Capítulo 4 #3
—Son los magos y las magas que se gradúan en nuestra Academia.
Todos nosotros somos magistri ; luego, en el momento en que recibimos la investidura y el honor de enseñar, nos convertimos en profesores —explicó Panfilio, acariciando el lomo de su libro—.
Por lo tanto, durante su tiempo de permanencia en la Academia, la encomiendo al magister Ismael Sagredo.
—¡No! —exclamamos Ismael y yo al unísono.
Para mi sorpresa, su madre, Mahasa, también tenía algo que objetar.
—Mi hijo no perderá horas haciendo de trotón de una humana. Tiene muchos objetivos que cumplir, no puede permitirse ninguna distracción.
Poluaro sacudió la cabeza y su larga trenza gris.
—La entiendo, magistra Torkan, pero no debe subestimar la importancia del impacto psicológico y energético que puede ejercer una persona familiar en un caso como este.
Habría preferido estudiar un análisis cronológico de los métodos de cultivo de la cebada en la Antigua Grecia y compartir mi energía con la de una mazorca, antes que estar de nuevo a solas con Ismael. Y quién sabe por cuánto tiempo.
—No quiero.
Ismael corroboró algo que yo sabía a pies juntillas. Nuestra tolerancia mutua se basaba en una rivalidad que se reducía a los límites del aula. Competíamos para superarnos, no para hacernos de niñera el uno al otro. Entonces, ¿por qué oírselo decir en voz alta me desestabilizaba?
—Me temo que no tiene elección —le sonrió Panfilio—.
A Magistra Poluaro no le falta razón al recordarnos la importancia de la energía durante el aprendizaje, en especial en una situación delicada como la de la señorita Valmori.
Por lo tanto, espero que dé lo mejor de sí mismo, tal como nos tiene acostumbrados a ver.
Ismael y su madre exhibieron idéntica expresión de contrariedad, tras lo cual mi nuevo magister asintió.
Conocía aquella cara. Estaba furioso, pero no podía echarse atrás.
Odiaba la tarea que le habían asignado, pero se mostraría tan impecable como siempre.
Y sin duda sería yo quien sufriera las consecuencias.
— Magister Panfilio, me atrevo a asegurar que mis energías estarían mejor niveladas con cualquier otro que con Sagredo —intenté razonar con él una última vez, pero el director y Poluaro, a su espalda, intercambiaron una mirada elocuente.
—¿Está realmente convencida de ello, señorita Valmori? —me preguntó magistra Poluaro, y yo enmudecí.
Domiziana intervino y me cogió de las manos.
—Ámbar, respira —me susurró al oído—. ¿Confías en mí?
Me mordí el labio y la miré a los ojos, los mismos con los que me había mentido con descaro durante los últimos años.
—¿No? —respondí, vacilante.
Domiziana frunció la boca, haciendo sobresalir los esculpidos huesos de sus pómulos: parecía estar valorando si pedirme perdón o exigirme una disculpa, aunque yo no podía imaginar por qué motivo.
—Algún día lo entenderás todo. Por ahora, debes saber que Sagredo es el mago de tu edad con más talento que conozco. A su lado estarás segura y aprenderás rápido.
Hice ademán de protestar, pero ella me estrechó las manos con más fuerza.
—Recuerda respirar.
Lo hice instintivamente y sentí que una tibieza me recoma el cuerpo. «Respira», me repetí convencida.
—Vamos —me apremió Ismael—. Te enseñaré la Academia mientras los magistri toman una decisión, y luego un poco de aire fresco no te vendría mal. Estás pálida.
Me esforcé en silenciar las mil preguntas que zumbaban en mi cabeza tras una mirada resignada y un gesto de asentimiento.
Lo único que deseaba era que me mostrasen la Gran Biblioteca y encerrarme entre las estanterías para leer todo lo que me permitiera volver a entrar en aquella sala sin sentirme como un barquito de papel a merced de un mar desconocido, sin ninguna estrella que me guiara.
Ese pensamiento me recordó la carta del tarot escondida en mi bolso de mano y lo abracé. La había traído conmigo con el deseo de que me trajera suerte, y aún no sabía qué era lo que me había concedido.
Ismael sacó de una cómoda dos capas un poco apelmazadas en comparación con las de los magistri , de un azul intenso e inmaculado.
—Para que el aire fresco no te abrume —añadió, echándome una sobre los hombros.
Solo unas horas antes me había prestado su chaqueta con un gesto similar, y entonces el contacto de sus manos me había ruborizado.
Como una chica normal que se encuentra por casualidad con un compañero de clase igual de normal.
En cambio, ahora… Me abrigué con la prenda y seguí a Ismael fuera de la estancia.
Cruzamos una antecámara y nos encontramos en medio de la noche de la laguna. Nubes estáticas cubrían el cielo hasta donde alcanzaba la vista, allá lejos, donde se vislumbraba el reflejo alargado de las luces de Venecia.
Disminuí el ritmo de mis pasos, embelesada por el espectáculo. Había salido decenas de veces por la noche, había recorrido plazas y locales, pero nada era equiparable a aquella panorámica.
