Capítulo 2 #3
No me dio tiempo a discrepar. Me arrastró lejos de la luz, hacia el fondo de la terraza, donde las únicas espectadoras de nuestro baile eran las estrellas y las hortensias de las macetas.
Mis primeros pasos fueron torpes, como si tuviera los tacones pegados al suelo y las rodillas atadas.
Lisa, por el contrario, parecía haber nacido para bailar.
Estaba dotada de la gracia de las cosas arrastradas por el viento.
Sus pies se deslizaban sin rozar las losas de piedra, sus codos rodeaban los míos, haciéndome dar vueltas a su alrededor.
Bailaba como si no tuviera nada que ocultar, como si aquella música hubiera sido escrita para ella.
Muy despacio, empezó a enredarme, a meterme en su manera de fluir, como si me estuviera revelando cómo comprender la melodía.
Sin palabras, por supuesto. No eran necesarias.
Poco a poco, empecé a sentir los pies más ligeros, mientras los brazos encontraban su camino en el aire fresco, cerca de mis caderas.
La música se elevó en un crescendo que nos llevó a girar una en torno a la otra, y al final Lisa guio mi espalda para que se doblara hasta que solo vi las estrellas sobre nosotras.
Un escalofrío me recorrió el cuello. No sabría decir si se debía a la sensación de liberación o al tacto de los dedos de Lisa.
Decidí que no me importaba. Era una sensación agradable.
Cuando me incorporé, mi cuerpo estaba tibio, en equilibrio. Me había liberado de un peso, al menos por aquella noche.
La música había cesado. Desde el interior de la galería, llegaba la voz amplificada por el micrófono de Enrico Vianoli. Anunciaba el comienzo de la subasta.
—Me temo que tengo que entrar.
Me solté de sus dedos con timidez y recuperé el equilibrio con facilidad.
—Pues yo no —bromeó Lisa, metiéndose las manos en los bolsillos para retroceder un paso. Sonreía con naturalidad. Para ella debía ser lo más normal del mundo bailar con una desconocida en la terraza de un palacio veneciano.
Le hice un gesto con la mano a modo de despedida y me marché.
La luz me aturdió unos instantes. Cuando enfoqué la sala, vi que la mayor parte de los invitados se habían concentrado al pie del estrado.
Susurraban entre ellos y sostenían las paletas para la puja.
Donde antes habían tocado las cuerdas, ahora Enrico ensalzaba las características de lo que me pareció un jarrón.
O un sombrero colocado boca abajo. No tenía ni idea.
Me acerqué a Domiziana, quien, de brazos cruzados, miraba nerviosa hacia el extremo contrario de la estancia. No me recibió con demasiada amabilidad.
—¡Ya era hora! ¿Dónde te habías metido?
—Estaba tomando el aire.
Era una verdad a medias; en todo caso, Domiziana estaba muy ocupada mirando con resentimiento a Bartolomeo Gritti como para percatarse. Ambos agarraban la paleta como si se tratara de la empuñadura de mu espada y parecían a punto de desenvainar y apuntarse a la garganta.
Las obras de arte se vendían una tras otra por cuantiosas sumas, más de lo que yo hubiera creído posible.
Los amigos de Domiziana vivían en otro mundo. Residían en palacios antiguos en los que los frescos o los suelos mostraban destellos de historia y donde yo tenía la sensación de retroceder en el tiempo, el único motivo por el que acompañaba a Domiziana.
Ignoraba por qué deseaba que la acompañara. Al principio, imaginaba que era por simple cortesía. Era amiga de mi madre, e integrarme era una cuestión de educación, pero con el paso de los meses me fui dando cuenta de que sin mí se sentiría sola.
Paseé la mirada por la concurrencia. Una mujer acariciaba el hombro de Nazar Sagredo.
Llevaba un elegante velo dorado, cuyos extremos se confundían con los pliegues de su vestido.
Con cada movimiento de la mujer, parecían absorber la luz.
Cuando giró la cabeza para saludar a otra invitada, reconocí en su perfil la nariz de Ismael; el mismo inflexible ceño fruncido.
En el extremo contrario de la sala, se veía a Bartolomeo Gritti, flanqueado por dos chicas y un chico que se le parecían muchísimo.
