Anillos y estrellas (The Hidden Society 1) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Los demás farfullaron, desconcertados. En ese momento, la puerta volvió a abrirse y una mujer entró como un alud, bajándose la capucha de la capa moteada de gotas de lluvia.

Era Domiziana.

Intenté correr hacia ella, pero me topé con algo, una especie de pared invisible que me cortaba el paso.

A mis pies, las líneas trazadas por Gritti brillaron a modo de amonestación.

Palpé el aire a mi alrededor, sintiéndome como un mimo dentro de una caja y, sin necesidad de actuar, dibujé el perímetro de un círculo que me rodeaba.

Al tacto, parecía gelatina invisible y fluctuante que se endurecía en cuanto intentaba traspasarla.

—¡Soltadme! —exclamé.

—Libérala, Bartolomeo —ordenó casi a la vez Domiziana, y detrás de él Ismael avanzó un paso.

—Calma —alegó Gritti alzando una mano—. Solo lo he hecho por su bien, señorita Valmori. Muchos humanos, cuando descubren la magia, sufren ataques de pánico que pueden resultar peligrosos. —Golpeó el suelo con su bastón y las líneas desaparecieron.

—¿De verdad piensas que me creo tus excusas? —refunfuñó Domiziana ante el rostro perplejo de Gritti, que retrocedió para que nos acercáramos.

Di un paso titubeante y, esta vez, nada me detuvo. No sabía si abrazar a Domiziana o no, pero ella se me anticipó, me posó una mano en la mejilla y me demostró su apoyo con una caricia. De un vistazo se aseguró de que estaba bien y me invitó a sentarme en una butaca.

—¿Qué ha pasado? Cuéntamelo todo.

—¡No! —Me planté, con apenas un hilo de voz, sintiendo la garganta seca de repente.

Aun así, enfrentarme a ella me intimidaba.

Pero Domiziana sabía algo. Mi colgante debía de tener algo que ver con todo aquello, y en ese instante su cara de disgusto al regresar de la fiesta en la que me lo habían robado cobró un significado diferente.

También era maga, y jamás me había contado nada.

Había permanecido callada a pesar de verme desesperar y buscar de manera obsesiva una respuesta a lo que me había sucedido.

—Eres tú quien me debe una explicación. ¿Por qué me arden las manos y cómo puede ser que pase de estar en el Teatro La Fenice a este sitio a través de una puerta?

Verbalizarlo lo volvía todo aún más absurdo.

—¿En La Fenice? ¿Qué hacías en el teatro? —preguntó con una mueca de desagrado.

Le dediqué una mirada que normalmente no me habría permitido dirigirle, pero estaba poco abrumada por su tono amedrentador.

—La magia existe y me lo has ocultado todo este tiempo.

Domiziana tomó asiento en un sofá, cruzó las piernas y enderezó la espalda, como si se preparara para tomar el té. Sus ojos se posaron en mis muñecas.

—No llevas puesta la pulsera que te regalé.

Incrédula, la saqué del bolso y me la coloqué en el brazo.

—¿Contenta?

Domiziana permaneció impasible ante mi provocación y prosiguió:

—No tenía otra opción más que guardar el secreto.

—Tiene razón —intervino el hombre más bajo, que colocó el pesado libro sobre la mesita frente a Domiziana—.

Permita que me presente, señorita Valmori, soy Oreste Panfilio y formo parte de la gran comunidad mágica, al igual que el resto de mis colegas aquí presentes.

Nuestra primera regla es el secreto. —Pasó su rechoncho dedo índice por el símbolo de la portada y sus cejas espesas se relajaron con lentitud—. Somos la Hidden Society.

Me hundí en la butaca frente a Domiziana y me cubrí la barbilla con las manos.

Noté la presión del nudillo del dedo meñique que me faltaba para moverse, pero en su lugar no había nada.

Mis pensamientos también parecían mutilados.

Intentaba perseguirlos, pero cada vez que atrapaba uno y pretendía analizarlo, otros cien me interrumpían.

—Eres maga, pero no podías decírmelo porque está prohibido —dije, probando a descifrar la maraña de información con la mirada clavada en los ojos de Domiziana. Ella asintió. Seguía igual de enfadada y confusa, pero otra pregunta se abrió paso con prepotencia—. ¿Yo también soy maga?

Ismael tragó saliva en silencio. Los músculos entre el cuello y los hombros se le tensaron. Recordé que él también deseaba saberlo, pero ignoraba si deseaba que la respuesta fuese un sí o un no.

La mujer de la tiara lo fulminó con una mirada de advertencia y supe dónde la había visto antes. Era la mujer que acompañaba a Nazar en la fiesta. Guardaba una mayor similitud con el menor de los Sagredo, pero poseía la mirada granítica y las marcadas facciones de Ismael.

Panfilio buscó mis ojos y me dirigió con una sonrisa tranquilizadora.

—Es difícil hacer una valoración a partir de un mero relato. Sin embargo, si nos lo cuentas todo, intentaremos comprender —asintió, agitando el moño y el piercing que adornaba su labio inferior.