Ligeras gotas de lluvia repiquetearon sobre mi cabello en cuanto dejé atrás la protección del edificio. Ismael tomó un paraguas en la entrada.
—Es increíble cómo consigues convertirte en un incordio cada vez mayor, Valmori. De verdad que tienes talento.
—Bueno, y tú, como siempre, eres un excelente rival. ¿Acaso crees que no hubiera preferido a otro como magister ?
Por toda respuesta, Ismael abrió el paraguas y me lo entregó sin contemplaciones.
—Tápate antes de que decidan que también soy responsable de que te resfríes.
Incliné de manera ostentosa el paraguas hacia atrás y levanté el rostro hacia las nubes, permitiendo que las gotas frías me lo empapasen.
Ismael ahogó un gruñido exasperado en la palma de la mano y me miró a través de los dedos, como si cada una de mis aspiraciones supusiera una afrenta personal a su existencia.
—¿No podrías angustiarte y quedarte sin palabras como todos los demás humanos que descubren la magia por casualidad? —rezongó.
—Créeme, estoy angustiada. —La angustia, era evidente, me volvía más locuaz.
—Entonces trabaja el silencio, porque ahora es momento de escuchar.
Chasqueó los dedos y un farol flotante surgió a la vuelta de la esquina y lo rodeó dos veces, como un perro después de esperar a su amo todo el día.
Apreté los labios, como prometiendo no abrirlos durante un rato, y levanté el brazo lo suficiente para tapar a Ismael con el paraguas. No podía permitir que mi magister enfermase en mi primer día de clase. Él no dijo nada, pero inclinó ligeramente la cabeza para colocarse bajo él.
Recorrimos la planta circular del edificio siguiendo un sendero adoquinado, rodeado por un jardín bien cuidado e iluminado por farolas encorvadas.
Nos encontrábamos en una pequeña isla, lo suficientemente grande para albergar el edificio en el que había estado y una porción de tierra a su alrededor, desde donde partían unos puentes.
No reparé en cuántos eran, pero siguiendo sus arcos comprendí que estaba en un archipiélago. Me detuve.
A mi alrededor, las piedras aún permanecían en pie, dibujando los perfiles de un conjunto de palacios inmunes al paso del tiempo.
Parecían tener mil años y aun así relucían impecables.
Los edificios se alzaban sobre los islotes como guardianes de la magia, oculta tras paredes decoradas con azulejos y arcos de herradura.
Una mezcla equilibrada de arte árabe y veneciano que se prolongaba hasta los tejados, en una sucesión de cúpulas y torretas que apuntaban sus agujas hacia el cielo nocturno.
—Increíble, parecen construcciones bizantinas, pero los detalles son del gótico veneciano y…
¿barrocos? Mezclan influencias de múltiples culturas, pero no parecen haber sido rehabilitados.
—Giraba en todas direcciones, entornando los ojos para distinguir las formas en la oscuridad. Entonces golpeé algo con el paraguas.
—¿En serio, Valmori? ¿Acabas de descubrir la existencia de la magia y tu primera reacción es interesarte por los palacios?
—Ismael me lanzó una mirada de reojo; tenía la cabeza ladeada y, en la frente, la señal de un rasguño con la forma de la varilla del paraguas—. ¿No podrías ser un poco menos torpe?
—¿Y tú podrías ser un poco más bajo? —repliqué, intentando avanzar, cuando sentí que sus manos se enredaban con las mías y me arrebataban el mango del paraguas.
—Veré qué puedo hacer —respondió con una risita burlona que me obligó a cambiar de tema, porque el límite que había impuesto a mis conversaciones con Sagredo era no quedarme nunca sin algo que replicar.
—¿No me digas que ese edificio se construyó de una manera normal ? —Subrayé la palabra, preguntándome para mis adentros qué podía considerarse normal a esas alturas.
—Por supuesto que no —respondió, adaptándose a mi viraje—.
Una construcción así no puede nacer de las manos de un simple albañil o un arquitecto…
, y con esto no te hagas una idea equivocada.
No apareció de la nada tras un chasquido de dedos.
Hicieron falta años de trabajo para diseñarlo.
Porque, antes que magos, somos estudiosos de todas las formas de magia.
—Colocó un dedo bajo la lluvia y el farol se posó sobre él.
Lo observé con detenimiento. No estaba atado a ningún hilo. Flotaba de verdad.
—¿Alguna vez has tenido la sensación de que podrías hacer más?
¿De estar a un paso de escribir la tesis perfecta, de encontrar el significado de las órbitas de los planetas o la fórmula capaz de curar una enfermedad intratable?
Nosotros podemos hacerlo. Tenemos la capacidad de ir más allá de los límites humanos.
A eso lo llamamos magia. Es un talento oscuro. Es el ingrediente que faltaba.
Claro que había deseado alguna vez ser mejor de lo que era.
Ser perfecta, ir mucho más allá del límite de lo que creía posible.
Quería que cualquier conocimiento llegara más lejos de las páginas que había leído, aunque se presentase entrelazado con muchas, con demasiadas dudas.
Una de ellas estalló entre mis pensamientos.