Capítulo 3 #3
Por instinto, me quedé paralizada, maldiciéndome por haber exhibido de tal manera una prenda que por sí sola bastaba para sugerir cuánto dinero llevábamos encima.
Maniquís a merced de los carteristas. Ahuyenté aquellos estúpidos temores inculcados por mi madre, para quien todo desconocido era un delincuente al acecho, y me convencí de que era una noche normal en un callejón cualquiera.
Había algunas luces encendidas en las ventanas, una escoba abandonada junto a una puerta y, a lo lejos, se adivinaban los motores de las barcas.
Espiré y sorprendí a Ismael mirándome fijamente, como si me rodease un marco.
Como si me estuviera admirando. Carraspeó y asintió.
—Lo sé, la elegí yo personalmente.
Era evidente que solo admiraba la chaqueta, su chaqueta y, de rebote, su buen gusto. Típico de Ismael Sagredo.
Estaba a punto de aludir a su arrogancia cuando una sombra cayó desde arriba, estrellándose contra el cubo de basura que había detrás de nosotros.
El corazón me dio un vuelco y salté tan lejos como pude, intentando calmarme y comprender qué había ocurrido.
Ismael, a mi lado, se encontraba paralizado.
Abrí bien los ojos, que se estaban adaptando a la penumbra, y solté una risa nerviosa que alivió parte de la tensión.
La sombra era un macetero. Debía de haberse caído desde el pequeño balcón que teníamos encima y de él solo quedaban los añicos y un montón de tierra.
Me llevé una mano al pecho, intentando calmar mi respiración.
Fue entonces cuando sentí que alguien me agarraba del cuello.
Ese alguien me tiró al suelo y el impacto con las piedras del callejón me dejó sin aire. Encima de mí se alzaban el hombre y la mujer que había visto a la entrada del callejón. Apenas podía distinguirlos porque tenía nublada la vista, y el pánico cundió de nuevo, esta vez intenso y vivido.
Por el contrario, Ismael reaccionó con una rapidez sorprendente.
Agarró al asaltante por los hombros y lo lanzó contra la pared.
Su rostro crujió, anticipando el batacazo que hizo su cuerpo al desplomarse.
No me dio tiempo a decir nada, mucho menos a pensar, ya que otro par de individuos se precipitaron hacia nosotros.
Me desconcertó que tuvieran aspecto de gente normal. Podrían haber sido público del teatro, de lo elegantes que iban. La mujer llevaba un corpiño con un gran lazo de seda, y los dos hombres, trajes de raya diplomática y sombrero.
—Podemos darles el dinero —susurré con la voz agarrotada por el terror. Levanté las manos e intenté ocultar mi miedo y mostrarme razonable, dispuesta a negociar.
La mujer hizo una mueca y se abalanzó sobre Ismael con ferocidad.
Quise advertirle que tuviera cuidado, quise proferir un grito, rezar para que alguien acudiera a ayudarnos, pero un hombre me derribó y la voz murió en mi garganta.
No obstante, actué antes de que la lógica tomara el control de mis actos.
Cogí un puñado de tierra del macetero y se lo arrojé a la cara, obligándolo a retroceder y a gruñir, cabreado.
Tanteé entre las losas del pavimento en busca de un pedazo de la maceta rota, el más afilado, pero cuando rocé uno, algo me empujó hacia atrás.
El hombre me había agarrado de la tela del vestido y trataba de arrastrarme.
La chaqueta de Ismael había caído quién sabe dónde.
Pataleé, agité los pies tan fuerte como pude, hasta que noté que sus manos se desplazaban hacia mis tobillos y me los apretaban en una dolorosa mordaza.
¿Había sucedido así la noche que desaparecí?
Aquel pensamiento me produjo un subidón de adrenalina. No iba a permitir que volviera a ocurrir. Más meses encerrada en una habitación a oscuras. Más despertares en los que, durante los primeros instantes, temía estar en un hospital. Mi vida destrozada de nuevo.
Me dejé arrastrar, luego sentí como el miedo se transformaba en combustible y, sin reflexionar, me encomendé a mis músculos.
Contraje los abdominales y flexioné las rodillas, convirtiéndome en un erizo sin púas a los pies del hombre, tan sorprendido por mi reacción que se quedó inmóvil.
Clavé las uñas en sus pantorrillas desnudas y el chillido de dolor que soltó me instó a continuar.
Me retorcí, a costa de soportar otra punzada en los tobillos, y conseguí liberar el derecho.
Aproveché para darle una patada en el vientre con la que probablemente sentí más dolor del que le infligía.
Los ojos me lloraban por el daño y la vista se me volvía a nublar, pero me había liberado.
El hombre estaba en suelo, así que aproveché para darme la vuelta y comprobar cómo estaba Ismael.
Hasta entonces solo había oído resuellos y ruido de forcejeo, pero no sabía a quién pertenecían.
Ismael se había hecho con el palo de la escoba y lo blandía como una espada, mientras la mujer se defendía con la tapa de un cubo de basura.
