Capítulo 3 #4
Y por si aquella velada no hubiera sido ya lo bastante disparatada, sucedió algo absurdo.
La mujer agitó los brazos, el lazo de su corpiño se deshizo y se estiró hacia delante como un alga impulsada por la corriente, movido por una fuerza invisible hasta ceñir las caderas de Ismael.
La cucaracha aprovechó para correr hacia mí y levantarme del suelo, sujetándome con dos manos para cargarme a hombros mientras utilizaba las otras dos para escalar por la pared.
—¡Sagredo! —voceé.
Los ojos de Ismael se clavaron en mí.
Vi como apretaba los dientes y se replegaba sobre sí mismo, enredándose todavía más en el lazo, al tiempo que arrastraba a la mujer hacia sí, hasta que la cinta sufrió una sacudida temblorosa, su superficie se endureció y comenzó a brillar como el oro a la débil luz de las ventanas.
Lo último que vi fue a la mujer desplomarse, porque trepamos por el canalón que gorgoteaba y llegamos al tejado.
Grité y pateé para asestarle rodillazos al cuerpo del hombre-cucaracha, que acusaba los golpes chillando de dolor, pero sin detenerse.
Empezó a moverse de teja en teja, manteniendo el equilibrio gracias a su segundo par de brazos.
La noche era húmeda, y las nubes grises iluminaban los tejados, oprimiéndonos como si quisieran asistir al espectáculo de mi secuestro. Por segunda vez.
«No, otra vez no». —Sopesé esa información mientras mi memoria se aclaraba—. «Aquella noche no había nubes».
El recuerdo desactivó parte de mi voluntad de luchar. Solo quería concentrarme en ese detalle recién recuperado y protegerlo.
—¡Valmori!
Abrí los ojos de repente.
Ismael corría unos cincuenta metros detrás de nosotros. Sus pies apenas rozaban las tejas y avanzaba a una velocidad con la que se arriesgaba a resbalar.
Me pregunté si era el viento o la determinación que leía en su rostro lo que le mantenía en pie. El hombre-cucaracha debió de darse cuenta porque aceleró.
Cerré los puños y lo golpeé en la espalda. Fue un error. Me topé con algo metálico que escondía bajo la chaqueta y sentí un dolor que llegó hasta los hombros; los brazos se me caían hacia delante, hormigueando.
—¡Ayúdame! —le grité a Ismael.
Él, a modo de respuesta, sacó su reloj de bolsillo. Me observaba con la misma expresión que le había visto cada vez que conseguía solventar un problema.
«¿De verdad es momento de ponerse a mirar la hora?».
Entonces tamborileó sobre la esfera y las gotas de lluvia se ralentizaron, hasta volverse tan visibles como cuando se detienen sobre un cristal. Solo que estaban suspendidas en el cielo.
En ese momento, lo que fuera que las había detenido nos alcanzó.
Percibí que mi cuerpo se ponía rígido y que tardaba una eternidad en cerrar la boca después de gritar.
Incluso las patas de la cucaracha se paralizaron, y sentí que empezaba a inclinarse hacia un lado, hacia el borde del tejado. Y yo con ella.
Quería volver a gritar, pero mientras mis pensamientos se impacientaban, mi diafragma se despertaba con una infinita e incomparable lentitud en comparación con la velocidad a la que caíamos.
Solo pude cerrar los ojos y prepararme para el impacto.
Al bajar los párpados, divisé la figura de Ismael precipitándose hacia delante.
Sentí presión alrededor de mi muñeca y luego el lúgubre sonido de un impacto.
Abrí los ojos de par en par. Una bandada de palomas surcaba el cielo por encima de mí y la lluvia volvió a mojarme la cara. Me encontraba tumbada sobre las tejas. Ismael estaba a mi lado y todavía me agarraba de la muñeca, con el pelo enmarañado y un desgarrón en el costado de la camisa.
Respiré, ansiosa por algo de aire fresco.
—No es posible —murmuré, tras unos instantes dedicados a revivir lo que acababa de pasar.
—Me temo que sí.
Había una pizca de fastidio en su voz que me sorprendió.
