Anillos y estrellas (The Hidden Society 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

Aquel salón no podía ser real. Cuando mis ojos se adaptaron a la tenue luz de las lámparas, me convencí de que no nos encontrábamos en la buhardilla. Las paredes eran altas y estaban repletas de retratos enmarcados, situados entre espesas cortinas azules que imaginé que tapaban las ventanas.

Alcé la vista y me quedé atónita al descubrir un mapa del cielo que se movía como si se tratara de una proyección. Al mirar a mi alrededor no descubrí ningún artilugio, solo farolillos abiertos que flotaban en una atmósfera perfumada de incienso.

Di un paso atrás y tropecé con una mesa baja, derribando unos cuantos peones de un tablero de ajedrez de alabastro. Sentí una punzada de dolor en la pantorrilla. La angustia ante la certeza de mis actos me devolvió un pensamiento claro: «No estoy soñando».

Me volví para hacerle una pregunta a Ismael y descubrí que me estaba mirando, como si se divirtiera con mi perplejidad.

—Qué raro espectáculo verte descolocada ante la novedad, Valmori.

Me habría gustado pellizcarle las mejillas y aniquilar aquella sonrisita de satisfacción, pero, en lugar de eso, corrí esquivando sofás y grandes butacas hasta llegar a una cortina.

La descorrí y dejé al descubierto una ventana de tres huecos que se abría sobre la noche de la laguna.

Entre el cielo y el mar negro resplandecían las luces de Venecia.

—No… —dije.

Me negaba a creer lo que estaba viendo. Me agarré a la tela porque sentí que me flaqueaban las piernas. Debería estar allí. Toqué el cristal con la esperanza de hallar una pantalla o un lienzo incrustado en la piedra de las columnas, pero no había duda de que era una ventana.

Inspiré hondo, obligándome a caminar pegada a la pared, ya que estaba casi segura de que la alternativa era desmayarme.

Medí mis pasos, apoyándome en los muebles de formas improbables por los que pasaba.

Al fin, apoyé los codos en una cómoda alta y me reflejé en un globo dorado.

Parecía un globo terráqueo, pero estaba formado por anillos concéntricos dispuestos alrededor de un núcleo azul.

Giré uno y los demás se alinearon por sí solos.

Ojalá hubiera podido hacer lo mismo con mis pensamientos, pero se dispersaban sin orden por todas partes.

—Explícame todo esto, por favor. —Me concentré en el sonido de mis palabras, una de las pocas cosas que no se habían visto alteradas.

—Es un astrolabio, un instrumento que permite determinar relaciones astronómicas entre los cuerpos celestes —respondió Ismael como si aquella fuera la única rareza, y fue a sentarse en una butaca con las piernas cruzadas.

—Lo demás —repliqué molesta—: la lluvia que se ralentiza, el tipo con cuatro brazos y mis manos…

Apoyé la espalda en la cómoda y me miré los dedos. Me faltaba el meñique y la prótesis se me había desplazado, aunque mis manos habían recuperado su aspecto de siempre y se veían cálidas y rosadas. No parecían instrumentos capaces de abrasar, desde luego.

—Tus manos también son un misterio para mí, y lo demás…, creo que puedes suponer de qué se trata. —Arqueó una ceja, retándome a pronunciarlo en voz alta.

Me invadió una oleada de calor, una incredulidad similar a la que había experimentado al pasar la selección para el curso de Arqueología en Ca’ Foscari o al ganar un concurso de caligrafía.

Solo que, si en aquellos casos el resultado era improbable, allí la verdad a la que me enfrentaba era imposible. No obstante…

—Magia.

Degusté el sabor efervescente de la palabra.

De niña había sido un sueño; al crecer había aprendido a situarla en el contexto de los libros y las películas, pero ahora…

, ahora parecía irradiar a mi alrededor.

Me toqué el pecho desnudo sin el colgante, apreté los dedos sobre la nada y, al mismo tiempo, sobre aquella minúscula esperanza, que nunca se había desvanecido, de hallar en el mundo algo más que nuestra gris realidad.

Ismael asintió y, de pronto, su atuendo anacrónico y sus extraños perifollos cobraron sentido.

—¿Eres un… mago? —pregunté con la voz entrecortada.

—Diría que uno excelente. —Se pasó la mano con un gesto de contrariedad por la camisa rota y se ajustó el cuello.

—Dios mío, ¿eso significa que soy una bruja? —grité. Quería saltar y a la vez tumbarme en un sofá, hundir la cara en un cojín y gritar.

—Como mucho, una maga —me corrigió Ismael, como si el problema fuera expresar el vocablo adecuado.

—¡Quiero tirarme por la ventana y darte una bofetada! —exclamé, mientras una serie de explosiones se desataban en mi mente.

—Si lo haces, que no sea en ese orden —objetó Ismael.

Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió y entraron cinco figuras charlando animadamente. Gesticulaban y agitaban las capas azules que llevaban puestas. No se miraban a la cara, sino que caminaban muy erguidas y se interrumpían todo el rato.

—Durante décadas hemos mantenido la integridad de nuestras artes —susurró la voz soporífera de una mujer. Miraba al suelo, midiendo cada paso con unos ojos desproporcionadamente grandes gracias a unas gafas de gruesos cristales, y sostenía entre sus brazos un pequeño cofre ornamentado.