A escasa distancia había un hombre tan flaco como un hilo de humo, bajo y esmirriado, que miraba alrededor embutido en su abrigo, atisbando desde su rostro afilado todos los rincones de la estancia.
Hasta que me encontró. Me estremecí y me pregunté por qué no habría dejado el abrigo en la entrada.
El resto de los invitados se agrupaban en corrillos, pues, según había aprendido a lo largo de los meses, eran familia.
Domiziana, por el contrario, estaba sola.
Observé cómo levantaba su paleta. La obra por la que se pujaba había cambiado; se trataba de la rama de Nazar Sagredo.
— Magistra Falier ofrece veinte —anunció Vianoli.
Así era como solían llamar a Domiziana sus conocidos. La mayoría eran profesores universitarios, eruditos o directores de museos y galerías. Suponía que se trataba de una de sus numerosas excentricidades.
En torno a nosotras se levantaron muchas más paletas, y Enrico empezó a subir la puja, mientras, entre oferta y oferta, ensalzaba las cualidades de la obra, revelando incluso su título: Depredadores .
Ni siquiera me pregunté qué significaba, sino que apreté los labios.
La cifra seguía incrementándose. Sabía que buena parte de la recaudación de la subasta se destinaría a obras benéficas, pero mi corazón, que se aceleraba ante la arcilla y las piedras antiguas, se planteaba cuántas cosas se podrían hacer si se destinase esa cantidad de dinero a excavaciones antiguas.
Significaría asegurar varios meses de trabajo.
Saldrían a la luz tesoros enterrados y podrían exponerse objetos arrinconados en almacenes. Un susurro ahogado me distrajo.
Toda la sala había contenido la respiración cuando Bartolomeo Gritti levantó su paleta.
— Magister Gritti ofrece ciento cuarenta —gritó Enrico, y los presentes se estremecieron.
Ninguna otra paleta respondió. Todos miraban a Bartolomeo y, a su vez, sus hijos observaban a los asistentes, como desafiándolos a subir la oferta.
Domiziana alzó la paleta. Un murmullo se extendió por la sala. Los invitados intercambiaban comentarios tapándose la boca con la mano y no perdían detalle del desarrollo de la escena.
—¡Vamos, magistra Falier, esa obra no pega nada con su despacho! —exclamó Bartolomeo en tono sereno y ocurrente.
Acto seguido, subió la oferta. Me pregunté cuándo habría visitado la casa de mi madrina, que, por lo general, era de acceso restringido.
—¿Así que trata de arrebatármela por amabilidad? —replicó Domiziana, imperturbable a pesar de las miradas de la sala.
—Ya sabe que yo todo lo hago por amabilidad.
Me sobrecogió la sonrisa de Bartolomeo, y a Domiziana, también.
Gritti parecía encantado con la disputa.
Siempre me había imaginado a los pujadores de las subastas como individuos nerviosos, sudorosos o al borde de un ataque de nervios.
Magister Gritti levantaba su paleta y ofrecía ingentes cantidades de dinero sin pestañear, mientras que Domiziana empezaba a ceder.
La veía titubear y, al mismo tiempo, habría jurado que estaba dispuesta a arrojarle la paleta a la cara a su adversario. En lugar de ello, consiguió soltar una carcajada que diluyó en parte la tensión de la estancia, en especial cuando tanto Bartolomeo como Enrico se sumaron a ella.
—Ha sido divertido jugar con usted, magister Gritti. Depredadores es una obra perfecta para su familia —Domiziana soltó la frase con sequedad antes de inclinar la cabeza—. Buenas noches a todos.
Me hizo un gesto para que la siguiera y abandonamos la sala. La góndola Galaxias nos esperaba. Alberto nos ayudó a subir a la embarcación y nos acomodó a una enfrente de la otra. Imaginé que Domiziana no tenía ganas de hablar de lo sucedido.
Por lo general, cuando volvía de este tipo de fiestas, soltaba un monólogo para comentar cómo había ido, los trajes de la gente y las novedades artísticas y científicas que despertarían el interés en la ciudad en las semanas sucesivas.
Aquella noche, sin embargo, me preparé para un viaje de regreso silencioso y monótono, acompasado por el sonido del agua contra el costado de la góndola y el parloteo de los turistas y de los estudiantes que animaban la madrugada.
Entonces, sentí que Domiziana daba un respingo y me miraba horrorizada.
—¿Dónde está tu colgante?