Anillos y estrellas (The Hidden Society 1) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

La distracción hizo que perdiera de vista a Domiziana, de manera que me encontré frente a un palo colgado del techo: una rama enredada en un corazón de barro seco. Fruncí el ceño y me comí la primera gamba con cierta expresión de asco.

—Espero que la causa de ese gesto de desagrado sea el sabor de la salsa rosa y no mi trabajo.

Una voz acaramelada me obligó a darme la vuelta, y poco faltó para que se me cayera el platillo al suelo. El chico que había hablado tenía el pelo oscuro, la tez ambarina y una nariz casi aguileña que conocía bien. Eran los rasgos de Ismael.

Lo miré boquiabierta unos segundos, porque el desconocido rompió a reír y profirió una carcajada melodiosa. Así y todo, si bien sonreía y hablaba con notas altas y alegres, Ismael emitía frecuencias más profundas.

—Déjame adivinar: eres amiga de mi hermano —dijo frotándose el piercing dorado que llevaba entre las fosas nasales.

—Yo lo definiría más bien como una amistad no deseada —confesé, buscando la visera de la gorra con un gesto que se perdió en el vacío.

Los ojos del chico chispearon.

—Eres Ámbar Valmori —canturreó con aire satisfecho.

Me mordí el labio y oculté la prótesis en la palma de la mano. Tenía que mantener la calma.

—Supongo que lo has leído en los periódicos.

—¿Yo? No suelo intoxicarme la mente con tragedias y dramas cotidianos, solo interrumpen mi actividad artística. —Señaló la rama colgada sobre nuestras cabezas—. Ismael me ha hablado en alguna ocasión de su molesta rival y de sus horquillas estrafalarias. Lo he adivinado.

—¿Recuerdas un detalle así?

Me parecía una historia inverosímil, y él, un tipo sibilino. Cuanto más lo observaba, más diferencias percibía con respecto a Ismael. Era una versión con rasgos más suaves y un físico más desgarbado.

—Me habló de ello la única vez que lo he visto borracho, querida, algo que podré usar en su contra el resto de mi vida. Por eso me acuerdo. —Sus ojos lucían triunfantes.

La idea de Ismael borracho era tan absurda como la de Domiziana en chándal, así que reprimí la tentación de seguir preguntando. Me limité a decir:

—No sabía que tuviera un hermano.

—Soy Nazar Sagredo, encantado de conocerte. Ismael no suele mencionarme… Supongo que le da vergüenza ser el hermano feo.

Hizo una elegante reverencia para besarme la mano y volvió a reírse. Fue entonces cuando caí en la cuenta de que nunca había visto a Ismael comportarse así. Su ironía se disfrazaba con resoplidos desdeñosos o sonrisas ladeadas.

—En cualquier caso, mi gesto de asco se debía a las gambas. Tu trabajo es… interesante —cambié de tema, señalando la rama sobre nuestras cabezas.

—Mientes fatal, Ámbar —dijo, como si se divirtiera.

—Bueno, si todo el mundo comprendiera el arte, dejaría de serlo.

La voz aterciopelada nos sorprendió por la espalda, acompañada del decidido repiqueteo de la madera sobre el suelo de mármol.

Un hombre que me resultaba vagamente familiar se nos acercó.

La empuñadura de su bastón parecía albergar las llaves de la ciudad en una cabeza de león.

De no haber conocido a Enrico Vianoli, habría pensado que se trataba del dueño de la casa.

Se movió bajo la rama con elegancia imperiosa y examinó la obra.

Yo, en cambio, lo observaba a él, impresionada, y convencida de que lo había conocido en alguno de los eventos de Domiziana.

Su pelo azabache se veía encanecido en las sienes, como en un intento de moderar sus magnéticos ojos negros, que clavó en mí.

—¿No opina lo mismo, señorita Valmori? —comentó, rompiendo nuestro silencio.

Me puse tensa. Solía intimidarme la apabullante presencia de ciertas personas, y aquella noche no fui capaz de expresar mi opinión, así que tan solo esbocé una vaga sonrisa. Me dio la sensación de que Nazar se disgustaba, o más bien de que se sentía decepcionado.

—Bartolomeo Gritti, para servirla —se presentó, inclinando la cabeza.

—Es usted un conocido de Domiziana.

Poco a poco recuperaba los recuerdos, pero supuse que no tenía nada que ver con mi falta de memoria, sino que era una lejana evocación.

—Un admirador —me corrigió con una sonrisa, ajustándose el pañuelo en el bolsillo del pecho de su espléndido traje azul oscuro.

Desde luego, no parecía el tipo de hombre al que le costase seducir.

Prueba de ello era la alianza que llevaba junto a un imponente anillo de oro blanco con una cruz cuadrada grabada y el hecho de que muchos de los presentes, al pasar, lo miraban con admiración obsequiosa.

Pero, evidentemente, hacía falta algo más para impresionar a Domiziana.

Al cabo de unos instantes, Bartolomeo estaba rodeado de un grupito de invitados, y Nazar aprovechó, tras guiñarme un ojo, para enseñarles su obra. Me despedí deseándole que encontrara un público más fácil de lo que lo había sido yo.

Caminé a lo largo de una pared, contemplando los objetos expuestos y, concentrada, sobre todo, en el canal que asomaba por momentos por los ventanales tintados.