Respiré hondo y me hundí todavía más en la butaca, mientras repasaba los últimos días, desde la amnesia momentánea de mi nombre hasta el momento en que me había parecido arder en el callejón detrás del teatro, pasando por el hombre al que casi había derretido al tocarlo.

Ismael permaneció callado, con el rostro inexpresivo, apoyado contra la pared, de brazos cruzados. Los demás magos, en cambio, intercambiaban miradas perplejas. Ninguno de ellos habló durante un buen rato, hasta que Gritti tomó la palabra:

—Señorita Valmori, le aseguro que solemos ser más rápidos, pero su caso es peculiar incluso para los que llevamos décadas estudiando la magia. Podríamos empezar por responder a sus demás preguntas, tendrá muchas.

Asentí. Tenía un millón. Al desplazar los ojos de un extremo a otro de la habitación, me había vuelto a cruzar con las luces de Venecia más allá de la ventana, y me había asaltado una duda en particular.

—¿Dónde estamos?

O restes Panfilio se iluminó y los faroles parecieron chispear con su entusiasmo.

—Como director y custodio de la Gran Biblioteca, es para mí un placer darle la bienvenida al mayor instituto de estudios mágicos de Italia. Señorita Valmori, bienvenida a la Academia de Seledia.

El nombre flotó en el ambiente unos segundos.

—Así que ustedes son… —Recorrí con la mirada a los cuatro desconocidos, sacando mis propias conclusiones.

—Yo soy magister Bartolomeo Gritti, y me temo que me conoce como un aburrido petimetre de la sociedad veneciana. —Me guiñó un ojo—. En mi vida privada, me enorgullezco de formar parte del cénit de los astrónomos y de ser profesor del primer arte.

Domiziana resopló con fuerza, como si intentara hacer desaparecer aquellas palabras, como si no pudiera tragarlas y se le hubieran quedado atragantadas en la boca por su horrible sabor.

Yo no tenía ni idea de lo que era el cénit, pero me abstuve de hacer comentarios mientras, uno a uno, tomaban la palabra.

— Magistra Eliana Poluaro. Soy experta en gemas y profesora artífice —añadió la mujer, ajustándose las gafas en su cara de roedor.

El hombre pelirrojo se guardó la piedra blanca con aire molesto y ni siquiera me miró, presentándose a su vez:

— Magister Darío Altieri, alquimista de primer orden y profesor del mismo arte —enfatizó, alisándose las solapas de la capa.

La mujer de la tiara se acercó a Ismael con el paso sigiloso de una tigresa y frunció el ceño al descubrir el desgarrón de su camisa.

— Magistra Mahasa Torkan, mercader de artefactos y profesora del arte arcano. —Sin duda era su madre y parecía querer protegerlo de… mí, a juzgar por la mirada que me dirigió.

Asentí con la cabeza tras cada una de sus presentaciones, aunque la mayoría de las palabras no tenían sentido para mí.

Me volví hacia Domiziana y le permití interpretar los pensamientos que se agitaban tras mi mirada y mi deseo inconfesable de creer en todo lo que decían.

En particular, en la idea de una biblioteca mágica y en las fantásticas obras que podría albergar, así como en el terror que desataba la verdad.

Me sentía desconcertada al tener que afrontar las posibilidades desplegadas en las últimas horas.

Más allá de la ventana de tres huecos, el mundo que me esperaba allá afuera era diferente a como lo había conocido durante los últimos veinte años.

—En unos días, todo se aclarará —dijo Domiziana.

—Siempre y cuando se quede aquí ese tiempo —apostilló Altieri, alzando la mirada hacia Venecia, como si desease mandarme allí de vuelta en el acto.

—Por supuesto que sí. Nos aseguraremos de cuidar de ella mientras el Colegio delibera sobre su destino —me tranquilizó Panfilio, en tanto Domiziana asentía con tal convicción que me calmé, si bien no tenía demasiados motivos para hacerlo.

A un gesto del director, magistra Poluaro le entregó el cofre que tenía en sus manos, en cuyo interior había una ancha pulsera blanca rodeada de terciopelo.

—Esta pulsera contiene polvo de estrellas. Se utiliza para detectar rastros de magia en los rarísimos casos de magos perdidos. Hace décadas que no se nos escapa ninguno, pero nos complace disponer de un nuevo misterio que desentrañar —dijo Panfilio con ojos relucientes.

Abandoné la estabilidad de la butaca para levantarme.

El director se me acercó con la pulsera, que se extendió alrededor de mi mano y luego se amoldó a mi antebrazo.

Esperaba que estuviera fría, pero me sorprendió su agradable calidez y lo finamente trabajada que estaba.

Acaricié con el índice los cuatro intrincados adornos.

—Esos son los símbolos de las cuatro artes mágicas; todo mago sabe practicarlas todas, pero tiene talento para al menos una de ellas.

Cuando usted, señorita Valmori, logre realizar al menos un acto mágico, los glifos se iluminarán.

—Me dio un par de palmadas alentadoras en el codo, tras lo cual recogió su libro—.

Ah, casi se me olvida: mientras sea nuestra huésped, la emparejaremos con alguno de los magistri —añadió el hombre.

—¿ Magistri ? ¿Así se llaman entre ustedes? —repetí la palabra latina con la que los había oído llamarse.