Me soltó el pulso como si aún estuviera ardiendo, aunque yo estaba bastante segura de haber recuperado una temperatura casi normal.
Comenzaba a percibir el cambio brusco del aire y el frío de la noche.
Me incorporé y me pareció que me movía demasiado deprisa, como si mi cuerpo se hubiera acostumbrado a la lentitud.
Ismael, en cambio, se puso de pie y se asomó al borde del tejado. Chasqueó la lengua.
—Se ha escapado —anunció con pesar, y aun así me alivió saber que no estaba muerto.
Malherido habría sido mejor, pero no podía pretender tanto. Ya era un milagro haber sobrevivido.
—¿Qué…?
—Nada de preguntas por ahora —me interrumpió Ismael, tendiéndome la mano para ayudarme—. Sígueme.
Sus pies volvieron a emprender aquella especie de deslizamiento sobre las tejas, y mi cuerpo lo siguió antes de que pudiera negarme. Corrimos hacia el lado opuesto del tejado, con una agilidad que nunca había poseído y que parecía irradiar del cuerpo esbelto de Ismael.
—Por aquí —señaló, guiándome hasta el borde. Más allá debía de haber una calle muy estrecha, porque entre los dos tejados apenas había distancia.
—No —pronuncié con determinación. Esa escasa distancia seguía siendo demasiada, si lo que pretendía esa que saltáramos de un edificio a otro.
Ismael señaló una buhardilla con una puerta de madera desconchada que daba a una pequeña terraza.
—Tenemos que llegar allí —dijo.
—¿Es tu casa? —pregunté perpleja. Parecía extremadamente humilde para ser la residencia de la familia Sagredo.
—Por supuesto que no. —Me lanzó una mirada de suficiencia que confirmó mi intuición. Entonces algo tintineó a su lado y una llave de latón apareció entre sus dedos—. Pero eso no nos impedirá entrar.
Abrí los ojos de par en par, estupefacta, e Ismael aprovechó mi estado para empujarme hacia delante. Apuró el paso e inició una carrera directa hacia el borde.
—Recuerda, Valmori, tres pasos hacia arriba y luego todo recto.
Quería gritar que no, pero utilicé la escasa lucidez que me quedaba para seguir las instrucciones, temerosa de lo que podría ocurrir en caso contrario.
Planté el pie en la última teja y me impulsé hacia arriba.
La gravedad me acogió de inmediato, haciéndome un hueco en el aire, al lado de Ismael, que me guio tres pasos hacia el cielo.
La lluvia me golpeó con más fuerza en el rostro e interpreté que las nubes desaprobaban el hecho de que dos chicos pudieran estar suspendidos en el aire, tan ligeros como si carecieran de peso.
Pero sucedió. El aire me infló el vestido y alborotó el pelo de Ismael, y su cálida mano me hizo olvidar que debería sentir miedo.
Mi mente se refugió en la certeza de que todo aquello no era más que un sueño, y me sorprendí riendo y luego refunfuñando con desaprobación cuando la parábola adoptó una dirección descendente y aterrizamos frente a la puerta.
Ismael no me concedió tiempo para replicar; deslizó la llave en el ojo de la cerradura y abrió la puerta a un lugar imposible.
Era un salón demasiado grande para estar dentro de aquella buhardilla, inmerso en una calma inconcebible, tan azul como sus sofás.
Ismael me condujo al interior, y, cuando traspasé el marco de la puerta, sentí un cosquilleo bajo las plantas de los pies, y luego la esponjosidad de las alfombras.
Al menos me había salvado del peligro de las tejas. El resto era una incógnita.
Ismael me soltó la mano para cerrar la puerta a nuestra espalda y girar la llave en la cerradura.
Desde dentro no se parecía en nada a la entrada de la buhardilla: era una puerta de madera oscura mucho más grande y refinada.
Con gesto desencajado, se apoyó en la madera y se cruzó de brazos, mirándome como si acabara de birlarle el asiento de la biblioteca. O quizás algo peor que eso.
—Valmori, Valmori… —dijo, pronunciando mi nombre muy despacio—, eres un incordio mayor de lo esperado.