Capítulo 3 #2
Hundí los dientes en el labio inferior. Todo había sido en vano, una pérdida de tiempo.
Elegí una de las copas que quedaban en la mesa de la comida y me bebí a sorbos su contenido.
El champán me hizo cosquillas en la garganta, pero no endulzó mi estado de ánimo.
Me dispuse a regresar a mi asiento, sopesando las alternativas que me quedaban.
Tenía que idear otro plan. Para descargar mi frustración, caminé hasta el final del pasillo y me detuve frente a la salida de emergencia.
Me apoyé en la fría pared mientras escuchaba las primeras notas del espectáculo, que ya se reiniciaba.
—¿A qué se debe esa mirada triste? ¿Por qué no me dedicas una bonita sonrisa?
Abrí los ojos y me encontré de frente al hombre de la pajarita roja y el mostacho, que me miraba complacido. Tuve el claro presentimiento de que se alegraba de encontrarme allí sola, pero traté de disiparlo.
—No estoy triste —respondí.
«Estoy enfadada», me habría gustado añadir. En lugar de ello, di un paso para volver a mi palco, pero el hombre se situó delante de mí, bloqueándome el paso.
—Si robas un abono, al menos deberías asegurarte de tapar el nombre de su dueño —susurró con una sonrisa mordaz.
—No lo he robado. Lo he tomado prestado, y con permiso —contesté, enderezando los hombros.
—¿Nunca te han dicho que se te da fatal mentir?
Me lo habían dicho varias veces, y si me hubiera delatado ante los acomodadores no habría sabido cómo reaccionar. Guardé silencio, incapaz de pronunciar palabra, esperando que se aburriera y se marchara, pero su mirada astuta no auguraba nada bueno.
—Bueno, será nuestro pequeño secreto, así estarás en deuda conmigo —dijo, trotándose las manos—. Deja que me presente: me llamo Francesco.
Me estremecí. Quería huir, pero todos los caminos parecían cegados y lejanos, y, al mismo tiempo…
, el miedo alimentaba la rabia que llevaba días incubando en mi interior.
Sentía que ardía y temblaba a la vez. Las piernas apenas me sostenían y, sin embargo, me habría encantado abalanzarme sobre él y gritarle a la cara que era un asqueroso, que no cedería a su chantaje por nada del mundo.
Mientras intentaba recuperar el equilibrio, me agarró de la muñeca.
Me puse tensa y, cuando estaba a punto de forcejear, alguien se interpuso entre nosotros, rompiendo aquella unión forzada. Alcancé a ver el centelleo de los rombos dorados de su chaqueta y la línea irregular de la nariz, inexplicablemente familiar. Y cuando habló, su voz diluyó mi tensión.
—Aquí estás, talayi , siento haberte perdido de vista.
Ismael Sagredo me ofreció su mano. Y, como por instinto, le confié la mía.
Dejamos atrás al tipo antes de que pudiera abrir la boca y salimos a la escalera de incendios del teatro.
Ismael cerró las puertas a su espalda. El aire fresco del atardecer atenuó la rabia que ascendía por mi cuerpo y me enfrió los pensamientos.
Me apoyé en la barandilla y respiré hondo.
Debajo de nosotros había un callejón silencioso, apenas iluminado por un par de farolas titilantes.
Ismael, con la mirada acerada, se apoyó en la puerta mientras se palpaba el bolsillo de la camisa.
Empecé a sospechar que escondía algo allí, una cámara, como algunos policías, pero probablemente solo era un obsesivo del orden.
No había rastro de ningún bulto en su pecho.
En cambio, me fijé en la vena de su cuello, que latía con claridad bajo su piel olivácea.
De no ser por su expresión hermética, habría afirmado que estaba nervioso.
—No ha sonado la alarma de incendios —empecé, soltando la primera idea que se me pasó por la cabeza y quizás la más estúpida.
—Eso es porque decidieron silenciarla después de que un número incalculable de idiotas salieran a filmar e interrumpieran los espectáculos —explicó Ismael sin pestañear ni dar muestras de querer entablar una conversación más cabal.
—¿Y si hay un incendio de verdad? —Le planteé, intentando concentrarme en algo que no fuera yo misma y la impresión del recuerdo de la mano de Francesco en mi muñeca.
—Hay detectores de humo —respondió él con prontitud. Con demasiada prontitud.
—Deja que lo adivine: los Sagredo sois mecenas del teatro —conjeturé, y él asintió.
—Debo asistir a algunas reuniones de la directiva —añadió tras un momento de silencio.
—¿Pero cuántas ocupaciones tienes? —le pregunté, recordando que en la universidad tocaba en la orquesta y también formaba parte del equipo de esgrima.
—Nunca son suficientes —dijo, y cuando me volví para dedicarle mi mueca de mayor escepticismo, descubrí que me escudriñaba.