Apreté los párpados. Ignoraba si era a consecuencia de la conmoción, pero me pareció que llevaba a cabo sus regates con gran lentitud, como si se tratara de una farsa.
La mujer se movía al ralentí, como había visto hacer en el teatro.
De hecho, poco después, Ismael le propinó un golpe en la frente que la mandó al suelo.
—¡Sagredo! —exclamé, cojeando hacia él.
—Yo te llevaré —fue lo único que dijo, analizando mi andar dolorido. Soltó el palo y me sujetó, animándome a caminar.
Hundí los dedos en su camisa y me aferré a la tela para mitigar el dolor, intentando quitarle peso de encima. Lo logré a medias, arrastrando las suelas por el pavimento irregular.
—Estás hecha un asco —sentenció tras un par de pasos, mirando de reojo a los asaltantes a nuestras espaldas. Luego, sin previo aviso, me rodeó las caderas y me aupó para que me apoyara en su hombro.
En cualquier otra situación habría protestado y pataleado para que me bajara, pero hasta Ismael Sagredo era mejor que un grupo de criminales en un callejón oscuro. Solo deseaba que nos pusiéramos a salvo. Los dos.
En ese momento percibí otra sombra sobre él.
—¡Arriba! —grité, e Ismael se hizo a un lado y me dejó caer, mientras un hombre escuálido saltaba desde el balcón y se agarraba a la pared, no con una ni con dos, sino con cuatro manos enguantadas y nos miraba fijamente desde detrás de una máscara negra.
Chillé. Mi mente se negaba a aceptar la visión y a encontrarle explicación lógica: un disfraz, alguna rara malformación genética que le hacía parecerse más a una cucaracha que a una persona.
Apreté los dedos de Ismael. Eran como siempre los había imaginado, delgados y duros, y en aquel instante estaban congelados.
No deseaba soltarlos por nada del mundo.
Entonces, me agarraron por el pelo y tiraron de mí hacia atrás. Perdí el contacto con Ismael, que gritó y trató de retenerme, pero el hombre-cucaracha se le echó encima con una fuerza descomunal y yo salí despedida hacia la pared.
Mi adversario debía de haber fingido o se había recuperado lo bastante rápido como para incorporarse. Con un tirón, me atenazó las muñecas. Sus dedos eran como de acero. Por más que intentaba soltarme, él encontraba la forma de sujetarme.
—¿Qué queréis? —bramé desesperada.
La voz era el último vestigio del aliento que no podía retener en mis pulmones. Inspiraba y espiraba, devoraba el aire a mi alrededor, lo sentía arder en la garganta. El calor se extendía por todo mi cuerpo, que estaba al rojo vivo.
Su rostro rubicundo parecía querer succionar una desagradable nariz respingona y un par de ojos porcinos.
—Si no cierras el pico, te arrojaré de nuevo a los canales —gruñó, escupiendo saliva.
Ante aquella amenaza, sentí que me encendía.
No de la forma en que reaccionaba a los comentarios mordaces de Ismael, pues faltaba el regusto dulce.
No, era solo mi miedo en combustión, transformándose en ira.
Miedo por perder el sonido de mi nombre, por su aparición en el callejón, y rabia por la falta de delicadeza de la chica francesa, por el robo de mi colgante, por cinco desconocidos que querían hacernos daño.
Y me ardía todo: los ojos, la garganta, la piel… Por dentro y por fuera, era puro fuego.
De pronto, el hombre aulló y me soltó las muñecas para retroceder. Gritaba y gemía de dolor con las manos abiertas, mientras su carne empezaba a gotear como la cera, dejando los huesos al descubierto.
«He sido yo». La idea explotó como una certeza absoluta.
Me abrasaba el aliento y, al mismo tiempo, me mantenía en pie.
Todas las demás sensaciones estaban anestesiadas, hasta el punto de que no noté de inmediato el tacto de la lluvia sobre mi piel desnuda.
Al menos no hasta que una ligera capa de vapor surgió a mi alrededor.
El hombre corría hacia el fondo del callejón, con las manos levantadas a la caza de las escasas gotas de lluvia que caían.
Yo miré las mías. Me fijé en la suciedad incrustada en las uñas y en un par de arañazos, y tardé mucho más en percatarme de que había perdido mi prótesis.
La localicé a mis pies, tirada en la calle.
Sin duda había sido yo, aunque estaba ilesa.
Me volví hacia Ismael, embriagada por el creciente calor.
Sabía que estaba hirviendo, febril y, sin embargo, nunca me había encontrado mejor.
La lluvia empapaba mi vestido, iluminaba la tonalidad celeste de la tela y perlaba mi pelo.
Sentí que el algodón se me pegaba al cuerpo y luego se separaba de él, impulsado por una bocanada de vapor.
En torno a mí, un aura de neblina seguía mis movimientos en una danza nebulosa que se perdía en la noche.
Ismael estaba de rodillas frente al par de asaltantes que quedaban en pie, la mujer del corpiño y el hombre-cucaracha.