseguía identificar.
—La magia comparte principios con la química.
En el interior de un cuerpo se produce una reacción entre múltiples elementos.
Por ejemplo, para estos zapatos, se mezcló hidrógeno y cuero, y en las capas que llevamos se cosió mercurio en el paño para controlar la temperatura.
Solo hay un elemento que permite que la reacción desarrolle capacidades mágicas.
—Ismael inclinó el paraguas hacia atrás y dejó al descubierto algunas manchas de cielo.
Las nubes huían, abriendo pedazos de noche sobre nuestras cabezas, una brillante noche de otoño en la que los puntos luminosos de luz titilaban—. El polvo de estrellas.
De repente, cada una de aquellas luces me parecía muy cercana, y las posibilidades de combinaciones químicas, infinitas y fascinantes.
Había formulado ya las preguntas que podía hacer y, fuera como fuese, debía ingeniármelas para obtener respuestas.
—Así que, aunque tenéis zapatos voladores, también construís puentes —me atreví, mientras analizaba el plano del archipiélago.
—No son zapatos voladores, pero con ellos dominamos la gravedad y elegimos hacia dónde caminar. Por ejemplo, si estuviera en lo alto de una torre tendría dos opciones: si me empujaran, me caería, mientras que si doy yo el primer paso, me quedaría suspendido. ¿Lo entiendes?
De nuevo afloró el lado académico de Ismael, la voz limpia y apasionada con la que le había oído preguntar en clase y que ahora no me importaría seguir escuchando.
—Tal vez tengas razón: soy una empirista. —Levanté una ceja, insinuando la posibilidad de arrojarlo desde el puente para comprobar su teoría.
—Y una pésima mentirosa —me recordó Ismael, reconociendo enseguida que bromeaba.
—¿Por qué no usáis estos zapatos para trasladaros de una isla a otra? —pregunté cuando divisé a los primeros estudiantes en el jardín.
Ismael chasqueó la lengua.
—Se te han acabado las preguntas, Valmori. Puedo concederte otra a cambio de una confesión en el momento que yo elija.
Sopesé la oferta.
—Una confesión por otras tres preguntas.
—¡Venga ya! ¿De verdad quieres oírme decir que mis zapatos son carísimos y raros y que solo unos pocos se tos pueden permitir?
Torcí el gesto y negué con la cabeza, al tiempo que me fijaba en una chica que recogía gotas de lluvia en el platillo de una balanza diminuta.
En cualquier otro sitio la habría considerado peculiar con aquel pelo blanco plateado y su capa azul, pero allí encajaba a la perfección.
Tenía el mismo aire anticuado y ensimismado que Ismael.
Totalmente fuera de lugar en el resto del mundo, pero allí, como en su propia casa.
Reparé en otras personas: una pareja tumbada en un banco leía el mismo rollo de pergamino, cada uno por un lado; un chico de dedos nerviosos examinaba las nubes con un monóculo.
—¿Qué tiene en la mano? —pregunté señalándolo.
Ismael esbozó una sonrisa astuta.
—Por fin… —Esperaba esa pregunta—. Es un instrumento mágico. Ya sabes que utilizamos polvo de estrellas para provocar una reacción mágica. Los objetos con propiedades mágicas se llaman artefactos.