—Sin embargo, magistra Poluaro, tendrá que admitir la singularidad del caso que se nos plantea —apuntó un hombre que realzaba su posición con el ligero golpeteo de un bastón en el suelo.

Reconocí a Bartolomeo Gritti, quien, si ya en la fiesta me había parecido una autoridad, con una capa sobre los hombros adquiría un porte majestuoso.

Obviamente, si en Venecia había magos encubiertos, él tenía que ser uno de ellos, lo cual suscitaba otra cuestión.

—Únicamente porque a los demás casos se les borró la memoria antes de que pudieran hablar de ello —añadió un hombre de largo cabello rojizo que hacía bailar una piedra blanca entre sus dedos. Tenía uñas largas y pintadas de verde, y una serie de finos anillos colocados en cada nudillo.

—No comprendo por qué está vez se ha hecho una excepción, magister Altieri —se sumó una mujer de tez aceitunada iluminada por una bellísima tiara dorada.

—Venga, magistri , confiemos en las gemas de los recuerdos antes de tomar una decisión.

Esta voz, más dulce, procedía de la espalda de los cuatro, donde vislumbré la figura de un hombre con la estatura de un niño que llevaba en el pecho un colgante en forma de estrella con puntas alargadas.

Bajo el brazo portaba un enorme libro blanco estampado con un símbolo con las letras HS entrelazadas.

Ismael carraspeó.

—Bienvenidos, magistri . Les presento a la señorita Ámbar Valmori, la razón por la que los he convocado con tanta urgencia.

Los cinco se callaron y clavaron los ojos en mí.

Me enfrentaba a una sensación semejante a la que había experimentado durante el examen de madurez previo a la entrada en la universidad: un comité de profesores y yo sola en medio de la sala.

En esta ocasión, sin embargo, no estaba lista y no tenía ni idea de lo que iba a pasar. Y odiaba no estar preparada.

—Déjenme usar una gema y resolveremos el problema enseguida.

El primero en darse la vuelta fue aquel al que se habían dirigido con el nombre de magister Altieri. Me apartó de su campo de visión con repugnancia, como si tenerme delante le causase un fastidio insoportable.

—¡Nadie tocará mis recuerdos! —interrumpí su conversación con un clamor. Gritti me dedicó entonces una sonrisa tranquilizadora.

—Desde luego que no, querida señorita —aseguró, antes de dirigirse a los demás—. De todos modos, a estas alturas el recuerdo está arraigado, sería complejo y llevaría tiempo extraerlo. —Bartolomeo Gritti trazó una línea con la punta de su bastón, iluminando un motivo geométrico de la alfombra.

—Entonces, ¿cuál es su solución, magister Gritti? —preguntó magistra Poluaro, apoyando las manos en un grueso cinturón del que colgaban diversos adminículos, objetos que yo habría considerado propios de un herrero en lugar de… lo que fuese.

Gritti dio unos golpecitos en la alfombra y una línea azulada cobró vida, recorriendo el suelo hasta dibujar un círculo a mi alrededor.

—Mantengámosla a salvo —sugirió.

—¿Por qué no la interrogan? —intervino Ismael, provocando que se hiciera el silencio en la estancia.

Gritti reaccionó con un gesto, desplazando hacia la nuca los mechones canosos y exponiendo la perfecta línea en forma de uve de sus cabellos sobre la frente.

—Señorita Valmori, disculpe nuestros modales, pero su llegada nos ha pillado por sorpresa. Imagino que tendrá cientos de preguntas. ¿Qué podemos hacer por usted?

—Adelante, hablen, estoy aprendiendo mucho —respondí con una seguridad que en verdad no poseía. Esperaba que se centraran en mi expresión curiosa y no en mis rodillas, que temblaban por debajo del vestido.

Ismael se mordió el pulgar, ahogando una carcajada. La mujer de la tiara me lanzó una mirada feroz que, aparte de hacerme sentir indefensa, despertó la impresión de que la había visto antes en alguna parte.

—Si además fueran tan amables de explicarme por qué nos ha atacado un grupo de… maleantes, sería estupendo —añadí, con el forzado sarcasmo que se apoderaba de mi voz en los momentos de pánico.

Miré a los que Ismael había llamado magistri al acecho de una respuesta, pero al final fue mi profesor adjunto quien dio un paso al frente.

—Creo que buscaban tu colgante, ignorando que alguien ya se ocupó de robártelo.

Me toqué el pecho en vano.

—Mi colgante es… ¿mágico?

Gritti miró al mago que sostenía el enorme libro, como si le pidiera permiso para hablar.

—Lo sospeché cuando la conocí en la fiesta, señorita Valmori. Es complicado asegurarlo sin antes examinarlo, pero percibí un rastro mágico aquella noche. Un rastro mágico que se ha quedado fijado en usted.

El surco de mi pecho se hizo más profundo. El simple objeto al que me había aferrado los últimos meses era… algo más.

—Me lo encontré colgado al cuello tras mi desaparición durante siete días el pasado mes de diciembre. —Lo verbalicé para no oír explotar la voz en mi mente, para ordenar las posibilidades que se confundían en ella.