Los cristales protegían el interior, y del exterior solo se percibían el balanceo del agua contra el embarcadero y el resplandor de los faroles colgados de las góndolas.

Entre la estela de colores difusos, me sorprendió un destello de cielo.

Uno de las huecos se correspondía con una puerta acristalada que se abría hacia una pequeña terraza apenas iluminada.

Se entreveía un balcón y un pequeño claustro que la cubría. Salí y dejé que la brisa me acariciara.

—Un error por tu parte adentrarte en la noche. —Descubrí dos ojos negros que me miraban fijamente en la oscuridad—. Aquí no hay pasteles ni champán.

Había una chica acurrucada detrás de la columna del claustro.

Llevaba una camisa de camarera arremangada hasta los codos y se había desabrochado los botones de debajo del cuello para aflojarse la pajarita.

Se estiraba como si nada, aunque era evidente que no le correspondía estar en la terraza en ese instante.

—¿Qué pasa? ¿Te ha comido la lengua una gamba? —Dio un paso adelante, se separó de la columna y agitó su larga cola de pelo negro.

—No, solo estoy sorprendida porque… —Porque era guapísima, una confesión demasiado incómoda con la que presentarse a una desconocida, así que respondí—: ¿De verdad te parezco el tipo de chica al que le gustan los pasteles y el champán?

La camarera me escrutó desde la punta de los tacones hasta las pequeñas horquillas que destacaban en mi pelo.

—La verdad, vestida así, das el pego. ¿No es eso lo que deseas comunicar al mundo?

No. No quería comunicar nada. Deseaba vestirme de silencio y de discreción.

Una niña rica como tantas otras de los viejos palacios de Venecia.

Y, en efecto, tal vez «pasteles y champán» era la definición perfecta.

Miré a la camarera. No pertenecía a aquel mundo pretencioso; al menos se merecía una pizca de mi verdad.

—Más bien esperaba parecer una chica a la que le gusta el pandolce —revelé, apoyándome en la pared, entre dos columnas de enredaderas.

La desconocida arrugó el rostro en forma de corazón, entornando unos ojos con ese aire oriental que envidiaba de algunos de mis compañeros de universidad. Junto al izquierdo, llevaba una diminuta piedra verde en forma de corazón.

No estaba segura, pero podían ser rasgos típicos del Lejano Oriente. Su acento, sin embargo, me resultaba indescifrable.

—¿El pandolce ? No sé qué es —confesó, mientras apoyaba los codos en la baranda, relajada, sin preocuparse de que pudieran pillarla charlando. Saltaba a la vista que yo no tenía pinta de chivata.

—Es un dulce genovés. Lo comemos en Navidad y en ocasiones especiales, no es adecuado para fiestas como esta. Es blando y lleva pasas…

La camarera puso cara de desprecio.

—Las pasas deberían ser el castigo para los que no se merecen tomar chocolate.

—¡Lo siento, pero estoy dispuesta a defender las pasas hasta la muerte! —exclamé, con una seriedad tan fuera de lugar que resultaba cómica.

—Cualquier cosa antes que volver a la fiesta, ¿eh?

Su sonrisa me desconcertó, y también la velocidad con la que descubrió el tema del que no me apetecía hablar. Y no iba a hacerlo.

—No te haces una idea de cuánto me importan las pasas.

—Pues no. Ni siquiera entiendo qué haces aquí fuera, cuando dentro hay bandejas llenas de comida superfina.

La camarera ladeó la cabeza para echar un vistazo a la sala a mis espaldas. El volumen de la música se incrementaba con lentitud, y algunos invitados ensayaban unos pasos de baile.

—He tenido un día difícil —suspiré, perpleja ante mis propias palabras. Sentía la necesidad de empujarlas hasta mi garganta, desde dondequiera que hubieran estado confinadas durante las últimas horas. O los últimos meses.

—¿Quieres que robe una botella de vino tinto de las cocinas? —Se bajó del balcón y se acercó a mí.

Negué con la cabeza. Debía de parecer muy desesperada.

—No me gusta mucho el tinto, pero sí aceptaría un blanco dulce. Siempre que tu jefe no te descubra.

—Si robara esa botella, Chantal me lo agradecería. Menos cajas que ordenar después. Chantal es mi jefa —aclaró, asomándose hacia el interior de la sala. Además de la algarabía de la gente, la música sonaba cada vez más fuerte—. Pasas y vino blanco. Normal que tu vida sea trágica, Pastelito.

—Ámbar —le revelé.

Me estremecí al pronunciar mi nombre, reviviendo aquellos instantes en que lo había olvidado. Ahora tenía ganas de repetirlo en voz alta, una y otra vez. Una sensación insólita en mí.

—Lisa —se presentó ella, inclinándose hacia delante para tenderme la mano.

La cogí y se la estreché el tiempo suficiente para darme cuenta de lo pequeña y suave que era.

Justo cuando pensaba que Lisa se iba a soltar, entrelazó sus dedos con los míos y los levantó, cruzando los brazos para que nos acercásemos más.

La miré desconcertada, y sus ojos brillaron a modo de respuesta, iluminados por la piedra verde incrustada a un lado que capturaba la luz como un lunar luminoso.

—¿Sabes lo que necesitas después de un día difícil? Un baile.