Anillos y estrellas (The Hidden Society 1) Capítulo 3
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Capítulo 3

El temblor de mis dedos era evidente cuando me tapé la cara con la tarjeta dorada, con la esperanza de que me ocultara.

En el vestíbulo de reluciente mármol rojo todos parecían conocerse, mientras que yo era una intrusa.

Una intrusa con un abono a nombre de Domiziana Falier, en busca de uno de los palcos reservados a los mecenas del Teatro La Fenice.

A pesar de ello, la acomodadora me dio la bienvenida y me indicó el pasillo que debía seguir para llegar a mi asiento.

Le di las gracias y continué en la cola con la cabeza gacha, sin la menor intención de ver la representación de La valquiria de Wagner, una ópera que a mi madrina no le gustaba especialmente y a la que, por suerte para mí, había decidido no asistir, dejando su abono a la vista.

Desde luego, sin imaginarse que formaría parte de mi plan para recuperar el colgante.

Me metí en el cuarto de baño y me aseguré de que el escote del vestido estuviera bien colocado.

Era una de las prendas más bonitas de Domiziana, celeste y vaporosa, y había sido un excelente salvoconducto para entrar.

Cualquiera que dispusiera de un vestido así, sin duda podía permitirse un abono en uno de los mejores palcos.

Por miedo a perderlo, lo guardé en el bolso de mano.

El único problema eran las curvas de Domiziana, decididamente más generosas que las mías, por lo que me había visto obligada a prender las costuras del vestido con un par de alfileres que tenía en la cartera.

Al buscarlos, encontré la carta del tarot de las estrellas y decidí llevármela, convencida de que abandonarla podría traerme mala suerte.

Empezar a creer en la mala suerte y no en la lógica significaba que de verdad estaba angustiada.

La causa —de eso estaba segura— era la desaparición del colgante.

Nunca me lo había quitado desde… desde que estaba en mi poder.

Una parte de mí creía que se trataba de una especie de compensación por las falanges mutiladas.

Me había despertado sin parte del meñique y con aquel extraño colgante en el pecho, y, desde entonces, casi se había convertido en una parte de mi cuerpo, además de ser el único detalle de mi desaparición que no había estado en el punto de mira.

La policía se había limitado a indagar si llevaba pendientes o pulseras.

Para mí, sin embargo, era diferente. Lo recordaba todo, excepto eso.

No tenía certezas, solo sensaciones. Así que lo había llevado puesto debajo de la ropa en cada entrevista o interrogatorio a los que me habían sometido y nadie lo había visto, nadie había hecho preguntas.

Era la única parte de la historia que solo yo conocía.

A mí misma me extrañaba no haber investigado más sobre aquel colgante.

Si echaba la vista atrás, estaba segura de haberlo hecho, pero tal vez no había encontrado respuestas.

Me masajeé la frente. Los pensamientos de aquellos días asediaban mi mente, me palpitaban las sienes y por las noches ardía como si tuviera fiebre. Atribuía todo ello al nerviosismo que me devoraba, una razón más para encontrar el colgante.

Me ajusté las horquillas del pelo e hice tintinear una pulsera de piedra pómez de delicada hechura.

Me la había regalado Domiziana la mañana que siguió a la fiesta en casa de Vianoli, tras el robo.

Era un elegante aro gris oscuro, tal vez una joya de diseño, si tenía en cuenta las tiendas que frecuentaba mi madrina.

Había conjeturado que su intención era consolarme por mi pérdida, lo cual no había hecho más que poner de relieve nuestras diferencias.

Para ella, cualquier pieza podía reemplazarse con facilidad, mientras que yo todavía me sentía desolada.

Por fin, decidí guardar la pulsera en el bolso, ya que no combinaba en absoluto con el vestido.

Había descartado acudir a la policía, que enterraría mi caso entre sus archivos. En ese momento, al pensar que había sido tan tonta como para que me robaran, la rabia me espoleó a resolver el asunto por mis propios medios.

Estaba en condiciones de recuperar el colgante, pues sabía perfectamente quién me lo había robado.

Y también cómo localizar a la ladrona. Bastó una llamada telefónica a Enrico Vianoli, quien, a cambio de escucharle fanfarronear durante una hora, me reveló el nombre del servicio de catering que había contratado: VenSlice.

La empresa, por fortuna para mí, disponía de unas redes sociales actualizadas, las cuales me habían conducido hasta allí, al Teatro La Fenice, al primer espectáculo disponible.

Ahora que había aplacado la inquietud por haber tomado prestado el abono, solo me quedaba esa rabia de la que no me creía capaz.

Llevaba días enredada en mi interior y, aquella noche, ante la perspectiva de volver a ver a Lisa, amenazaba con desbordarse.