No me había preguntado cómo estaba, y se lo agradecía. Lo último que me apetecía era revivir el encontronazo con Francesco, e Ismael debía de intuirlo.
Solo charlaba mientras buscaba la respuesta por sí mismo.
Se fijaba en las subidas y bajadas de mis pulmones, en el lento repiquetear de mi meñique y en los estremecimientos de mi cuerpo, que decantaba el flujo de adrenalina.
Cuando reparó en mi mirada, se despojó de su chaqueta de rombos dorados y, en silencio, me pidió permiso para colocármela por encima de los hombros.
—Gracias por esto, y lo siento por…
—Es él quien debería disculparse —sentenció, con un brusco movimiento de cabeza.
Me arrebujé en la chaqueta. Olía a su perfume de sándalo.
¿Era tonta por pensar en el perfume de mi odiado rival?
Toda mi carrera académica habría sido más fácil si él hubiera sido un tipo corriente, simpático, como muchos otros estudiantes.
Por el contrario, Ismael Sagredo era descaradamente guapo, y esa noche renunciaba a un espectáculo para acompañarme y confortarme.
«Un espectáculo mediocre», me recordé, a modo de consuelo.
—Ya estoy mejor. —Era verdad, estaba mejor que minutos antes—. Me voy a casa.
—Te acompaño. —Se acercó a los escalones ofreciéndome el brazo y se colocó como si todas las noches escoltara a las damas escaleras abajo.
—No hace falta, puedo ir sola.
Me sujeté la parte inferior del vestido y lo levanté para bajar, descubriendo mis tobillos y las sandalias bajas que siempre prefería a los tacones, aunque el precio a pagar era que gigantes como Ismael me miraran desde las alturas.
—No era una pregunta. Sé que puedes arreglártelas sola, Valmori, pero me gustaría que me contases por qué has robado el abono de la magistra Falier para colarte en un espectáculo pésimo. —Una arruga en la comisura de los labios resquebrajó su cortés comportamiento.
Respondí con una sonrisa algo enigmática y seguí bajando las escaleras, ignorando sus fantasiosas preguntas, que insinuaban mi fascinación por los nibelungos de Wagner.
En cambio, dudé si hablarle del colgante, aunque solo fuera para expulsar las brasas candentes que sentía arder en mi interior cada vez que recordaba lo ingenua que había sido.
En las conversaciones que manteníamos en la universidad, a pesar de que solíamos terminar discutiendo, había encontrado a alguien que, como yo, se obsesionaba por los detalles más nimios de una clase.
Entonces me había sentido comprendida. No obstante, en este caso llegué a la conclusión de que Ismael no se interesaría por una joya mía, a menos que se tratase del ajuar funerario secreto de alguna reina sumeria.
El callejón era inusualmente tranquilo, apartado de la ajetreada vida nocturna de Venecia, entre otras cosas porque lo único que ofrecía eran unos cuantos cubos de basura, cajas de cartón apiladas y puertas de pintura desconchada.
—El otro día conocí a tu hermano Nazar —dije, para romper el silencio embarazoso que se había hecho de repente.
Lo que no me esperaba en absoluto era que aquello callara por completo a Ismael y provocase que su mandíbula se endureciera, volviéndola más afilada de lo que nunca la había visto.
Incómoda, miré al frente y me fijé en dos figuras que entraban en el callejón.
¡Así que se trataba de un atajo más transitado de lo que yo creía!
—¡Qué agradable coincidencia!
No había nada agradable en la voz de Ismael, más bien una indiferencia controlada.
En el pasado, cada vez que podía sacar un tema que le fastidiara, lo utilizaba una y otra vez como arma para chincharle. Por ejemplo, cuando descubrí su aversión a los cisnes y el resto del año llevé un alfiler de ese animal como motivo decorativo en mi bolsa de tela.
Pero en aquel momento me pareció que, si actuaba así, solo me divertiría yo, de modo que cambié de opinión y le pregunté algo que poco antes había despertado mi curiosidad:
—¿Por qué también tú llamas magistra a Domiziana?
Su expresión apenas varió.
—Suelo coincidir con ella en el teatro, y es una buena amiga de mis padres. Pertenecen a los mismos círculos culturales, donde creo que surgió el título, una mezcla de respeto y diversión.
—Ellos sí que saben divertirse.
Y así desperté el primer atisbo de risa espontánea de Ismael, un sonido áspero y grave que me provocó un escalofrío que recorrió mi espalda. Uno agradable.
—Esta chaqueta es preciosa —comenté, abrazándome con las mangas que me caían sobre los hombros. Me quedaba demasiado grande, pero era suave y cálida.
Evité un cubo de basura y di una vuelta sobre mí misma, como solía hacer de niña cuando me probaba la ropa de mi madre. Fue entonces cuando me fijé en otra pareja, en el lado opuesto del callejón, detrás de nosotros.