¡Me sentía tan estúpida por haberme dejado deslumbrar por el baile en la terraza y el aspecto de chica ajena a aquel entorno!

Pero, al meditar con calma sobre aquella noche, me convencí de que Lisa me había subyugado con una palabra, o quizás con sus movimientos, porque recordaba con claridad la sensación de ligereza que había experimentado.

Jamás me había permitido tomarme semejante libertad con una desconocida, y ahora sabía por qué.

Salí del baño y, con la cabeza gacha, me dirigí a mi asiento.

Habría jurado entrever en el pasillo a algunos de los invitados a la fiesta de Enrico Vianoli, pues, a decir verdad, eran de la misma calaña: ropa de firma y conversaciones intelectuales a las que no tenía tiempo de prestar atención esa noche.

Un hombre con pajarita roja y mostacho bien recortado me recorrió de arriba abajo con una mirada que me revolvió el estómago, así que corrí a ocupar mi asiento con tal prisa que mi hombro chocó con el brazo de un desconocido.

Era un joven que llevaba una chaqueta negra con rombos dorados en los hombros.

Me disculpé sin fijarme en su cara porque enseguida entró en el palco contiguo al de honor.

El mío, en cambio, estaba más o menos en mitad del pasillo y, por suerte, desierto.

Se suponía que La valquiria no era muy popular, y cuando comenzó comprendí el motivo.

Al cabo de un rato cabeceaba y solo podía pensar en el momento en que, durante el intermedio, volvería a ver a Lisa con su camisa de botones desabrochados y su voz jovial.

Deseaba preguntarle por qué me había robado el collar.

Y también si todo lo que había dicho en la terraza había sido una estrategia para distraerme.

O tal vez solo deseaba darle una bofetada.

Cuando se encendieron las luces para el primer intermedio, bajé al vestíbulo del teatro, que era un hervidero de gente murmurando.

Capté retazos de conversaciones, elogios para los diseñadores del vestuario, quejas sobre la puesta en escena…

Seguí el rastro de las copas y los platos de canapés hacia el hall , caminando por la alfombra roja.

Y allí, iluminados por las inmensas arañas de cristal, me topé con el banquete y con el personal del catering .

Traté de dar con Lisa con el corazón acelerado.

La busqué por todas partes, en el poco tiempo que quedaba de descanso.

Cuando sonó el primer timbrazo, para advertir a los espectadores que debían regresar a sus asientos, empecé a creer que no estaba.

Me sentí imbécil. Había urdido todo aquel plan para nada.

«No, esto no puede acabar así», me dije.

Localicé a la única mujer junto a las viandas que no llevaba delantal y estaba más ocupada charlando que otra cosa, y me acerqué con discreción. Era alta, escultural, y la rigidez de su sonrisa —que me pareció como pegada al rostro— se reflejaba en su mandíbula y en su corte de pelo cuadrado.

—¿Puedo ayudarla en algo? —me preguntó en un tono exageradamente amable en cuanto se dio cuenta de que la observaba.

Me escrutó, para comprobar si tenía en la mano alguna de sus comidas y en la mirada el comienzo de alguna queja. Al no encontrar ninguna de las dos cosas, se tranquilizó.

—Buenas noches, me llamo Cecilia Micoli. —No sé por qué le mentí; apenas podía oír mi voz ronca, ahogada por los latidos de mi corazón—. Busco a una de sus empleadas… A Lisa.

La mujer que imaginaba que era Chantal entornó los párpados y sopesó mi petición.

—¿Puedo preguntarle para qué la busca?

—La conocí hace unos días en la fiesta del palacio Vianoli. Tenemos una conversación pendiente.

Mientras hablaba, experimenté una sensación inusual, como si alguien me vigilara. Intenté no pensar en ello ni distraerme; no podía mostrarme nerviosa.

Noté que la mención de la velada de Enrico encendió una luz en los ojos de Chantal.

Me observó unos instantes, pero antes de que pudiera responderme nos interrumpió el timbre, que volvía a llamar al público.

De inmediato, Chantal dio instrucciones a una camarera joven con un moño de bailarina que estaba a nuestro lado para que recogiese las copas desperdigadas.

La chica me miró unos segundos y se marchó, obedeciendo la orden.

—Lo siento, señorita, pero no puedo facilitar información sobre el personal al primer extraño que me pregunte —dijo Chantal, volviéndose hacia mí sin borrar su sonrisa.

—No soy una extraña. Me dio su número, pero me temo que lo he perdido —intenté defenderme, aunque lo cierto era que había urdido mi plan sin contemplar la posibilidad de que Lisa no estuviera.

—Si me disculpa, tengo trabajo, que no consiste precisamente en hacer de secretaria de una de mis empleadas. De todos modos, ya no trabaja para mí. —Dicho esto, se giró y empezó a dar más indicaciones a los camareros.